sábado, 20 de agosto de 2011

Cartas desde el Norte


Un pais lejano puede ester cerca, puede quedar a la vuelta del pan, pero tambien puede irse despacito y hasta borrar su huella. En ese caso no hay que rastrearlo con perros de caza o con radares. La unica formula aceptable es excavar en uno mismo hasta encontrar el mapa. Mario Benedetti, Cotidianas.

Al igual que muchos mexicanos, me fui por un tiempo del lugar donde vivo, al menos para probar lo que se siente estar en un ambiente donde no hay caos a tu alrededor todos los dias. Disfruté enormemente de ese pais con sus casas de cuento, sus campos inmensos, sus amaneceres, el jarabe de maple y los paseos en el bosque esperando encontrar un alce o al menos un venado. Solicitar la visa canadiense puede llegar a ser todo un calvario. Para entrar como visitante, me pidieron que comprobara el pago de impuestos de los ultimos tres años, mis actividades economicas de los últimos diez, mi cuenta bancaria de los últimos seis meses, el nombre, fecha y lugar de nacimiento de mis padres y de mis abuelos, por poquito y no me piden el color de mis calzones. Al llegar al aeropuerto, tuve que formarme con otras 300 personas para esperar turno en la migración. Finalmente me dejaron entrar. Dicen que hay un scanner nuevo que te pasan por el cuerpo sin preguntarte. Yo ni cuenta me di. Total que empecé mi visita a ese pais y lo primero que me llamó la atencion es la cantidad de agua que hay. Y como no, viniendo del desierto, resulta sensacional estar en medio de los frescos bosques de árboles inmensos o nadar en alguna rivera, sabiendo que no hay animales ponzoñosos. Eso si, los mosquitos son voraces. El caso es que empecé a conocer algunos « quebecos » y algunos mexicanos, a tratar de entender como es la vida allí. La mayor parte de los mexicanos me contaron que desgraciadamente no hay mucha solidaridad entre nosotros. Que si te toca un malhumorado jefe connacional te trata peor que a los demás o que en este medio multicultural la sobrevivencia te lleva a realizar trabajos que de otra manera tal vez nunca hubieras pensado. Conocí a un hermano, se llama Carlos. El trabajaba en México en una empresa reconocida, tenía un buen puesto, una familia. Decidió probar suerte aqui luego de que recibiera amenazas de muerte, asi que con poco dinero en el bolsillo, se lanzó a la aventura. Llegó al aeropuerto en un invierno. Las calles colmadas de nieve lo recibieron. Salió caminando con la maleta a cuestas, para darse cuenta de que con sus zapatos y con su chamarra no podría sobrevivir a la una de la mañana en esos parajes. Volvió y entabló conversación con un taxista quien lo llevó al centro de refugiados. Alli le dieron la bienvenida y al dia siguiente ya tenía empleo. Con él me tocó vivir la aventura de trabajo en Canadá, con la mafia chilena en el manicomio-escuela, pero esa es otra historia. La mayor parte de mexicanos se dedican a la limpieza de casas y oficinas. Es un trabajo duro. En promedio la paga es de 10 dólares la hora. Si pensamos que aquí el salario mínimo es de $ 55 pesos al dia por una jornada de ocho horas, se entiende por que muchos arriesgan el pellejo y dejan a sus familias en busca del sueño de una vida mejor. Sin embargo, no es fácil. Hay racismo y poca compenetración con los locales. El mundo es un pañuelo diría mi madre. Y es que encontré a una ex compañera de la facultad, Chayo, con quien hicimos muy buenas migas. Platicamos largo y tendido, tomamos café y a veces tequila, compartimos experiencias de vida y conocí a sus hermosos hijos Yael y Luis. Chayo se las arregla para darle el sazón de México a su cocina. Oscar su marido, tiene una sonrisa solar. Y ambos me hicieron sentir realmente como en casa, con ese sentido de la hospitalidad con que saben abrirte las puertas de su hogar las personas que viven lejos. Como mexicana, me enfrenté al concepto de producto exótico. Las noticias que recibí desde afuera y la apatía que nos corroe como nación es desalentadora. Inmóviles y ciegos. Aqui, en este mundo donde las casas parecen sacadas de un cuento y ves Ferraris de colores en la calle, tambien hay ceguera y desaliento. La gente trabaja inmersa en el sistema, para solamente ver llegar el viernes y salir a experimentar vivencias cada vez mas duras, la cultura de la superficialidad y la busqueda del placer a base de estimulantes como las pildoras de la felicidad, no quitan el hecho de la insatisfaccion social y son el reflejo de un vacio interior cada vez mas difícil de llenar. Como el millonario chaparrito que corre motocicletas y posee todo, incluída una lancha de alta velocidad y que tiene los ojos tristes, tristes. Personas que buscan respuestas en el hedonismo artificial. Más placer, más, más. Hay que llenar el vacío con bienes materiales, el Porsche, la moto, la piscina, la casa, los artilugios electrónicos, las relaciones virtuales, las pastillas para sentir y dejar de sentir. Allá, las noticias sanguinarias de nuestro universo les resbalan por la piel perfectamente rasurada. Pero también encontré gente hermosa como Pierrete, la vecina maestra de escuela jubilada que vive sola en una casa enorme y con quien entrablé una relación entrañable. O Carmen, esa maravillosa señora entrada en años, vestida con falda corta y tacones, perfectamente maquillada, que vive un apasionado romance con el señor del departamento de al lado. Fuimos una noche a observar los fuegos articifiales, un concurso que organiza el municipio. Y me quedé con la boca abierta…miles de células de colores danzando en el cielo, mientras Carmen se agachaba y soltaba un pedo espectacular. También me encantó hablar con Denni, el hombre de los caballos que me llevó a pasear en una carroza por los bosques de Hawkesbury, un lugar que conocía de nombre por la canción de Jean Leloup. O el partido de hockey. Llegué a la pista cuando estaban calentando. Me tocó ver la máquina que alisa el hielo para dejarlo como espejo y luego, en ese gimnasio llamado Coliseum de Laval, el juego dinámico y divertido, volátil. Encontré un disco entre las gradas y lo guardé subrepticiamente para regalarlo a mi hijo. Cuando el partido acabó me invitaron una cerveza en los vestidores. En atención a mi persona, no salieron desnudos de la ducha sino tapando con una toalla sus partes pudendas. Fue una cerveza rodeada de testosterona y palabras en español y francés. Me divertí muchísimo. (Amigas, tengo fotos). Y qué decir de la alarma de incendios. Estaba cocinando y allá la termperatura se mide en Farenheit, así que las papas estaban crudisimas despues de una hora y decidí aumentar el calor. Se empezaron a quemar y el humo invadió la cocina. En ese momento saltó la alarma y yo no sabía cómo apagarla. Mi temor era que llegara un camión de bomberos y tuviera que explicarles ¨Excuses mua, je suis touriste mexicain¨. En ese momento, un hombre se acercó por el jardín preguntando que pasaba. Salí corriendo agitando los brazos : Help me, help me. El señor entró a la casa y me explicó que sólo hay que agitar un trapo frente a la maldita alarma para apagarla. Y ya con los niveles de adrenalina descendiendo, nos pusimos a charlar y resultó ser un bombero que iba pasando por allí de casualidad.

