martes 10 de enero de 2012

2012


El último día del año, terminé de trabajar y me encaminé a la casa de Karsten.  Ya estaban allí muchas personas. La banda de Zacatecas, los jaraneros amigos de Luis, Charly y Corina, Markus, Esmeralda, Úrsula, Miguel Ángel, Julián y Jade, y los infaltables perros catorceños Chocolate, Frida y un visitante canino llamado Rayo. Unas chispas de lluvia cayeron, pero no nos asustaron. El cielo estaba nublado, se veían pocas estrellas. Jorge, el chatarrero de San Luis mandó una carne especial, que asamos en las brasas producidas por un fuego enorme que Karsten alimentaba cada tanto con una mueca infantil en su rostro, cada vez que ponía unos troncos de mezquite grandísimos. Markus, como siempre un gentil caballero, sacó el sofá que normalmente está dentro de la cabaña y lo colocó junto a la hoguera. Puso en mi mano una copa de vino y nos sentamos a charlar. Me contó de su reciente viaje a Nigeria, él que es un ingeniero especializado en polímeros, alemán hasta la médula, estuvo en África para trabajar en energía alternativas. Y en Guatemala aprendiendo español. En un momento de la conversación me preguntó ¿cómo te ha ido este año Mercedes? Cierro el ciclo del 2011 con la certeza de un gran avance en mi carrera, me refiero a la profesión vida, o navegante como prefiera llamarse, que al fin de cuentas es lo mismo. Tuve grandes logros personales, aprendí a conocerme mejor, me divertí, reí y lloré, viajé, gocé, sufrí, me caí y me levanté. Nada mal. Y Markus también me dijo, espero que cantes esta noche, tu voz es un don, la música es parte de tu vida, ¿Dónde está la guitarra? Y en ese momento caí en la cuenta de que hace cinco meses que no soy capaz de cantar. Al regresar de una de mis aventuras, algún tipo de conjuro impidió que volviera a hacerlo. Y eso que el año pasado, en la playa, toqué por primera vez frente a un micrófono y fue una linda experiencia. Al poco rato se despejaron las nubes, cuánto me gusta el cielo cuajado de estrellas que vemos en Catorce. Había mucha gente desconocida, esperando a que estuviera lista la comida, sin ayudar en lo más mínimo. A veces llegan ese tipo de personajes, con un nulo sentido del trabajo en comunidad. Aquí estamos acostumbrados a hacer las cosas juntos.  Amo lo que somos, el apoyo que recibo, el amor. En los malos momentos que tuve este 2011, siempre hubo alguien allí preguntando si estaba bien, dándome una mano, haciéndome sentir parte de un todo, lo cual es un privilegio inmenso en este mundo tan caótico. Y en los buenos momentos, allí  vamos, riéndonos de la vida. Descubrí este año que, siendo fiel a mi propia naturaleza, quiero seguir quitándome los zapatos y correr descalza en la hierba. Descubrí que a veces el cosmos no me da lo que le pido por motivos válidos que mi raciocinio no alcanza a entender, sin embargo hay una sabiduría molecular que permanece. Descubrí que tengo un corazón grande y flexible al que le cabe mucho amor. Descubrí que me gusta la diversión pero jamás podré ser superficial,  y que debo respetar esa parte sagrada. Para este 2012, quisiera agregarle algunas cosas a mi traje de navegante. Como más dulzura, más alegría, más cascabeles colgantes y cintas de colores.
Antes de la medianoche, me escabullí de la fiesta. Tenía ganas de estar sola, alejada del mundo. Es el primer año que no lo paso en familia. Mis hijos, ya en la adolescencia, se fueron con sus amigos, siguiendo los albores de una independencia merecida, reivindicada, como resultado de lo que han vivido con esta madre acuariana y un poco chiflada que les tocó o escogieron. Me encaminé, despacio, saboreando los aromas nocturnos, el viento en la cara, el eco de mis pasos en los callejones, las luces de colores, la algarabía de la fiesta. Llegué a la casa, prendí unas velas, me serví otra copa de vino y me senté a observar los fuegos de artificio. Busqué mi guitarra, la saqué del estuche, estaba tan desafinada la pobre. Con los rizos sueltos y los ojos brillantes,  me puse a cantar, canté hasta que empecé a sentir un calor interno, hasta que me temblaron los labios, hasta que una descarga de energía vital me recorrió las entrañas y sentí todas y cada una de mis células impregnadas de divinidad.   


