martes 10 de enero de 2012

2012


El último día del año, terminé de trabajar y me encaminé a la casa de Karsten.  Ya estaban allí muchas personas. La banda de Zacatecas, los jaraneros amigos de Luis, Charly y Corina, Markus, Esmeralda, Úrsula, Miguel Ángel, Julián y Jade, y los infaltables perros catorceños Chocolate, Frida y un visitante canino llamado Rayo. Unas chispas de lluvia cayeron, pero no nos asustaron. El cielo estaba nublado, se veían pocas estrellas. Jorge, el chatarrero de San Luis mandó una carne especial, que asamos en las brasas producidas por un fuego enorme que Karsten alimentaba cada tanto con una mueca infantil en su rostro, cada vez que ponía unos troncos de mezquite grandísimos. Markus, como siempre un gentil caballero, sacó el sofá que normalmente está dentro de la cabaña y lo colocó junto a la hoguera. Puso en mi mano una copa de vino y nos sentamos a charlar. Me contó de su reciente viaje a Nigeria, él que es un ingeniero especializado en polímeros, alemán hasta la médula, estuvo en África para trabajar en energía alternativas. Y en Guatemala aprendiendo español. En un momento de la conversación me preguntó ¿cómo te ha ido este año Mercedes? Cierro el ciclo del 2011 con la certeza de un gran avance en mi carrera, me refiero a la profesión vida, o navegante como prefiera llamarse, que al fin de cuentas es lo mismo. Tuve grandes logros personales, aprendí a conocerme mejor, me divertí, reí y lloré, viajé, gocé, sufrí, me caí y me levanté. Nada mal. Y Markus también me dijo, espero que cantes esta noche, tu voz es un don, la música es parte de tu vida, ¿Dónde está la guitarra? Y en ese momento caí en la cuenta de que hace cinco meses que no soy capaz de cantar. Al regresar de una de mis aventuras, algún tipo de conjuro impidió que volviera a hacerlo. Y eso que el año pasado, en la playa, toqué por primera vez frente a un micrófono y fue una linda experiencia. Al poco rato se despejaron las nubes, cuánto me gusta el cielo cuajado de estrellas que vemos en Catorce. Había mucha gente desconocida, esperando a que estuviera lista la comida, sin ayudar en lo más mínimo. A veces llegan ese tipo de personajes, con un nulo sentido del trabajo en comunidad. Aquí estamos acostumbrados a hacer las cosas juntos.  Amo lo que somos, el apoyo que recibo, el amor. En los malos momentos que tuve este 2011, siempre hubo alguien allí preguntando si estaba bien, dándome una mano, haciéndome sentir parte de un todo, lo cual es un privilegio inmenso en este mundo tan caótico. Y en los buenos momentos, allí  vamos, riéndonos de la vida. Descubrí este año que, siendo fiel a mi propia naturaleza, quiero seguir quitándome los zapatos y correr descalza en la hierba. Descubrí que a veces el cosmos no me da lo que le pido por motivos válidos que mi raciocinio no alcanza a entender, sin embargo hay una sabiduría molecular que permanece. Descubrí que tengo un corazón grande y flexible al que le cabe mucho amor. Descubrí que me gusta la diversión pero jamás podré ser superficial,  y que debo respetar esa parte sagrada. Para este 2012, quisiera agregarle algunas cosas a mi traje de navegante. Como más dulzura, más alegría, más cascabeles colgantes y cintas de colores.
Antes de la medianoche, me escabullí de la fiesta. Tenía ganas de estar sola, alejada del mundo. Es el primer año que no lo paso en familia. Mis hijos, ya en la adolescencia, se fueron con sus amigos, siguiendo los albores de una independencia merecida, reivindicada, como resultado de lo que han vivido con esta madre acuariana y un poco chiflada que les tocó o escogieron. Me encaminé, despacio, saboreando los aromas nocturnos, el viento en la cara, el eco de mis pasos en los callejones, las luces de colores, la algarabía de la fiesta. Llegué a la casa, prendí unas velas, me serví otra copa de vino y me senté a observar los fuegos de artificio. Busqué mi guitarra, la saqué del estuche, estaba tan desafinada la pobre. Con los rizos sueltos y los ojos brillantes,  me puse a cantar, canté hasta que empecé a sentir un calor interno, hasta que me temblaron los labios, hasta que una descarga de energía vital me recorrió las entrañas y sentí todas y cada una de mis células impregnadas de divinidad.   


1 comentarios:

sara dijo...

Bendita vida que todavía se arrulla en el canto de las mujeres. Beso Me, Eli