Un día fui a ver un Pow Wow en la reservación Mohawk de Kanawake. Me encantó la historia de los indios enfrentándose al gobierno que tenía claras intenciones de invadir sus tierras. Pusieron una barricada en el puente principal que los une a la ciudad de Montreal. Les mandaron a la policía. Ellos los recibieron a balazos. Les mandaron al ejército. Los recibieron parados e inmóviles en medio de un silencio sepulcral y no pasaron. Siguieron fuertes presiones hasta que los Mohawk decidieron tirar dos de las enormes torres de luz que atraviesan la región y que son parte medular del sistema eléctrico de Quebec. El gobierno se retiró y los dejaron en paz.

Un día antes de partir, acampando en los bosques de Grenville, se desató al atardecer un aguacero descomunal. Y me puse a bailar bajo la lluvia, así como llegué al mundo, festejando el privilegio de poder regresar al caos de colores y magia revuelta e inspiradora de mi México lindo y querido.





miércoles, 6 de julio de 2011

Un trámite que tardó treinta años

Llegué de Argentina cuando tenía ocho años. Ocho añitos y en mi equipaje un disfraz de la mujer maravilla, que estaba tan de moda en ese momento. Mi ilusión era que los niños mexicanos no la conocieran y entonces yo les diría a mis amiguitos que yo era la VERDADERA mujer maravilla. Ya en ese tiempo la globalización había comenzado, porque aquí no sólo la conocían, sino que ya se habían cansado de ella, estaban en la etapa de La mujer biónica. Así que tuve que deshacerme de mi diadema dorada, de mis medias y calzones rojos, con estrellas de papel cosidas a mano, del corsé de la abuela y de los calcetines con que lo rellenaba, el lazo mágico dorado con el que me había entrenado durante horas, y el gabán marrón que me quitaba mientras daba vueltas para dejar de ser Linda Carter. Tenía mucho miedo, pero con esa capacidad que tienen los niños, me adapté en poco tiempo. En ese entonces, mis padres tuvieron que ir a Migración, que era un edificio que recuerdo como gris, oscuro y frío, donde los empleados te trataban MUY MAL. Cada visita era una tensión creciente, para saber si nos darían o no los papeles. Finalmente consiguieron un abogado que nos consiguió un permiso que entonces se llamaba FM9 estudiante. Cada año, mis padres debían meses antes, empezar a ahorrar su sueldo de maestros para pagar los seis documentos de la familia. Luego de varios años, justo cuendo estaban por darnos la residencia definitiva, fue el terremoto del 85 y con él se cayó la ilusión, junto con parte del archivo de migración. Entre los escombros quedaron nuestros papeles, y tuvimos que empezar de nuevo. Ya para cuando volvimos a tener derecho de residencia, acababa de cumplir los 18 años, así que según la ley del momento, como ya era mayor de edad, debía iniciar el trámite nuevamente, esta vez por mi cuenta. Allá voy, sólo que ya mis padres no me llevaban más al DF, en un momento mi padre me dijo, ya eres mayor de edad, arréglate tu los papeles (yo no le pedí que me trajera a vivir a otro país y así se lo dije, tuvimos una mega, mega pelea, de esas en las que vuelan las sillas). Así que seguí haciendo el trámite mientras iba a la universidad. Los extranjeros pagábamos un cien por ciento más cara la colegiatura semestral, pero aún así era muy barato. De hecho, como la carrera era muy reciente, tenía maestros que en realidad eran alumnos de semestres más avanzados. Muy profesional, la educación superior. Cuando estaba por terminar, participé en una entrevista de trabajo. Un renombrado grupo editorial estaba por iniciar un nuevo proyecto. Fuimos 400 fotógrafos entrevistados y sólo quedamos diez, sí, quedé lista para ser contratada pero… mi permiso sólo me permitía estudiar y no trabajar. De todos modos, moviendo cielo mar y tierra logré meter la solicitud y en ese momento… los zapatistas se revelaron en Chiapas, cambiaron al secretario de gobernación tres veces en un año y como sospechaban de infiltraciones extranjeras, los trámites fueron detenidos. En vano toqué puertas, grité, supliqué. Mi permiso no estaba listo. En el periódico no podían contratarme sin él, perdí la oportunidad. Así que tomé una mochila (se la cambié por mi grabadora a un cuate, el Memhongo), mi equipo fotográfico y salí de México, por la frontera de Guatemala, a recorrer el mundo y a rumiar contra un sistema tan injusto. Fue un viaje maravilloso que duró varios años. Cuando volví, casada y con un bebé en brazos me dieron un mes, Un MES de visa turística. Al bebé y a mi esposo 3 meses. ¿Por qué la diferencia? Pregunté. Porque se me da la gana, me respondió el panzón ojeroso y nariz chata del oficial de migración que nos recibió en el aeropuerto. Y tuve que empezar otra vez. Luego de dos años con FM3, expuse mi caso en la delegación de Jalisco, presentando toda clase de papeles, solicitando una cambio a inmigrante. La respuesta no tardó mucho… tiene usted treinta días para salir del país. Y a empezar de nuevo. Cinco años con FM3 y otros 5 con FM2. Inicié el trámite de naturalización y tardò exactamente dos años y medio. Como no obtuve respuesta, fui a la oficina de Relaciones Exteriores en el DF, o la Mátrix, como yo la llamo. Es que la firma no coincide, me dijo una funcionaria. Necesitas traer una carta donde aseguras que esa sí es tu firma, bajo observancia de decir verdad. Le dije, ya en confianza, qué pasa? Es que tenemos algunos problemillas con los de migración, rivalidades entre oficinas, como que nos están regresando varios trámites pero no te preocupes, luego de este paso, ya verás que en unos tres meses sale. Luego de un año, finalmente me dijeron que estaba listo el documento. Fui a hacer el examen, y salî bien, obvio, si te preguntan puras cosas que aprendes en la primaria. Pagué los derechos (eso ya era costumbre) y volví a los dos meses. Vi que la señorita tenía lista mi carta de naturalización, pero llegó al mostrador y me dijo, todo está bien, sólo falta pagar los derechos. Le dije, no, es imposible, ya los pagué. Bueno, pero en su expediente no está el recibo, tiene usted una copia del recibo? Si, pero en san Luis potosí, a 700 kilómetros de aquí. Quiero hablar con el responsable del departamento. Vino la licenciada y volvió a entrar. Luego de dos horas me dice, fue una confusión, ya apareció el recibo, sólo que no se la puedo entregar porque la persona que debe firmar de salida no está hoy. Por favor vuelva mañana. Al día siguiente, después de treinta años, seis meses y veintisiete días, recibí mi carta de naturalización. Fui derechito a una vinatería, me compré una botella de espumante, aventé burbujas a los cuatro puntos cardinales, al centro, arriba y abajo. Y luego, con mi música, me fui caminando por el zócalo. Pasé frente al hermoso edificio del Ayuntamiento, admiré la imponente Catedral, con sus plomeros y electricistas ofreciendo trabajo junto a la reja, con los ecuatorianos vendiendo gorras tejidas, los concheros danzando junto al templo mayor, un campamento de maestros disidentes y un traga fuego del semáforo. Frente a Palacio Nacional me acordé que hace poco Felipe Calderón convocó un concurso para saber el trámite burocrático más alucinante en México. Aquí mi testimonio. Mi expediente en migración debe pesar por lo menos unos diez kilos. Del dinero pagado cada año no sabría asegurar la cantidad, en vista de las devaluaciones y quiebres, pero no es poco. Lo que he recibido en este país que ahora sí ya puedo llamar mi casa, es tanto. Cosas buenas, cosas malas. Como sean eso sí, muy intensas, jamás aburridas. Puedes ver un muerto sin cabeza en la esquina y una preciosa flor en los escombros de la siguiente calle.