lunes 9 de enero de 2012

La cama roja


Por las escaleras del patio sube una sombra y la figura que se proyecta en la pared de piedra desdibuja el sol en los escalones.
El hombre entra sin hacer ningún rumor, sabe que ella no lo espera. Es de mediana estatura, su cuerpo ágil y esbelto, de caderas afiladas. El rostro posee una suave belleza masculina, es casi delicado en sus rasgos. Sus ojos son insondables y encierran secretos e inconfesables desenfrenos. Porque en ellos se adivina un espíritu  rebelde. No es un rostro bondadoso, a pesar de que bajo ciertos ángulos una indiscutible fragilidad desconcierta a quienes lo ven por primera vez. Su mano toma despacio la manija y abre la puerta. Tintinean las llaves que cuelgan de la cerradura. La habitación se encuentra en penumbra, apenas un rayo de luz se asoma por el postigo entreabierto de una antigua ventana. La escasa claridad permite entrever una cama muy grande y sólida, cubierta por  sábanas de seda roja. En ella, de espaldas a la puerta, el hombre observa a una mujer dormida. Se ve parte del hombro claro, cuajado de lunares, que crean constelaciones que desaparecen bajo el lienzo, formando una estela de misterios. La tela cubre su cadera y los pies asoman entre los pliegues suaves. Un brazo envuelve su rostro y su cabello cae en cascada por la almohada hasta casi rozar el suelo. La estancia huele a madera, huele a fuego extinguido de la chimenea, donde quedan unos rescoldos que ardieron ayer. También huele a pétalos de rosa, a arcilla cálida, a cántaros de agua y a estrellas. El hombre avanza y se detiene junto a la cama roja.
Extiende sus manos buscando acariciar esa piel. Quisiera que despertara y a la vez que permaneciera dormida. En sus ojos hay un brillo de cinismo, cuando es conciente de la contradicción. Porque ama verse reflejado en  la luz en sus pupilas y el resplandor del sol en su sonrisa. Pero teme el lado oscuro, el que los lleva a caminar por el borde de un insondable abismo, o el que la transporta a un sitio lejano donde no puede alcanzarla. El hombre avanza lentamente, siente en todo su cuerpo la tensión que se acumula conforme se avecina a aquel enorme lecho, mudo testigo de su infatuación. Estira su mano y está por tocarla. Llegan a su mente los momentos vividos en la cama roja. La primera vez que ella dibujó espirales de fuego con su lengua en la piel enfebrecida de deseo contenido, cuando sus cuerpos se juntaron de mil maneras, y con su boca rozó los recónditos rincones de esa piel de trigo maduro. Cuando la voracidad del deseo largamente reprimido los llevó a dejar al mundo afuera de esa habitación. Y a gritar desde la orilla de un acantilado que sí, que el amor es verdad. A revolcarse como cachorros en esa cama enorme, a buscar dentro de aquél caos un signo de que no estaban solos. Pequeños seres errantes,  viajeros encontrados en medio de un paisaje, donde la vida es a veces hermosa y a veces grotesca y donde todo se vuelve diáfano cuando se encuentran.
Mientras tanto, suavizado por los gruesos muros de piedra de aquél lugar, llega desde afuera un ruido monótono que logra abrirse paso en su mente. No, al principio no lo reconoce, hasta que logra registrar que se trata de rebuznos. Distingue más de un burro intercambiando sonidos entre las montañas de los alrededores. Se encamina hacia la ventana y abriendo la celosía, se encuentra con su propio reflejo en los vidrios. Con la mirada recorre los alrededores, es el momento del atardecer y los tonos ocres invaden las casas y callejas estrechas de aquel laberíntico paisaje. La mansión que se yergue en la cima de la colina más alta, desde donde sabe que existe una vista maravillosa del resto del mundo, se opaca conforme va desapareciendo la luz y contrastando con su silueta se ve titilando una estrella. El teléfono vibra junto a su cintura. Lo saca de la funda y observa la procedencia de esa llamada. Decide no contestar. No, aún no. Recuerda cuando ella le susurró al oído:
-Cómo me gustaría bajarme un ratito de este tren, tomar tu mano así, de sorpresa y jalarte hacia una estación que nadie conozca, un lugar fuera de los conceptos tiempo, pertenencia, sociedad, clan, trabajo, responsabilidad, ambición, posesión, ficción, y muchos otros. Te quitaría los zapatos y caminaríamos descalzos en una alfombra de hierba, sintiendo en la piel su roce y en nosotros los rayos del sol. Emanaríamos luz, luz cálida, ambarina, luz multicolor-
No quiere pensar en  aquel otro mundo. Desearía permanecer por siempre en esa habitación. Un pájaro se ha posado en la penca de un maguey exactamente allí, bajo la ventana. Cree escuchar un sonido a sus espaldas, pero al volver los ojos a la cama, descubre que está vacía, que en realidad ella no está allí, que su cuerpo no ha vivido la noche anterior en su compañía, que los besos y las desenfrenadas caricias se han convertido en un imposible. Que las cosas pierden su perfil, desvaneciéndose en siluetas informes y los contornos de la cama se desdibujan, pierden nitidez. Paralizado, siente que sus miembros se aflojan y un hormigueo recorre sus piernas, subiendo lentamente hasta el pecho del cual emerge un suspiro profundo.  Incierto se aproxima y en el centro del lecho distingue una pequeña masa informe. Es de color rojo y se mueve espasmódicamente. Azorado descubre que ese bulto que yace frente a él abandonado entre las sábanas, es su propio corazón.


miércoles 14 de diciembre de 2011

Semillas que logran germinar

Con un poco de retraso, estacioné la camioneta, levantando una nube de polvo. Una carita se asomó por la puerta del salón y se escuchó un “Ya llegó”. Allí estaba Karely Muñoz Cortés, la maestra de la escuela de Las Margaritas, ejido de Catorce, ubicado en el corazón de Wirikuta,  el estimado fotógrafo Gerardo Ruiz Smith y un visitante de Suiza llamado Nicolás Isensehmid. Y por supuesto, los niños. Entre todos bajamos las cajas. Con la ayuda de los Centros de Acopio de Matehuala, Guadalajara y Ciudad de México, así como un donativo gestionado por Alicia González por parte de la FIL, logramos reunir en esta etapa inicial, 265 hermosos libros para la primera Biblioteca del Desierto. Los niños soltaron exclamaciones de placer al abrir las envolturas. Pasamos un buen rato examinando los textos. Luego salimos al patio, donde platicamos y compartimos el desayuno. “No te sientes allí, me dijeron, está lleno de hormigas”. Junto a la resbaladilla, esto fue lo que contaron:
Alondra: De los libros me gustan los colores, las partes interesantes y los dibujos. Ellos sirven para aprender a leer y disfrutar.
Leslie: Me gusta leer en mi cuarto en la mañana, en la tarde y en la noche, sobre todo los de princesas. Siento que me da mucho cariño un libro.
Sergio: Están bien bonitos los libros nuevos, mi favorito es el de los animales que se inflan. Puedo aprender más.
Carmen: Me agrada leer arriba de la pila, porque casi nadie me mira y ahí comprendo más. Me gustan los libros de caricaturas y los de terror pero no en la noche porque me da cuiqui. Cuando leo uno bonito, siento que sí es realidad. Los libros sirven para entretener, a uno se le va la tristeza, como cuando me regañan porque hago travesuras.
Adrián: A mí me encanta leer arriba del pasamanos del patio de la escuela. Mi preferido es el de Los Tres Cochinitos. Leer ayuda en los sueños, si leo un libro bonito, sueño bonito.
Nihuetsica: Me gusta leer en mi cuarto. Momo es mi favorito. Me imagino lo que leo y siento como si yo estuviera dentro. Los libros sirven para que no tengan que comprarnos videojuegos porque la lectura es como una tele en la cabeza.
La maestra Karely: Gracias por el apoyo a la comunidad, para seguir fortaleciendo el tejido familiar, esperando que a través de los libros, las letras fluyan como un rio en nuestro corazón y con cada grano de arena podamos construir cosas más sólidas.
Casi estaba por retirarme cuando los niños corrieron, me rodearon y abrazaron diciendo: “Muchas gracias”… sentí una emoción grande, una calidez profunda, que les hago llegar a aquellos que hicieron realidad este sueño. Ese abrazo fue para todos. Desde Wirikuta, los invito a que continuemos con estas acciones, que nos fortalecen y nos proporcionan la alegría de saber que unidos por un bien común, avanzamos en la creación de espacios soleados y jardines que fomentan la imaginación. Aún en el desierto, en medio de la aridez, hay semillas que logran germinar.