viernes, 22 de abril de 2011

El privilegio de la vida

“Cada lugar es una mina. Basta dejarse ir. Darse tiempo, sentarse en una casa de té a observar a la gente que pasa, pararse en una esquina del mercado y luego seguir la madeja de un hilo que puede empezar con una palabra, un encuentro, con el amigo de un amigo de una persona que se acaba de conocer, y el lugar más escuálido, más insignificante de la tierra se transforma en un espejo del mundo, una ventana de la vida, un teatro de la humanidad frente al cual se puede detener sin necesidad de andar mas allá. La mina es exactamente donde se está: es suficiente excavar”. Tiziano Terzani “Un indovino mi disse”. Edit TEA.

Una grave amenaza se cierne sobre los tesoros intangibles del lugar en el que vivo desde hace quince años. Años que han sido una enseñanza continua acerca de la naturaleza, de la sociedad y por supuesto del interior de uno. Una escuela de vida. Vivir aquí, a la orilla del sistema, en medio de personajes que parecen sacados de un cuento o de una película pero que son tan reales como Real es el nombre, lo considero un privilegio.

Encontrar a la serpiente en el camino y escuchar aullar a los coyotes en las noches estrelladas, también es un regalo. Además de la energía, las plantas, los animales y la montaña sagrada, sitio que visito frecuentemente. Es verdad que solemos pensar que el lugar que vivimos es el ombligo del mundo. Bueno, Wirikuta tal vez no sea exactamente el centro del universo, pero si es un punto energético planetario de gran trascendencia. Para mí, el desierto esconde sorpresas. Frutos y flores de hermosos colores se presentan ante los ojos azorados de quienes se adentran en sus misterios. Es al fin de cuentas un jardín mágico donde se puede ver la sombra y la luz. Donde las estrellas murmuran mensajes y el viento, capaz de transformar la piedra, nos despeina las ideas si éstas son demasiado sólidas. ¿Y qué sigue ahora, luego de que las grandes compañías invaden estos espacios con todas las consecuencias que ello implica?

Una de las cosas que me atrajo del lugar desde la primera vez, fue su pasado minero y los vestigios de un antiguo esplendor. Las ruinas, las historias de la gente. Esa mina metafórica de la que habla Terzani. Sin embargo, nada quedó para sus habitantes de aquella fastuosidad, acaso un eco en sus callejones solitarios y unos edificios derruidos en medio de las montañas. Y ahora también se ha descubierto que algo si permaneció y trascendió el tiempo… plomo y arsénico en una sierra devastada por la tala inmoderada.

He tenido la suerte de ser testigo del microcosmos de una sociedad de mil quinientas personas que vivimos en este clima árido, duro en invierno, terrible a veces. Hemos visto como en los últimos meses la relación entre los habitantes del pueblo se ha ido deteriorando cada vez más, vemos que donde antes reinaba una convivencia tranquila entre locales y extranjeros, ahora, instigada por la compañía y por la falta de oportunidades, de repente ya no hay bienvenida. Observamos con tristeza como el hambre y la desesperación pueden llevar a las personas a regresar a un empleo que enfermó y mató mucha gente, afectó a viudas que se quedaron con los hijos a su cargo y que sin embargo están dispuestas a mandarlos, ahora ya adultos, a que trabajen en la mina donde murieron sus progenitores, porque no hay para comer. Y vemos llegar cada semana a expertos, periodistas, ecologistas, ambientalistas, funcionarios, intelectuales, artistas. Y sabemos que allá afuera, del otro lado del túnel, multitudes están luchando para preservar este lugar. Hay organizaciones trabajando en la creación de proyectos alternativos a los que ahora pretenden y están ya devastando la zona. Sin embargo, la gente en Real dice que no hay suficiente información, que tienen hambre. Mientras los gobiernos se caracterizan por la inactividad y el olvido, la compañía minera, aprovecha el momento, azuzando a un grupo de personas para que ataquen y deterioren una relación pacífica de siglos entre los locales y los wixaricas.

¿A dónde irán a parar personajes como José el carnicero, quien con su cuerpo evitó un accidente en los acantilados de la sierra cuando detuvo una willis con su enorme tórax?¿ Qué será de doña Cande quien ayudó a nacer a mas de mil niños en la localidad?¿Quién ayudará a Mundo, el hombre que habla con los animales y que se encuentra cada vez mas enfermo por los años que trabajó en la mina?¿Quien escuchará las historias que Vanessa, el travesti del pueblo cuenta mientras vende sus milagritos para San Francisco de Asís?¿Y las anécdotas del padre Robledo?¿Acaso sonarán otra vez en los callejones los acordes de la estudiantina de mujeres?¿Y las fotos de Arturo Tristán que ha trabajado durante más de 30 años en todo tipo de celebraciones?¿Y las historias de Diego, el hombre que se sienta cada tarde afuera de su casa a ver pasar la vida? ¿Y la solidaridad de todos cuando el año pasado las lluvias provocadas por el huracán Alex devastaron la zona? ¿Que será del hijo de Rubén, quien lucha desde hace meses contra la leucemia? ¿Acaso Bonifacio seguirá vendiendo artilugios de chamán en la entrada del túnel? ¿Don Félix, campesino de la zona, podrá continuar pastoreando su ganado y sembrando su maíz cuando se termine el agua?

El manantial de El Lucero se está agotando pues no ha llovido desde hace por lo menos diez meses. Época de estiaje. El agua en el desierto vale más que cualquier cosa, resultan irresistibles cuando vives aquí los olores que evocan humedad: cuando huele a tierra mojada, a niebla o a rocío del alba. Cuando llega la lluvia, con ella germina y crece la semilla y en una sola noche el desierto cambia radicalmente. Y los campesinos como don Félix salen al amanecer en su caballo y suspiran agradeciendo ese milagro.

Varios nos preguntamos, sabiendo lo que significa la escasez…si viene la mina, ¿de dónde va a sacar el agua que necesita? ¿cuáles son las alternativas de los Catorceños? Los representantes de la compañía afirman públicamente que sólo van a utilizan químicos no tóxicos y biodegradables. ¿Es eso posible? ¿Acaso quedarse sin agua, en una tierra devastada por la contaminación es la única alternativa posible? No, definitivamente la zona tiene potencial para desarrollar otro tipo de proyectos sustentables y dignos.

Muchas preguntas siguen sin respuesta. Por eso, con todo el respeto por la lucha wixarica en defensa de sus territorios sagrados, es importante mirar también a esos personajes que forman parte de la maravillosa diversidad que todos somos. Porque gente como doña Vita, quien ha dedicado su vida a amar las plantas, o Toño el maestro albañil de Vigas que todos los días viaja dos horas en burro para venir al trabajo, o Javier con su grupo musical y su sonrisa brillante o los niños que quieren ser caballerangos como sus papás y los que conforman el caleidoscopio salpicado de color de este lugar, son quienes aportan también algo de magia y de sagrado. La historia y las costumbres del desierto, enmarcadas por una naturaleza dadivosa y espléndida, nos otorgan en su conjunto la identidad de nuestra tierra. Así como los valores intangibles que cada día nos recuerdan el privilegio de la vida.



lunes, 15 de noviembre de 2010

Luna de mis ojos

...Y en el bautismo le enseñaron lo sagrado.
Recibió una caracola:
-Para que aprendas a amar el agua.
Abrieron la jaula de un pájaro preso:
-Para que aprendas a amar el aire.
Le dieron una flor de malvón:
-Para que aprendas a amar la tierra.
Y también le dieron una botellita cerrada:
-No la abras nunca, nunca.
Para que aprendas a amar el misterio.
La llegada, Eduardo Galeano.

Llegaste al mundo concebida con amor, con cierto fervor mágico. Con los años he tratado de enseñarte, de la mano, caminando juntas, la filosofía que la vida nos está ayudando a moldear. Ahora, todo es diferente. Esa manita que me aferraba con fuerza cuando debía soltarse para dar sus primeros pasos, y esa valentía en hacerlo, esa determinación en tu carita redonda, esa admiración por la mami que sabía todo, todas las respuestas. Cada vez me descubro más a decirte no sé, vamos a investigarlo, vamos a hacerlo juntas. Pero luego lo cotidiano no da tregua y en medio del remolino de mis propios sentimientos, de la vida que como individuo estoy tratando de forjar, terminamos dejándolo para otro día. Y después la barrera, la dolorosa lección de querer ser diferente a todo lo que represento, a los ideales, a la belleza de la vida, de las cosas que de verdad valen la pena, según yo. Antes lográbamos correr como dos ciervas por los bosques de la fantasía, y caíamos al suelo agotadas de reír. Ahora no. Como todo cambia, ese hermoso tesoro también está mutando. La adolescencia de lo femenino ha entrado en nuestras vidas como un huracán. Es difícil no preguntarse ¿qué estamos haciendo mal? No encuentro respuestas, por eso, cuando duermes, me acerco a tu cama y siento tu acompasada respiración, trato de infundir mi amor a través de un arrullo furtivo y de abarcar todo tu ser luminoso con mis brazos de madre que quisieran evitarte todos los sufrimientos. Así como también quisiera que volaras muy alto, que no pierdas nunca esa curiosidad o ese brillo mágico de tus ojos de hada. He tratado de dar lo mejor, he debido ser dura a veces para darle a tu espíritu la seguridad que sólo los límites nos otorgan. Y al mismo tiempo, tratando de salir adelante durante los años difíciles en los cuales dejas de ser un individuo para convertirte en madre tiempo completo, sin descansos, vacaciones o días festivos. ¿Por qué ahora me ves como una enemiga? Yo no deseo atarte, al contrario. Con todo mi amor espero que un día tus alitas sean magníficos instrumentos de navegación, que sin importar a dónde te lleven, logren el privilegio de vivir una vida plena, hermosa, evolucionada. No pido que hagas lo que yo no he podido, no deposito sobre tus hombros más carga que la que el mismo destino nos confiere al nacer. Es como caminar entre cristales delicados.

Nos fuimos juntas de campamento. Subimos al techo de la camioneta a observar el atardecer. Te llevé a un lugar muy especial para mí, allí donde el coyote tiene su madriguera, entre las retorcidas ramas de un mezquite. Juntamos leña, preparamos un pequeño altar con nuestros artilugios de magas, encendimos fuego y hablamos. Y también callamos, dejando que el silencio nos cobijara al amparo de las estrellas. Observamos el firmamento en todo su esplendor en esa noche constelada. Tu volviste a poner tu mano en la mía, como cuando eras ese pequeño ser que bebía mi leche envuelta en el cálido manto materno. Tenías un poquito de miedo de los ruidos nocturnos, pero te mostraste valiente. Nos dormimos juntas, abrazadas. No hay sabiduría que enseñe como ser la madre que los hijos necesitan. No se puede controlar todo, mucho menos eso. Uno siempre cree que hace lo mejor y al final siempre va a resultar que en algo nos equivocamos.
A la mañana siguiente, ¿te acuerdas? Caminamos y descubrimos el nido de un pájaro. Estaba solo con un huevito pequeño, todavía se adivinaba tibio. Nos alejamos y observamos a distancia. Al poco rato apareció la mamá, temerosa seguramente por su criatura. Se metió en el nido y se puso a cantar. Ves hija, la vida es una metáfora constante, a la que no dejo de agradecer infinitamente tu milagro.