Seguimos con la campaña. Vamos por más Bibliotecas en otras comunidades.

jueves 3 de noviembre de 2011

Firework

Alba en Matehuala. Ese día abrí los ojos con un ánimo sorprendente, un optimismo contagioso que a veces me acapara los sentidos. No lo puedo evitar, a pesar de los embates tan duros (madrazos para ser más explícita) que la vida me da para aprender, hay momentos en los cuales la alegría se me desborda por las moléculas. Menos mal. El caso es que aquella mañana el suplemento cultural Origen, que se publica en el periódico La Razón, vio la luz por primera vez, nació junto con un sol anaranjado y prometedor. Así que desayuné un plato de fruta, me di una ducha con spa y toda la cosa (mascarilla de jitomate y aceite de coco, já) me vestí de blanco, blanco sexy, y salí al mundo exterior. Lo primero que hice fue tomar una flor del parque, necesitaba una flor donada por la naturaleza. Luego, me fui al puesto de periódicos a comprar varios ejemplares y al llegar encontré a una señora que estaba leyendo el suplemento. Qué gusto me dio. Volví a casa a dejarlos y salí nuevamente. Esa mañana el sol calentaba rico, el aire diáfano, los aromas de las plantas, la señora que barría la calle, los corredores tempraneros, todo pintaba bien. Me fui a dar una vuelta a la ciudad, a ver a los amigos, para comunicarles la noticia. Me acordé que unos días antes, en casa de Karsten, mientras bebíamos vino junto a la chimenea, hablamos sobre la creación de una nueva sociedad y para ello, dijo mi amigo, es necesario raspar el punto de origen, otra vez tener la esencia en la mano. Estoy completamente de acuerdo, necesitamos buscar el origen pero reinventándonos, retomar rituales viejos y transmutarlos, como el del nacimiento, la pubertad, el amor, la muerte. Cosas nuevas que nos ayuden a volver a la esencia que perdimos en el camino de esta loca carrera de caballos desbocados que intentan alcanzar un espejismo. En la tarde, tuve que moverme hacia Real de Catorce, así que subí al Nautilus y antes de arrancar, noté por el espejo retrovisor, que en la parte de atrás de la camioneta había quedado el frijol, un puff enorme de color rojo, acervo de la familia que alguna vez nos dejara la amiga Ingrid antes de irse a las Noruegas. El caso es que me bajé, abrí la caseta, lo saqué y lo dejé en el garaje. O eso pensé. No me di cuenta de que se había quedado atorado en la puerta trasera. Luego, me instalé en la cabina, encendí el estéreo y escogí la canción de Katie Perry Firework y salí a la calle. Baby, you're a firework, Come on, let your colors burst, Make 'em go Oh, oh, oh… After a hurricane comes a rainbow… Me sentía sensacional, hasta mi parte argentina me decía “brishante che”. Boom, boom, boom, Even brighter than the moon, moon, moon, It's always been inside of you, you, you… la gente pasaba en sus vehículos y me hacía señas, yo pensaba, caray, todos me saludan hoy. Ignoraba que detrás mío, como una enorme pelota roja, iba rebotando el pobre puff. Pasó Argelio Yrízar en su camioneta y levantó la mano efusivamente. En el semáforo de la gasolinera del boulevard, todos me miraban, sho bailaba… ya por el rumbo de Ojo de Agua, y a punto de un colapso de felicidad, un taxista me indicó que algo pasaba con el Nautilus. Así que me detuve, pensando que se había ponchado una llanta o se había caído el mofle, algo que sucede a menudo y cuál fue mi sorpresa al encontrar al frijol rojo, pintado con manchas negras y marrones de polvo pero sobreviviendo, arrastrado como esas ridículas latas que cuelgan en los vehículos cuando alguien se casa. Qué barbaridad.
Entonces, en el viaje hacia Real, fui reflexionando acerca del ego. Recordé que Jodorowsky nos habla siempre de cuatro egos, el material, libidinal, intelectual y emocional y dice que son como las patas de un caballo, los cuatro nos llevan al movimiento, a avanzar. Normalmente tenemos algún tipo de desequilibrio y seguramente alguno de ellos predomina sobre los demás, entonces el caballo empieza a cojear y su avance se vuelve complejo. O se desboca. Otros por el contrario, como algunas corrientes del hinduismo, afirman que al ego hay que suprimirlo. Eso si está más difícil. Un amigo me dijo hace pocos días a propósito del tema: el ego es la enfermedad más normal y endémica de nuestra cultura, tan "dominante" ella y tan quisquillosa… eso porque me molesté ya que por un error mi nombre no apareció en la invitación a una exposición colectiva de fotografía. Nos dimos un buen agarrón. Personalmente, me pegó el ego naif, es decir, he vivido en el rancho tantos años que la verdad me hacía ilusión ver mi nombre en la marquesina, junto con otros fotógrafos tan chidos. Pero me pregunto ¿Es ego querer exponer el trabajo de uno? ¿Es ego salir en la televisión? ¿O que sea la musa de un poeta? ¿Es ego vestir de blanco sexy porque estoy contenta? ¿O que llamen de un periódico y me pidan fotos? ¿No es acaso linda la sensación del ego encrespado cuando alguien te observa con admiración y deseo? ¿Escribir estas cartas desde Real y publicarlas? ¿Sentir una gran felicidad porque se concreta un proyecto como Origen? Encontrar el límite entre el amor propio, la finalidad del artista, la necesidad de sentirse aceptado, la humildad, la vanidad, la desfachatez, la travesura, la autocrítica, la falsa modestia, las ganas de contar algo, la suerte, el talento o la falta de él, la candidez y la malicia.  Es como el puff que rebotaba entre las notas musicales ¿no? You just gotta ignite, the light, and let it shine…Aunque sea cojeando, pero hay que seguir.
Junto con mis hijos, cosimos y limpiamos el frijol, que remendado reposa, en la sala de nuestro hogar.





sábado 1 de octubre de 2011

Una película en Las Margaritas

Y yo, mínimo ser,
ebrio del gran vacío
constelado,
a semejanza,
a imagen del misterio,
me sentí parte pura
del abismo,
rodé con las estrellas,
mi corazón se desató
en el viento.
Pablo Neruda,
Memorial de Isla Negra.