domingo, 3 de octubre de 2010

Macondo

Son las cinco de la mañana. El frío es intenso y se acrecienta cuando el viento recorre las calles de Catorce en esta madrugada. El lugar está lleno de gente. La efervescencia de tantas personas aglomeradas se deja sentir, pues nadie susurra. Las voces son fuertes, intensas. Hay alegría en los rostros de quienes realizan año tras año un prolongado viaje desde su lugar de origen para llegar a este momento. San Francisco de Asís, el Charrito Milagroso, Panchito, Seráfico Padre. Todos esos son sus nombres y los peregrinos que lo visitan se cuentan por centenares. Hay puestos de comida, muchas doñas se animan a poner frente a su puerta grandes ollas con café, atole y ponche. Los cantos inundan este amanecer. Poco a poco va clareando y el frío se recrudece. Muchos vienen preparados con cobijas, hay quien se trae hasta la almohada y se acomoda en una banca del parque. No ha sido fácil llegar hasta aquí. El túnel está cerrado a los automóviles y el recorrido se realiza a través de carretones tirados por mulas o caballos. Real cambia completamente en comparación con otras épocas del año. Las calles se llenan de puestos, los turistas casi desaparecen para dar paso a los peregrinos. La feria atrae bullicio y también personajes poco recordados de un México trashumante. Cómo olvidar al mago poderoso, se parecía a Kalimán. Con su ayudante habían montado en espectáculo muy bueno, yo diría excelente. Sentado al centro de una rueda que formaba el público, el mago, con una larga túnica verde y un turbante blanco, estaba inmóvil, con los ojos cerrados. El ayudante hablaba con voz potente, contando acerca de los poderes sobrenaturales del señor. Se acercaba a una muchacha y en voz baja le preguntaba su nombre. Por ejemplo Rosa. El seguía hablando y tenían ambos un código porque entre las palabras que decía le pasaba el dato y luego preguntaba Oh maestro, tu que eres el más potente y grande adivino de esta tierra ¿puedes decirme como se llama esta mujer? y señalaba a la muchacha. El mago llevaba sus manos a las sienes y temblaba, en una parodia de gran concentración y al momento su voz cavernosa decía ¡ROSA! De la multitud brotaba un rumor sorprendido. Mientras el ayudante proponía consultas personales y la gente hacía fila para saber su futuro. Sorprendente. Recorriendo las calles, es posible encontrar a los apostadores de ¿dónde quedó la bolita? Y los juegos de lotería, en los que la tía compite con los sobrinos para ganar los premios brillantes de la estantería. O el vendedor de muñecas de cartón, las cabareteras con brazos y piernas articuladas. O el señor de las ollas y cacharros. Una de mis favoritas es la viejita ciega. Camina con dificultad por las calles con su bastón, enredada en un rebozo, con lentes oscuros cubriéndole los ojos, pidiendo limosna. De a ratos se sienta a descansar en algún rincón. Ay doñita, sí le doy una caridad pero no me cuente que es ciega, que ya la estoy observando. Chin, ya me cachaste, nomás no le digas a nadie. También están los merolicos que sacan serpientes de sus maletas, atrayendo en el acto un gran círculo de curiosos a su alrededor. Llegan familias que improvisan un puesto, hasta traen las sillas de su comedor y matan un puerco para vender carnitas. Cuando terminan, la doña vuelve a casa con una olla y una cobija nueva, la niña con una muñeca y el don con una buena resaca. Y qué decir de La carpa esperada por muchos hombres en edad de merecer, y muchachos que tal vez por primera vez en su vida se adentrarán en los pedregosos caminos del amor comprado, guiados por las hetairas importadas de la ciudad, con sus escotes pronunciados, sus rostros macilentos y sus barrigas descomunales que evidencian el gusto por las fritangas a altas horas de la noche. Dicen que hace tiempo, llegaba la famosa Fanny, quien enloquecía a los caballeros. Anunciaban el espectáculo desde temprano y aseguraban que casi estaba por empezar, ya casi empieza, ya llega Fanny, no se vayan pues Fanny se enoja, y cuando Fanny se enoja Fanny se encuera y en esas pasaban varias horas mientras todos se emborrachaban y ya cuando aparecía, muy entrada la madrugada, los comensales estaban perdidos en los reinos etílicos y oníricos, además de orínicos de la borrachera. ¡Vieran que quienes me lo cuentan lo hacen con tanta nostalgia!
Cada año la feria cambia un poco. Ahora muchos venden discos y videos piratas, y ponen el volumen al máximo, para hacerse competencia. Hay muchísima mercancía de origen chino, casi la mayoría de los puestos vende plástico. La comida tradicional está siendo sustituida por pizza, hamburguesa y hot dog. Sigue siendo una feria que vale la pena conocer. Sólo hay que aguantar algunas incomodidades, como que los baños no son suficientes y a lo mejor te encuentras en la puerta de tu casa un regalito nauseabundo. O que el olor del túnel es insoportable durante un mes. O que unos borrachos aúllan arriba de los cerros en la madrugada. Pero es una fiesta salpicada de color, llena de un realismo mágico efervescente y vital. Tanto, que a veces me parece que estamos en Macondo.



miércoles, 29 de septiembre de 2010

El despertar de Eros

Hay besos que pronuncian por sí solos
la sentencia de amor condenatoria,
hay besos que se dan con la mirada
hay besos que se dan con la memoria.
Gabriela Mistral