Llegué a Las Margaritas al caer el sol. Cuando entré a la casa de mi amigo el poeta y su hermosa familia, me topé con un par de ojos azules, una mirada fuerte y profunda. Brontis Jodorowsky, actor. Nos habíamos prometido un vino y una charla. Pasaron las horas hasta que nos sorprendió la madrugada en una habitación de adobe, con ventanas de madera y cortinas de colores, llena de libros y con la esencia de las palabras flotando en el aire. Así que nos fuimos a acostar tarde. No pude pegar ojo, seguían en mi cabeza trozos de la conversación y remolinos de pensamiento que son los que nos ponen a jugar, traviesos, el juego del insomnio. Había bajado expresamente allí para conocer el trabajo que están realizando junto con la actriz Mariana González, coordinados por el director de cine Daniel Castro. La película se llama Tau que significa sol en huichol.  El desierto, dice Daniel, es muy protagónico, tiene vida propia y guía a un ser humano a enfrentarse a sí mismo en una búsqueda personal. Por cierto, se mostró muy agradecido con la gente que los recibió.  Me levanté temprano, saludé a las estrellas en el firmamento índigo, preparé un mate. Mi amigo poeta se levantó también y compartimos unos cálidos momentos mientras la naturaleza despertaba. Partimos Brontis y yo en el Nautilus rumbo a la casa de Aurelio. Allí estaba el resto de la producción, listo para iniciar uno de los últimos días de filmación. Desayunamos frijoles con tortillas recién hechas. La bruma matinal cubría por entero el desierto y los técnicos se mostraban un poco preocupados por las condiciones de luz. Luego, nos fuimos hacia un bosque de mezquites. Hacía frío pero se aguantaba. Comenzaron a filmar y tuve la ocasión de ver al equipo en acción. Me gustó el grupo, había armonía entre ellos. Cada quien hacía un poco de todo. Por ejemplo Alizarine, la directora de arte, maquilló a los actores. Tenía los ojos llorosos y la nariz enrojecida a causa de una gripe, pero siguió trabajando. Mariana comentó que el concepto de aridez le cambió en Wirikuta, un lugar que describe como hostil (sus piernas estaban rasguñadas por las espinas) pero lleno de vida. Por ejemplo, dijo, el otro día vi la vía láctea, un espectáculo hermoso. Me sorprendió la dedicación de Diego y Mariel en la cámara, la sencillez de Daniel, la calidez de Pablo y Sergio, los productores, la jovialidad extraña de Bart y los demás miembros del equipo. Luego cambiamos de locación, nos dirigimos hacia una construcción que los lugareños llaman los iglús. Estábamos en un bosquecillo de albardas, esas plantas que parecen manos extendidas hacia lo alto. Para entonces, la neblina había desaparecido y algunas nubes flotaban en un cielo azul intenso. Al poco rato aparecieron los niños de la escuela de Margaritas, estaban emocionados, en sus caritas se dejaba ver la expectación, vamos a conocer cómo se hace una película. Observaban curiosos la sesión de maquillaje, los detalles, la cámara. Estuvieron muy atentos y callados, al menos la mayor parte del tiempo. Horas bajo el sol, observando la repetición de la misma escena, hasta que una de las niñas más pequeñas preguntó ¿Cuándo va a empezar? Luego fuimos a comer Brontis y yo a la casa de mi amigo, que tiene una maravillosa cocina, donde se respira aroma de fuego y se palpa el calor entrañable de hogar que exudan las paredes y las canastas con fruta, la alacena llena de frascos con semillas, la mesa grande de madera, las sartenes colgadas por doquier. No hubo mucho tiempo para charlas esta vez, regresamos al trabajo, había que aprovechar la luz. Con las ventanas abiertas y el viento (como me gusta) despeinándome las ideas, nos dirigimos hacia un llano ubicado al este de la población. Las estribaciones de la sierra se destacaban intensas con la luz de la tarde. Había una tormenta por el rumbo de San Antonio Coronado y un amasijo de nubes dejaba entrever la poderosa fuerza de la naturaleza, allá a lo lejos. Al poco rato salió un hermoso arcoíris. Brontis caminaba seguido por la cámara, cuando Daniel dijo corte. Y él se quedó inmóvil, como congelado en el instante. Permaneció allí, su silueta enmarcada en los colores vibrantes de ese caldo primigenio. Todo estaba en silencio, ese silencio que dice tantas cosas. Sentí cómo su energía se expandía y cómo el desierto le estaba susurrando algún misterio y me alegré muchísimo, porque amo este lugar, matriz de vida y me gusta cuando llega gente de otros mundos y se contagia por la magia que respiran las formas y se deja envolver por el cielo y su milagro. Esa puerta pequeña, que se abre a un horizonte enorme de percepción que nos permite observar el polvo dorado con que estamos hechos. El sol iba cayendo en un atardecer espectacular y ellos filmaban una escena cargada de intensidad. Yo observaba la acción agradeciendo el momento. Volví a Las Margaritas. Al día siguiente me acerqué a saludar al equipo. Pude ver parte del trabajo que habían realizado. Una experiencia interesante. Finalmente me fui a despedir de Brontis, nos dimos un abrazo. Sus ojos arrojaban un extraño fulgor. El eco de su mirada azul quedó flotando en un volveré...





sábado 10 de septiembre de 2011

Ese rumor de vitalidad

"Es inútil. Todo vuelve a nacer.
Para la oscura boca que nos traga,
para el amor y el odio,
para el llanto,
aquí estamos.
Sobrevivientes del día de ayer,
con los ojos puestos a sercar al sol
y con el corazón extendido en la mano como una carta."
Jaime Sabines.
Verde, verde agua, verde humedad. Los árboles de la huerta se mecen al compás del viento manifestando su alegría de existir. La lluvia es en el desierto, esa reconfortante sensación que nos acuna en el tejado, ese rumor de vitalidad, aún en medio de la muerte que nos visita bajo inesperadas formas. Lo cotidiano se vistió de tragedia en estos tiempos, pero a la vez no deja de ser interesante el análisis de los acontecimientos. Una pareja decidió rentar una casa en un pueblo del desierto, a los pocos días, a sus 42 años y de manera sorpresiva, el hombre muere de un ataque al corazón. Ella se queda sola, vagando por las calles de ese fantasmagórico laberinto donde se mezclan el dolor y el olor del cuerpo sin bañarse. Como no había dinero para el funeral, llega el hermano del difunto a disponer los arreglos y resulta que es el hermano gemelo. Gran conmoción en la localidad, hasta que se aclara el asunto. La mujer pinta un mural enfebrecida, aún no se detiene. Mientras tanto, otro personaje llega al pueblo, se dice la reencarnación de Jesús, habla de su poder para transformar la materia y trata de conseguir seguidores en una empresa descabellada: Hay que detener el tren, con la fuerza de nuestro pensamiento y la fe podemos lograrlo. Se va a las vías y sucumbe aplastado. El viejito de la confitería que en realidad era tapadera para la venta de armas, fallece al saber que a su nieto lo agarró la policía con un kilo de mota. Los muertos en un mes. Cruces adicionales en el cementerio local. Y sigue la conmoción. Un hombre camina por la orilla de la carretera, encuentra varias identificaciones de mexicanos, credenciales de elector. En el conjunto aparece también la licencia de un chofer de autobús. El sujeto, en vez de acudir a la policía, las recoge y se las lleva a su casa. Luego, asustado borra sus huellas digitales y las quema. Nunca sabremos quiénes eran esas personas. No habrá un rastro ni respeto a su memoria, ni cruces, ni tumbas, simplemente se esfumaron de la faz de la tierra. Aquella mujer que se quemó la cara en un accidente doméstico sigue en rehabilitación. Los asalariados de las transnacionales reparten cuentas de colores, mientras miden y hacen cálculos de las posibles ganancias, dentro de sus camionetas con aire acondicionado. Otros niños nacen y otros más entraron por primera vez a la escuela. El hombre que vende los helados pinta un nuevo anuncio en su carrito. Será acaso el calor sofocante que lleva a las personas a cometer actos imprudentes, no hay paz en este mundo, sólo un gran caos en las cabezas. Si dejáramos de racionalizar y aprendiéramos de nuevo a seguir la intuición, acaso el vortex de la locura pasaría de lado sin arrastrarnos a los abismos de espejos donde sólo observamos imágenes distorsionadas de eso que creemos real. Todo está mutando. Ya varios de los viejos se han ido, y otros nuevos han llegado, con un costal lleno de esperanzas que se reflejan en sus caras sonrosadas. El mundo allá afuera gira como loco. El mundo de adentro se debate entre la confusión y el vértigo. ¿Dónde están los espacios soleados y el perfume de las flores? Están en el rumor de vitalidad que se adivina en el verde, en la lluvia, en los cántaros de barro. Y en los que quedamos aquí, en el temporal, sobreviviendo. Mientras haya un soplo de energía vital, aún en medio del autismo que nos paraliza, mientras podamos seguir contando historias.





sábado 20 de agosto de 2011

Cartas desde el Norte


Un pais lejano puede ester cerca, puede quedar a la vuelta del pan, pero tambien puede irse despacito y hasta borrar su huella. En ese caso no hay que rastrearlo con perros de caza o con radares. La unica formula aceptable es excavar en uno mismo hasta encontrar el mapa. Mario Benedetti, Cotidianas.

Al igual que muchos mexicanos, me fui por un tiempo del lugar donde vivo, al menos para probar lo que se siente estar en un ambiente donde no hay caos a tu alrededor todos los dias. Disfruté enormemente de ese pais con sus casas de cuento, sus campos inmensos, sus amaneceres, el jarabe de maple y los paseos en el bosque esperando encontrar un alce o al menos un venado. Solicitar la visa canadiense puede llegar a ser todo un calvario. Para entrar como visitante, me pidieron que comprobara el pago de impuestos de los ultimos tres años, mis actividades economicas de los últimos diez, mi cuenta bancaria de los últimos seis meses, el nombre, fecha y lugar de nacimiento de mis padres y de mis abuelos, por poquito y no me piden el color de mis calzones. Al llegar al aeropuerto, tuve que formarme con otras 300 personas para esperar turno en la migración. Finalmente me dejaron entrar. Dicen que hay un scanner nuevo que te pasan por el cuerpo sin preguntarte. Yo ni cuenta me di. Total que empecé mi visita a ese pais y lo primero que me llamó la atencion es la cantidad de agua que hay. Y como no, viniendo del desierto, resulta sensacional estar en medio de los frescos bosques de árboles inmensos o nadar en alguna rivera, sabiendo que no hay animales ponzoñosos. Eso si, los mosquitos son voraces. El caso es que empecé a conocer algunos « quebecos » y algunos mexicanos, a tratar de entender como es la vida allí. La mayor parte de los mexicanos me contaron que desgraciadamente no hay mucha solidaridad entre nosotros. Que si te toca un malhumorado jefe connacional te trata peor que a los demás o que en este medio multicultural la sobrevivencia te lleva a realizar trabajos que de otra manera tal vez nunca hubieras pensado. Conocí a un hermano, se llama Carlos. El trabajaba en México en una empresa reconocida, tenía un buen puesto, una familia. Decidió probar suerte aqui luego de que recibiera amenazas de muerte, asi que con poco dinero en el bolsillo, se lanzó a la aventura. Llegó al aeropuerto en un invierno. Las calles colmadas de nieve lo recibieron. Salió caminando con la maleta a cuestas, para darse cuenta de que con sus zapatos y con su chamarra no podría sobrevivir a la una de la mañana en esos parajes. Volvió y entabló conversación con un taxista quien lo llevó al centro de refugiados. Alli le dieron la bienvenida y al dia siguiente ya tenía empleo. Con él me tocó vivir la aventura de trabajo en Canadá, con la mafia chilena en el manicomio-escuela, pero esa es otra historia. La mayor parte de mexicanos se dedican a la limpieza de casas y oficinas. Es un trabajo duro. En promedio la paga es de 10 dólares la hora. Si pensamos que aquí el salario mínimo es de $ 55 pesos al dia por una jornada de ocho horas, se entiende por que muchos arriesgan el pellejo y dejan a sus familias en busca del sueño de una vida mejor. Sin embargo, no es fácil. Hay racismo y poca compenetración con los locales. El mundo es un pañuelo diría mi madre. Y es que encontré a una ex compañera de la facultad, Chayo, con quien hicimos muy buenas migas. Platicamos largo y tendido, tomamos café y a veces tequila, compartimos experiencias de vida y conocí a sus hermosos hijos Yael y Luis. Chayo se las arregla para darle el sazón de México a su cocina. Oscar su marido, tiene una sonrisa solar. Y ambos me hicieron sentir realmente como en casa, con ese sentido de la hospitalidad con que saben abrirte las puertas de su hogar las personas que viven lejos. Como mexicana, me enfrenté al concepto de producto exótico. Las noticias que recibí desde afuera y la apatía que nos corroe como nación es desalentadora. Inmóviles y ciegos. Aqui, en este mundo donde las casas parecen sacadas de un cuento y ves Ferraris de colores en la calle, tambien hay ceguera y desaliento. La gente trabaja inmersa en el sistema, para solamente ver llegar el viernes y salir a experimentar vivencias cada vez mas duras, la cultura de la superficialidad y la busqueda del placer a base de estimulantes como las pildoras de la felicidad, no quitan el hecho de la insatisfaccion social y son el reflejo de un vacio interior cada vez mas difícil de llenar. Como el millonario chaparrito que corre motocicletas y posee todo, incluída una lancha de alta velocidad y que tiene los ojos tristes, tristes. Personas que buscan respuestas en el hedonismo artificial. Más placer, más, más. Hay que llenar el vacío con bienes materiales, el Porsche, la moto, la piscina, la casa, los artilugios electrónicos, las relaciones virtuales, las pastillas para sentir y dejar de sentir. Allá, las noticias sanguinarias de nuestro universo les resbalan por la piel perfectamente rasurada. Pero también encontré gente hermosa como Pierrete, la vecina maestra de escuela jubilada que vive sola en una casa enorme y con quien entrablé una relación entrañable. O Carmen, esa maravillosa señora entrada en años, vestida con falda corta y tacones, perfectamente maquillada, que vive un apasionado romance con el señor del departamento de al lado. Fuimos una noche a observar los fuegos articifiales, un concurso que organiza el municipio. Y me quedé con la boca abierta…miles de células de colores danzando en el cielo, mientras Carmen se agachaba y soltaba un pedo espectacular. También me encantó hablar con Denni, el hombre de los caballos que me llevó a pasear en una carroza por los bosques de Hawkesbury, un lugar que conocía de nombre por la canción de Jean Leloup. O el partido de hockey. Llegué a la pista cuando estaban calentando. Me tocó ver la máquina que alisa el hielo para dejarlo como espejo y luego, en ese gimnasio llamado Coliseum de Laval, el juego dinámico y divertido, volátil. Encontré un disco entre las gradas y lo guardé subrepticiamente para regalarlo a mi hijo. Cuando el partido acabó me invitaron una cerveza en los vestidores. En atención a mi persona, no salieron desnudos de la ducha sino tapando con una toalla sus partes pudendas. Fue una cerveza rodeada de testosterona y palabras en español y francés. Me divertí muchísimo. (Amigas, tengo fotos). Y qué decir de la alarma de incendios. Estaba cocinando y allá la termperatura se mide en Farenheit, así que las papas estaban crudisimas despues de una hora y decidí aumentar el calor. Se empezaron a quemar y el humo invadió la cocina. En ese momento saltó la alarma y yo no sabía cómo apagarla. Mi temor era que llegara un camión de bomberos y tuviera que explicarles ¨Excuses mua, je suis touriste mexicain¨. En ese momento, un hombre se acercó por el jardín preguntando que pasaba. Salí corriendo agitando los brazos : Help me, help me. El señor entró a la casa y me explicó que sólo hay que agitar un trapo frente a la maldita alarma para apagarla. Y ya con los niveles de adrenalina descendiendo, nos pusimos a charlar y resultó ser un bombero que iba pasando por allí de casualidad.