Cuando llegué al palenque, un aroma de sensualidad se elevaba entre el resplandor del humo y las luces del espectáculo que se estaba presentando. Un grupo de mujeres con maravillosos vestidos, bailaban una fusión de danza española y mexicana. Una de ellas, la maestra y líder del conjunto era la mayor. Se movía con una sensualidad atrevida, experimentada. Otras eran muy jóvenes y lo hacían con candor y a la vez con mirada provocadora. Los vestidos, entallados hasta las caderas, los vuelos de las faldas, las medias negras transparentes, los zapatos de tacón. Puedo decir que todos los asistentes se encontraban subyugados por esa fiesta de sensualidad. Dicen mis amigos que a los hombres el deseo les entra por la vista y esa noche sus pupilas brillaban. Por eso la energía en el palenque era ya un augurio. Terminó la danza y nos juntamos un grupito a decidir qué hacer, nadie quería dormir. Decidimos inventar un recorrido por los “antros” de Real de Catorce. Primero, la decisión fue ir a la cantina del pueblo. Es una habitación larga y de techos altos, llena hasta el tope de fotografías de mujeres desnudas y banderas de equipos de fútbol. Incluso hay unas litografías que representan penes caminando. Nos sentamos con una cerveza. Allí estaban los muchachos de la cañada, el masajista, los artesanos, unos visitantes con rastas, y hasta el doctor del pueblo. Los más hambrientos pidieron unos taquitos en el puesto de afuera. De allí seguimos otros bares (sólo hay dos). Pero queríamos un poco más de movimiento. Supimos que ese sábado había una boda y como se acostumbra que aquí entren todos aunque no hayan sido invitados ni conozcan a los novios, nos fuimos hacia el salón Sueño del Recuerdo. Encontramos a los policías apoyados en el barandal frente a la puerta con ganas de estar allá adentro. Una marea de gente bailaba. Un olor de amasijo humano me golpeó el rostro cuando nos fuimos acercando a la pista de baile. Observaba a las parejas alrededor, primero para saber cómo bailar y luego por pura curiosidad. Algunos estaban muy borrachos y zapateaban solos. Las mujeres con pantalones apretados, botas o tacones, los hombres con hebilla grande, sombrero. Tenían el cuerpo empapado de sudor. La marea de gente bailaba en círculo; las mujeres lo hacían hacia atrás mientras sus parejas avanzaban, acorralando, seduciendo. No podía creer la onda de erotismo que se percibía en la multitud. Sentí en la espalda una mirada intensa, me di vuelta lentamente y allí estaba ese hombre. Ojos verdes, penetrantes y en esa mirada un deseo que lo abarcaba todo. Ay caray…se me subió la adrenalina varios decibeles… sobre todo porque hace tiempo que entre él y yo existe una corriente química que se hizo latente desde aquella primera vez que nos encontramos en una reunión en el desierto y lo escuché hablar. Coincidirán mis amigas que a nosotras las mujeres el deseo nos entra por el oído. Admiro el modo en que fluyen de su boca las palabras cuando se dirige a la gente, cuando habla del amor a la tierra, cuando expresa con intensidad el sentido metafórico de la vida. Y esa noche, al calor de los mezcales, el baile y la buena conversación, digamos que la mesa estaba puesta para un banquete de exquisiteces. Sentados, hablábamos y nuestras cabezas se acercaban cada vez más. Su mano acariciaba mi pierna lentamente, mientras mis ojos se posaban en el deseo de sus pupilas. De repente, los amigos anunciaron que una compañera estaba encerrada en el baño. Fuimos a ver qué pasaba. Estaba tan alcoholizada que se quedó dormida en el retrete con las bragas y pantalones a media pierna. Entre varios la ayudamos y logramos sentarla en el suelo, estaba en estado comatoso. Mientras las miradas de todos estaban pendientes de la chica, una mano se deslizó por debajo de mi falda y fue subiendo lentamente por la curva de mis caderas. Paroxismo total entre dos frente a un grupo distraído por la muchacha que vomitaba y reía. Finalmente, entre varios la cargaron desmayada y empezaron a salir del baño. Siguiéndolos, yo también iba saliendo cuando él me retuvo por el codo, me empujó contra la pared y nos dimos un beso lento, húmedo, cálido, tan sensual que lo abarcaba todo. Su aliento fue recorriendo el contorno de mi rostro, sus dedos delicados me tocaban esos cabellos minúsculos que nacen en la base de la nuca, mientras que mis manos se posaban su pecho. Sin embargo, nuestros cuerpos estaban inmóviles, completamente unidos por una fuerza mayúscula, que con efervescencia me iba llenando el vientre de estrellas. La atmósfera cargada de sensualidad se quebró en el instante en que una mujer entró mirándonos con diversión. Volvimos a la fiesta. El grado de alcohol se fue elevando con el transcurrir de la noche y mira lo que son las cosas de la vida, que mi romeo se quedó dormido en una silla, mientras yo hablaba con los amigos acerca de las diferentes percepciones de la realidad. Con la metáfora a medias, me fui a casa. Observé la neblina del alba entre las calles empedradas. Al llegar, estiré mi cuerpo en esa cama de sábanas frías. ¡RAYOS! pensé. Opciones: Una ducha de agua helada, un chapuzón en el arroyo, un orgasmo solitario, un libro de física cuántica que me explique lo de las moléculas, las feromonas y las reacciones químicas. El viento se detiene en el vértigo, arranca mi piel en destellos de luz. Cuando regreso, despeinada y maltrecha, me sonríes desde la blancura de una página (fragmento Miguel Oscar Menassa). O simplemente reír un poquito de la comicidad del asunto. Recordar que el erotismo es poesía y que su despertar nos llena el cuerpo de una corriente vital. Lástima que esa noche, se me quedó en pura teoría.



viernes, 3 de septiembre de 2010

Nautilus

Luego del viaje al sur ha sido necesario un reajuste de neuronas y de moléculas en el espacio-tiempo del desierto. La vida es un caleidoscopio cuya única certeza es la impermanencia de las cosas. Todo se encuentra en constante movimiento y hay que ser flexible para adaptarse a los cambios. Vivir el presente y todo eso. Hace unos días venía subiendo al Real por el empedrado. Iba con los niños escuchando música. A toda máquina como diría el capitán Nemo, en el Nautilus catorceño de la familia: camioneta blanca con la pintura descascarada en la puerta de atrás, calavera izquierda rota, estéreo con casetes y una madera sosteniéndolo, asiento descosido, plumas y cristales colgando del espejo retrovisor, mate y termo de emergencia abajo del asiento, casita en miniatura pegada sobre el tablero, cables salidos en la cabina, manchas de grasa en las puertas, ruidos de matraca por doquier, pero eso sí…corre como un Ferrari. Decía, iba con los niños hacia casa cuando pasé encima de una serpiente enroscada en el camino. Apliqué los frenos y patinando nos detuvimos. De reversa nos acercamos a ella. Abrimos las puertas para ver ese hermoso espectáculo. Era una cascabel grandísima. En eso apareció otro vehículo y le hicimos señas desesperadas al conductor para que redujera la velocidad. El señor pasó despacio junto a nosotros y nos miró como si fuéramos extraterrestres. Se trata de un hermoso ejemplar, mírelo. Pero el no logró distinguirlo en el empedrado y siguió la marcha. La víbora se fue desenroscando de a poquito y majestuosamente salió de la carretera para internarse en los arbustos. Qué regalo, la vimos muy de cerca. Luego, continuamos. Pechereque, un personaje catorceño de lo más interesante, nos pidió aventón para el pueblo. Tenía un costal con maíz. Él fue uno de los que perdió su casa con las lluvias de julio. Nos adentramos en el túnel que aún se encuentra en reparación y recordé ese día cuando una ola de tres metros invadió la galería y se llevó más de la mitad del estacionamiento de Ogarrio, con carros y todo. Cuando para atravesarlo el agua llegaba a más de un metro y tapaba los faros y debías hacerlo sólo en una camioneta grande. Una visión apocalíptica. Nunca hubo tanta agua, aseguraron los ancianos. El pueblo quedó incomunicado durante un par de días. En momentos como ese te das cuenta de que nuestras vidas son tan pequeñitas, que esto que estamos experimentando es tan sólo un instante. No hay certezas. Sobra el agua en el desierto mientras los corazones de algunos hermanos y hermanas se consumen de sed en sus desiertos internos. La realidad está llena de metáforas. Continuando por las calles empedradas, dejamos a Pechereque. Llevé a los niños a la casa y me fui con rumbo al cementerio. Allí me encontré nuevamente al señor que nos miró como extraterrestres en la carretera y a un muchacho sosteniendo orgulloso una cascabel muerta. La maté yo, dijo el chico. Ya ves, comentó el señor, ahí está tu cascabel. Bueno, al menos una se salvó. La serpiente, que para muchos representa la sabiduría, la infinita y ascendente energía vital que entrelaza la existencia de las cosas. Verla reducida así, a un amasijo de inerte, me produjo una melancólica desazón. Regresé al Nautilus y seguí navegando entre las brumas del atardecer, buscando en los recovecos de la memoria un resplandor de esperanza. Y recordé que aún existen espacios sagrados e infinitos océanos plagados de misterios, donde las serpientes, cual sirenas en los escollos, cantan hermosas y ancestrales melodías. Aguzando el oído, podemos escucharlas, aún en medio del ruido incesante de nuestros afanes.