Un día fui a ver un Pow Wow en la reservación Mohawk de Kanawake. Me encantó la historia de los indios enfrentándose al gobierno que tenía claras intenciones de invadir sus tierras. Pusieron una barricada en el puente principal que los une a la ciudad de Montreal. Les mandaron a la policía. Ellos los recibieron a balazos. Les mandaron al ejército. Los recibieron parados e inmóviles en medio de un silencio sepulcral y no pasaron. Siguieron fuertes presiones hasta que los Mohawk decidieron tirar dos de las enormes torres de luz que atraviesan la región y que son parte medular del sistema eléctrico de Quebec. El gobierno se retiró y los dejaron en paz.

Un día antes de partir, acampando en los bosques de Grenville, se desató al atardecer un aguacero descomunal. Y me puse a bailar bajo la lluvia, así como llegué al mundo, festejando el privilegio de poder regresar al caos de colores y magia revuelta e inspiradora de mi México lindo y querido.





miércoles 6 de julio de 2011

Un trámite que tardó treinta años

Llegué de Argentina cuando tenía ocho años. Ocho añitos y en mi equipaje un disfraz de la mujer maravilla, que estaba tan de moda en ese momento. Mi ilusión era que los niños mexicanos no la conocieran y entonces yo les diría a mis amiguitos que yo era la VERDADERA mujer maravilla. Ya en ese tiempo la globalización había comenzado, porque aquí no sólo la conocían, sino que ya se habían cansado de ella, estaban en la etapa de La mujer biónica. Así que tuve que deshacerme de mi diadema dorada, de mis medias y calzones rojos, con estrellas de papel cosidas a mano, del corsé de la abuela y de los calcetines con que lo rellenaba, el lazo mágico dorado con el que me había entrenado durante horas, y el gabán marrón que me quitaba mientras daba vueltas para dejar de ser Linda Carter. Tenía mucho miedo, pero con esa capacidad que tienen los niños, me adapté en poco tiempo. En ese entonces, mis padres tuvieron que ir a Migración, que era un edificio que recuerdo como gris, oscuro y frío, donde los empleados te trataban MUY MAL. Cada visita era una tensión creciente, para saber si nos darían o no los papeles. Finalmente consiguieron un abogado que nos consiguió un permiso que entonces se llamaba FM9 estudiante. Cada año, mis padres debían meses antes, empezar a ahorrar su sueldo de maestros para pagar los seis documentos de la familia. Luego de varios años, justo cuendo estaban por darnos la residencia definitiva, fue el terremoto del 85 y con él se cayó la ilusión, junto con parte del archivo de migración. Entre los escombros quedaron nuestros papeles, y tuvimos que empezar de nuevo. Ya para cuando volvimos a tener derecho de residencia, acababa de cumplir los 18 años, así que según la ley del momento, como ya era mayor de edad, debía iniciar el trámite nuevamente, esta vez por mi cuenta. Allá voy, sólo que ya mis padres no me llevaban más al DF, en un momento mi padre me dijo, ya eres mayor de edad, arréglate tu los papeles (yo no le pedí que me trajera a vivir a otro país y así se lo dije, tuvimos una mega, mega pelea, de esas en las que vuelan las sillas). Así que seguí haciendo el trámite mientras iba a la universidad. Los extranjeros pagábamos un cien por ciento más cara la colegiatura semestral, pero aún así era muy barato. De hecho, como la carrera era muy reciente, tenía maestros que en realidad eran alumnos de semestres más avanzados. Muy profesional, la educación superior. Cuando estaba por terminar, participé en una entrevista de trabajo. Un renombrado grupo editorial estaba por iniciar un nuevo proyecto. Fuimos 400 fotógrafos entrevistados y sólo quedamos diez, sí, quedé lista para ser contratada pero… mi permiso sólo me permitía estudiar y no trabajar. De todos modos, moviendo cielo mar y tierra logré meter la solicitud y en ese momento… los zapatistas se revelaron en Chiapas, cambiaron al secretario de gobernación tres veces en un año y como sospechaban de infiltraciones extranjeras, los trámites fueron detenidos. En vano toqué puertas, grité, supliqué. Mi permiso no estaba listo. En el periódico no podían contratarme sin él, perdí la oportunidad. Así que tomé una mochila (se la cambié por mi grabadora a un cuate, el Memhongo), mi equipo fotográfico y salí de México, por la frontera de Guatemala, a recorrer el mundo y a rumiar contra un sistema tan injusto. Fue un viaje maravilloso que duró varios años. Cuando volví, casada y con un bebé en brazos me dieron un mes, Un MES de visa turística. Al bebé y a mi esposo 3 meses. ¿Por qué la diferencia? Pregunté. Porque se me da la gana, me respondió el panzón ojeroso y nariz chata del oficial de migración que nos recibió en el aeropuerto. Y tuve que empezar otra vez. Luego de dos años con FM3, expuse mi caso en la delegación de Jalisco, presentando toda clase de papeles, solicitando una cambio a inmigrante. La respuesta no tardó mucho… tiene usted treinta días para salir del país. Y a empezar de nuevo. Cinco años con FM3 y otros 5 con FM2. Inicié el trámite de naturalización y tardò exactamente dos años y medio. Como no obtuve respuesta, fui a la oficina de Relaciones Exteriores en el DF, o la Mátrix, como yo la llamo. Es que la firma no coincide, me dijo una funcionaria. Necesitas traer una carta donde aseguras que esa sí es tu firma, bajo observancia de decir verdad. Le dije, ya en confianza, qué pasa? Es que tenemos algunos problemillas con los de migración, rivalidades entre oficinas, como que nos están regresando varios trámites pero no te preocupes, luego de este paso, ya verás que en unos tres meses sale. Luego de un año, finalmente me dijeron que estaba listo el documento. Fui a hacer el examen, y salî bien, obvio, si te preguntan puras cosas que aprendes en la primaria. Pagué los derechos (eso ya era costumbre) y volví a los dos meses. Vi que la señorita tenía lista mi carta de naturalización, pero llegó al mostrador y me dijo, todo está bien, sólo falta pagar los derechos. Le dije, no, es imposible, ya los pagué. Bueno, pero en su expediente no está el recibo, tiene usted una copia del recibo? Si, pero en san Luis potosí, a 700 kilómetros de aquí. Quiero hablar con el responsable del departamento. Vino la licenciada y volvió a entrar. Luego de dos horas me dice, fue una confusión, ya apareció el recibo, sólo que no se la puedo entregar porque la persona que debe firmar de salida no está hoy. Por favor vuelva mañana. Al día siguiente, después de treinta años, seis meses y veintisiete días, recibí mi carta de naturalización. Fui derechito a una vinatería, me compré una botella de espumante, aventé burbujas a los cuatro puntos cardinales, al centro, arriba y abajo. Y luego, con mi música, me fui caminando por el zócalo. Pasé frente al hermoso edificio del Ayuntamiento, admiré la imponente Catedral, con sus plomeros y electricistas ofreciendo trabajo junto a la reja, con los ecuatorianos vendiendo gorras tejidas, los concheros danzando junto al templo mayor, un campamento de maestros disidentes y un traga fuego del semáforo. Frente a Palacio Nacional me acordé que hace poco Felipe Calderón convocó un concurso para saber el trámite burocrático más alucinante en México. Aquí mi testimonio. Mi expediente en migración debe pesar por lo menos unos diez kilos. Del dinero pagado cada año no sabría asegurar la cantidad, en vista de las devaluaciones y quiebres, pero no es poco. Lo que he recibido en este país que ahora sí ya puedo llamar mi casa, es tanto. Cosas buenas, cosas malas. Como sean eso sí, muy intensas, jamás aburridas. Puedes ver un muerto sin cabeza en la esquina y una preciosa flor en los escombros de la siguiente calle.



viernes 22 de abril de 2011

El privilegio de la vida

“Cada lugar es una mina. Basta dejarse ir. Darse tiempo, sentarse en una casa de té a observar a la gente que pasa, pararse en una esquina del mercado y luego seguir la madeja de un hilo que puede empezar con una palabra, un encuentro, con el amigo de un amigo de una persona que se acaba de conocer, y el lugar más escuálido, más insignificante de la tierra se transforma en un espejo del mundo, una ventana de la vida, un teatro de la humanidad frente al cual se puede detener sin necesidad de andar mas allá. La mina es exactamente donde se está: es suficiente excavar”. Tiziano Terzani “Un indovino mi disse”. Edit TEA.

Una grave amenaza se cierne sobre los tesoros intangibles del lugar en el que vivo desde hace quince años. Años que han sido una enseñanza continua acerca de la naturaleza, de la sociedad y por supuesto del interior de uno. Una escuela de vida. Vivir aquí, a la orilla del sistema, en medio de personajes que parecen sacados de un cuento o de una película pero que son tan reales como Real es el nombre, lo considero un privilegio.

Encontrar a la serpiente en el camino y escuchar aullar a los coyotes en las noches estrelladas, también es un regalo. Además de la energía, las plantas, los animales y la montaña sagrada, sitio que visito frecuentemente. Es verdad que solemos pensar que el lugar que vivimos es el ombligo del mundo. Bueno, Wirikuta tal vez no sea exactamente el centro del universo, pero si es un punto energético planetario de gran trascendencia. Para mí, el desierto esconde sorpresas. Frutos y flores de hermosos colores se presentan ante los ojos azorados de quienes se adentran en sus misterios. Es al fin de cuentas un jardín mágico donde se puede ver la sombra y la luz. Donde las estrellas murmuran mensajes y el viento, capaz de transformar la piedra, nos despeina las ideas si éstas son demasiado sólidas. ¿Y qué sigue ahora, luego de que las grandes compañías invaden estos espacios con todas las consecuencias que ello implica?

Una de las cosas que me atrajo del lugar desde la primera vez, fue su pasado minero y los vestigios de un antiguo esplendor. Las ruinas, las historias de la gente. Esa mina metafórica de la que habla Terzani. Sin embargo, nada quedó para sus habitantes de aquella fastuosidad, acaso un eco en sus callejones solitarios y unos edificios derruidos en medio de las montañas. Y ahora también se ha descubierto que algo si permaneció y trascendió el tiempo… plomo y arsénico en una sierra devastada por la tala inmoderada.

He tenido la suerte de ser testigo del microcosmos de una sociedad de mil quinientas personas que vivimos en este clima árido, duro en invierno, terrible a veces. Hemos visto como en los últimos meses la relación entre los habitantes del pueblo se ha ido deteriorando cada vez más, vemos que donde antes reinaba una convivencia tranquila entre locales y extranjeros, ahora, instigada por la compañía y por la falta de oportunidades, de repente ya no hay bienvenida. Observamos con tristeza como el hambre y la desesperación pueden llevar a las personas a regresar a un empleo que enfermó y mató mucha gente, afectó a viudas que se quedaron con los hijos a su cargo y que sin embargo están dispuestas a mandarlos, ahora ya adultos, a que trabajen en la mina donde murieron sus progenitores, porque no hay para comer. Y vemos llegar cada semana a expertos, periodistas, ecologistas, ambientalistas, funcionarios, intelectuales, artistas. Y sabemos que allá afuera, del otro lado del túnel, multitudes están luchando para preservar este lugar. Hay organizaciones trabajando en la creación de proyectos alternativos a los que ahora pretenden y están ya devastando la zona. Sin embargo, la gente en Real dice que no hay suficiente información, que tienen hambre. Mientras los gobiernos se caracterizan por la inactividad y el olvido, la compañía minera, aprovecha el momento, azuzando a un grupo de personas para que ataquen y deterioren una relación pacífica de siglos entre los locales y los wixaricas.