jueves, 22 de abril de 2010

Maleabilidad

Esta realidad tirana que se ríe a carcajadas porque espera que me canse de buscar.
A. Lerner
La realidad otra vez… puede ser tan dúctil como uno lo desee. Se puede danzar con ella escogiendo el ritmo según el estado de ánimo, o según los colores se puede pintar, como llenando el cuerpo de tatuajes. Pintar con luz y sombras, dejando que el proceso creativo se convierta en una recapitulación. Psicodelia, magia, brillo, oro, dorar la píldora. Take the red pill. Todo tiene un precio. Rechazar la pastilla azul de Morfeo, buscar la olla al final del arcoíris. Hay que seguir la intuición, hay que danzar con los demonios y los seres alados, hay que beber tragos amargos para conocer la miel. Hay que estirar el plumaje y permitir al sol bañarnos con su dorado resplandor. Y todo eso mientras seguimos viviendo en la orilla de la Matrix, mientras buscamos desesperadamente no caer en la tentación de la vacuidad tan al alcance de la mano. Que nuestras vidas no sean vanas. Que podamos ayudar a alguien, que los vampiros no se roben lo que son incapaces de generar por sí mismos, que aprendamos a tener compasión de ellos. Que nada se crea ni se destruye, sólo se transforma. ¿Por dónde empezar con la realidad? O la aceptas, o la cambias o la dejas. ¿Dejarla? Imposible por mi voluntad. Hasta que me llamen seguiré la senda. Amo la corriente vital que nos une al ritmo mágico del cosmos, amo el olor del desierto al amanecer, los abrazos de los niños, la música, la sincronicidad de la existencia. Amo el fuego de la chimenea y las constelaciones del misterio, el mar y el viento ¿Aceptarla? Imposible por mi voluntad. Siempre fui rebelde, siempre me pregunto dónde está escrito cómo deben ser las cosas. En la antigüedad se hizo el intento con el código de Hammurabi, tallado en una piedra descomunal que es fotografiada por los turistas que visitan el Louvre. En la actualidad se ensaya con las leyes del sistema, que originalmente fueron creadas para la convivencia humana pero que cada vez se van diluyendo en un mundo regido por la avaricia y la falta de conciencia. Pero hay leyes que cada quien tiene el derecho de construir y deben ser maleables, permitir el cambio. ¿Cambiar? Eso sí, hay que lavarse los dientes con la otra mano, hay que danzar con la realidad. Enemiga de la rigidez, enemiga de los hábitos perennes. Romper esquemas, romper ese falso cheque brillante que pretende comprar el futuro inexistente. HOY me encuentro sentada escribiendo, hoy bebo el elixir de cierta gnosis. Y los tragos son amargos al principio. Porque la cómoda y cálida sillita opera con todo su magnetismo para atraerme hacia la insipidez. Me observo saliendo del cuerpo como un testigo y no logro entender aún por qué estoy tan molesta. Será la influencia de la luna. Si nuestro cuerpo está compuesto mayormente de agua, y el satélite interviene en las mareas ¿Cómo influirá en nuestros organismos? ¿De qué manera las moléculas se mueven con una sabiduría desconocida para nuestras pequeñitas mentes? Pagar el precio de la inconformidad. Para dejar de lado el enojo hay que practicar la paciencia, la aceptación. Cuánto lamento absurdo. Tal vez es sólo la maldita costumbre de pensar demasiado. Quiero convertirme en líquido y ser río que fluye, quiero vibrar azul. Azul como las profundidades de mis abismos, azul como el cielo, azul como el éter que rodea el aura de los cuerpos. Tomo un rollo de papel y lo despliego en el suelo. Pinto mi silueta. El lugar que ocupan las células de este organismo en el espacio. Lo pego en la pared y observo los contornos de eso que soy. Tomo el bote de pintura y embarro mis manos en el color…libélulas en el vientre, mariposas en la espalda, colibríes en los brazos, flores y hojas en las piernas. Un sol dorado y resplandeciente en el plexo…Un momento…alguien está tocando mi puerta, voy a ver de quién se trata. Tal vez es la señora de las tortillas, tal vez es mi vecina, tal vez el recibo de la luz, tal vez un problema o alguien que necesita algo, tal vez un niño preguntando el nombre de una calle, tal vez sólo el viento. Como sea, ES eso que está allá afuera de estas palabras pero a la vez dentro… la maleable realidad.

jueves, 25 de marzo de 2010

Los cinceles del misterio

Lo primero que hice al volver fue sentarme en una de las bancas de la plaza. El cielo era de un azul intenso, poderoso, como sólo en las alturas de Real puede lucir. Un viento frío aleteaba alrededor, trayendo aromas conocidos: fuego encendido, ropa recién lavada, maíz tostado, aceite de carro, alfalfa fresca, botones de rosa, frijoles hirviendo en la olla, pan horneándose, excremento de caballo... Un cachorro de color marrón con la cola y una de las patas negras, jugueteaba cerca de la fuente. Mis niños fueron a traer un café. El sol reverberaba en las baldosas de piedra. Al rato pasó un conocido, se detuvo a detallar que feo ve las cosas, quejándose de la vida, de los malos momentos, de la locura de las personas. ¿No tienes algo bonito para contar? Le pregunté. No por ahora, dijo y siguió su camino. Poco después llegó otro amigo, hablando de la prisa que tenía, que el tiempo no le alcanza para nada, que ya se tenía que ir. Abrazada a mis muchachos, observaba divertida el trajín de la gente. Los caballerangos buscando algún cliente, las empleadas de la esquina echando agua en la banqueta, Chuya colgando bufandas afuera de su tienda, Márgaro esperando algunos para llevar en su jeep a Estación Catorce, niños saliendo del jardín con sus mamás, los muchachos del camión de la basura con su cencerro, los cargadores del mini súper bajando costales, Thomas con alguna herramienta en la mano, unos mochileros llegando desde la cuesta…
El café estaba delicioso. Observando a mis dos estrellas, tan crecidas ya, me sentí orgullosa de saberlos independientes, de verlos bien plantados a pesar de la ausencia. Llenándome los ojos de este pueblo en el cual he vivido los últimos quince años, quise que lo cotidiano me envolviera como un cálido manto, pero cuando has bebido ciertas pociones, eso ya no funciona completamente. Sin embargo, una sensación de plenitud me embargaba. La verdad es que volví tan feliz, tan llena de luz, tan agradecida. Así estaba, en la ensoñación, cuando apareció alguien más. Uno de esos afectos que surgieron por causa de la poesía, sus anécdotas de París, la soledad compartida, las comidas familiares, el amor a los libros. Al verme tan contenta me llamó soberbia y un hielo cubrió los lazos de la amistad. Porque si los amigos no se alegran con tu felicidad, si los sentimientos mezquinos se anidan en ella, no puede sobrevivir, perece retorcida bajo una enredadera de falsos augurios. O tal vez no, tal vez sólo somos lijas que nos raspamos unos a otros para moldearnos, como si fuéramos esculturas de madera sagrada. ¿Qué tal si los dioses nos traen a este mundo, a estos cuerpos prestados, pero en realidad nuestro espíritu es un trozo de madera en bruto, un tronco informe que va poco a poco lijando sus contornos en base a las experiencias vividas? ¿Cómo sería tu escultura?
Otro día, fuimos con los niños a visitar a los amigos del desierto. Me gustó ver el altiplano reverdecido por el efecto de las inesperadas lluvias invernales y el despertar que trae consigo la primavera. Un fuego en la casa del psiconauta, la deliciosa paella que hizo Guillermo, la guitarra, la voz de Melina, una mujer hermosa de Neuquén (Argentina siempre presente)…el taller de derechos humanos organizado por el filósofo, las fotos de Josef Koudelka que me trajo Bladi, la charla siempre estimulantemente psicomágica de Lalo, los perros correteando a las perras en celo, la cantinita de El Indio, el atardecer. Los tonos violetas, anaranjados, pinceladas fugaces que contrastaban con los árboles de ese bosquecillo de mezquites que está a la orilla del paisaje. Ramas retorcidas, troncos de diferente grosor. Una ilusión óptica producida por el viento y el color tal vez, hacía aparecer enmarañadas entre las siluetas, la figura de muchas manos con cinceles, moldeándose entre sí, a veces con suavidad, a veces encajándose con saña. Un ocaso hermoso, de esos que son ventanas en las cuales, si te dejas llevar, puedes atisbar por escasas fracciones de segundo el resplandor dorado del misterio.

lunes, 15 de marzo de 2010

El fin del mundo

El árbol decidió viajar,
cuando logró desprenderse de la tierra,
se dio cuenta de que sus ramas eran raíces celestes.
A. Jodorowsky
Llegué a Calafate luego de un viaje extenuante. Estaba realmente cansada de tanta carretera. La Patagonia, con esa inmensidad que cabe en la palma de la mano, me estaba provocando una extraña sensación. Era como si al alejarme hacia el fin del mundo, me fuera acercando cada vez más a mirar el límite de mis propias fronteras, comprendiendo la incógnita de los primeros navegantes que se aventuraban en los inhóspitos océanos del sur. No sabían que la tierra era redonda e imaginaban que terminaba todo en un acantilado y luego los elefantes gigantes que la sostenían y luego nada. Me daba cuenta de que no importa qué tan lejos vayas, puedes llegar a Tombuctú, a la Siberia o a la Tierra del Fuego, que la complejidad y las contradicciones que te habitan se van de viaje contigo en la maleta. El hostal al que llegué me desagradó desde el principio. Pocos argentinos, música demasiado fuerte (para desayunar mejor ponme a Bach a volumen moderado, amigou, en vez del concierto de reggaetón acelerado). ¿Hispanoparlante? Espera que debo atender primero a estos europeos que llegaron después de ti. De todos modos, me fui a acostar con la mente puesta en el glaciar. Desde hace varios años quería conocer ese lugar del planeta. Al día siguiente, partí con la mochila, un pequeño almuerzo y muchas ganas de ver ese maravilloso paisaje. En el camino, un arcoíris se distinguía a lo lejos entre las montañas nevadas. Y al dar vuelta en una curva, allí apareció. El glaciar Perito Moreno, una inmensidad de hielo hasta perder la vista en el horizonte. Los tonos azules, violetas y turquesas que se forman en las grietas son increíbles, pero lo que más me sorprendió fue el ruido de los acomodamientos de las diferentes capas heladas, que te hacen notar que ese coloso está vivo, que se mueve, que allá también hay una corriente de energía vital, que así como mi querido desierto de México, aquél también es un desierto que palpita. Y de nuevo esa sensación de que al cumplir un sueño se juntan todas las felicidades en un instante que puede ser fugaz pero que perdura en la memoria y en los huesos. Estar parada allí, en ese barandal donde aún se pisa tierra firme, es una fotografía que guardo en la bitácora de imágenes que por más que alcanzo no llego nunca a tomar porque sé que no se puede acercar ni tantito a la realidad de la vivencia. En los días siguientes continué transitando el sur. Me impactaron el Fitz Roy y el Cerro de Torre, cuando me senté a la orilla de un caudaloso río a disfrutar de una jornada completamente despejada, fenómeno raro en aquellas latitudes. En mi recorrido toqué una pluma de cóndor, sentí la suave textura de la lana de los borregos, observé de nuevo las estrellas, conocí un jardín interior de plantas prohibidas, caminé entre bosques petrificados y finalmente, me di por satisfecha. Ansiaba volver a Buenos Aires, al calor húmedo del río de la Plata, a las risas y las tardes con mate, al bullicio de los trenes, a la sombra tranquila de los árboles, a las noches de milonga con faldas vaporosas y sobre todo, a calmar un poquito la mente del viento. Porque en el sur, el viento es una presencia intensa, constante, poderosa. Imposible de ignorar. Muchas veces digo que es importante despeinarse las ideas, pero este exceso ya me estaba afectando demasiado. Allá los árboles no son erguidos, resisten pero están inclinados. Terminan por doblegarse a la fuerza que ulula entre sus ramas. Cuando finalmente las luces de la ciudad comenzaron a aparecer, cuando mis pies tocaron tierra, cuando golpeó mi rostro esa oleada de calor y ese aroma de agua, sentí volver a casa. ¿A casa? Más bien me invadió la certeza de que uno puede tener muchos puertos a dónde regresar, que no importa dónde naces, dónde vives, o de dónde vienes, que la patria verdadera es aquella donde habitan nuestros afectos, que los límites de la/nuestra tierra, redonda o plana que sea llegan hasta donde la quimera nos alcance, que el fin es el principio.