¿A dónde irán a parar personajes como José el carnicero, quien con su cuerpo evitó un accidente en los acantilados de la sierra cuando detuvo una willis con su enorme tórax?¿ Qué será de doña Cande quien ayudó a nacer a mas de mil niños en la localidad?¿Quién ayudará a Mundo, el hombre que habla con los animales y que se encuentra cada vez mas enfermo por los años que trabajó en la mina?¿Quien escuchará las historias que Vanessa, el travesti del pueblo cuenta mientras vende sus milagritos para San Francisco de Asís?¿Y las anécdotas del padre Robledo?¿Acaso sonarán otra vez en los callejones los acordes de la estudiantina de mujeres?¿Y las fotos de Arturo Tristán que ha trabajado durante más de 30 años en todo tipo de celebraciones?¿Y las historias de Diego, el hombre que se sienta cada tarde afuera de su casa a ver pasar la vida? ¿Y la solidaridad de todos cuando el año pasado las lluvias provocadas por el huracán Alex devastaron la zona? ¿Que será del hijo de Rubén, quien lucha desde hace meses contra la leucemia? ¿Acaso Bonifacio seguirá vendiendo artilugios de chamán en la entrada del túnel? ¿Don Félix, campesino de la zona, podrá continuar pastoreando su ganado y sembrando su maíz cuando se termine el agua?

El manantial de El Lucero se está agotando pues no ha llovido desde hace por lo menos diez meses. Época de estiaje. El agua en el desierto vale más que cualquier cosa, resultan irresistibles cuando vives aquí los olores que evocan humedad: cuando huele a tierra mojada, a niebla o a rocío del alba. Cuando llega la lluvia, con ella germina y crece la semilla y en una sola noche el desierto cambia radicalmente. Y los campesinos como don Félix salen al amanecer en su caballo y suspiran agradeciendo ese milagro.

Varios nos preguntamos, sabiendo lo que significa la escasez…si viene la mina, ¿de dónde va a sacar el agua que necesita? ¿cuáles son las alternativas de los Catorceños? Los representantes de la compañía afirman públicamente que sólo van a utilizan químicos no tóxicos y biodegradables. ¿Es eso posible? ¿Acaso quedarse sin agua, en una tierra devastada por la contaminación es la única alternativa posible? No, definitivamente la zona tiene potencial para desarrollar otro tipo de proyectos sustentables y dignos.

Muchas preguntas siguen sin respuesta. Por eso, con todo el respeto por la lucha wixarica en defensa de sus territorios sagrados, es importante mirar también a esos personajes que forman parte de la maravillosa diversidad que todos somos. Porque gente como doña Vita, quien ha dedicado su vida a amar las plantas, o Toño el maestro albañil de Vigas que todos los días viaja dos horas en burro para venir al trabajo, o Javier con su grupo musical y su sonrisa brillante o los niños que quieren ser caballerangos como sus papás y los que conforman el caleidoscopio salpicado de color de este lugar, son quienes aportan también algo de magia y de sagrado. La historia y las costumbres del desierto, enmarcadas por una naturaleza dadivosa y espléndida, nos otorgan en su conjunto la identidad de nuestra tierra. Así como los valores intangibles que cada día nos recuerdan el privilegio de la vida.



lunes 15 de noviembre de 2010

Luna de mis ojos

...Y en el bautismo le enseñaron lo sagrado.
Recibió una caracola:
-Para que aprendas a amar el agua.
Abrieron la jaula de un pájaro preso:
-Para que aprendas a amar el aire.
Le dieron una flor de malvón:
-Para que aprendas a amar la tierra.
Y también le dieron una botellita cerrada:
-No la abras nunca, nunca.
Para que aprendas a amar el misterio.
La llegada, Eduardo Galeano.

Llegaste al mundo concebida con amor, con cierto fervor mágico. Con los años he tratado de enseñarte, de la mano, caminando juntas, la filosofía que la vida nos está ayudando a moldear. Ahora, todo es diferente. Esa manita que me aferraba con fuerza cuando debía soltarse para dar sus primeros pasos, y esa valentía en hacerlo, esa determinación en tu carita redonda, esa admiración por la mami que sabía todo, todas las respuestas. Cada vez me descubro más a decirte no sé, vamos a investigarlo, vamos a hacerlo juntas. Pero luego lo cotidiano no da tregua y en medio del remolino de mis propios sentimientos, de la vida que como individuo estoy tratando de forjar, terminamos dejándolo para otro día. Y después la barrera, la dolorosa lección de querer ser diferente a todo lo que represento, a los ideales, a la belleza de la vida, de las cosas que de verdad valen la pena, según yo. Antes lográbamos correr como dos ciervas por los bosques de la fantasía, y caíamos al suelo agotadas de reír. Ahora no. Como todo cambia, ese hermoso tesoro también está mutando. La adolescencia de lo femenino ha entrado en nuestras vidas como un huracán. Es difícil no preguntarse ¿qué estamos haciendo mal? No encuentro respuestas, por eso, cuando duermes, me acerco a tu cama y siento tu acompasada respiración, trato de infundir mi amor a través de un arrullo furtivo y de abarcar todo tu ser luminoso con mis brazos de madre que quisieran evitarte todos los sufrimientos. Así como también quisiera que volaras muy alto, que no pierdas nunca esa curiosidad o ese brillo mágico de tus ojos de hada. He tratado de dar lo mejor, he debido ser dura a veces para darle a tu espíritu la seguridad que sólo los límites nos otorgan. Y al mismo tiempo, tratando de salir adelante durante los años difíciles en los cuales dejas de ser un individuo para convertirte en madre tiempo completo, sin descansos, vacaciones o días festivos. ¿Por qué ahora me ves como una enemiga? Yo no deseo atarte, al contrario. Con todo mi amor espero que un día tus alitas sean magníficos instrumentos de navegación, que sin importar a dónde te lleven, logren el privilegio de vivir una vida plena, hermosa, evolucionada. No pido que hagas lo que yo no he podido, no deposito sobre tus hombros más carga que la que el mismo destino nos confiere al nacer. Es como caminar entre cristales delicados.

Nos fuimos juntas de campamento. Subimos al techo de la camioneta a observar el atardecer. Te llevé a un lugar muy especial para mí, allí donde el coyote tiene su madriguera, entre las retorcidas ramas de un mezquite. Juntamos leña, preparamos un pequeño altar con nuestros artilugios de magas, encendimos fuego y hablamos. Y también callamos, dejando que el silencio nos cobijara al amparo de las estrellas. Observamos el firmamento en todo su esplendor en esa noche constelada. Tu volviste a poner tu mano en la mía, como cuando eras ese pequeño ser que bebía mi leche envuelta en el cálido manto materno. Tenías un poquito de miedo de los ruidos nocturnos, pero te mostraste valiente. Nos dormimos juntas, abrazadas. No hay sabiduría que enseñe como ser la madre que los hijos necesitan. No se puede controlar todo, mucho menos eso. Uno siempre cree que hace lo mejor y al final siempre va a resultar que en algo nos equivocamos.
A la mañana siguiente, ¿te acuerdas? Caminamos y descubrimos el nido de un pájaro. Estaba solo con un huevito pequeño, todavía se adivinaba tibio. Nos alejamos y observamos a distancia. Al poco rato apareció la mamá, temerosa seguramente por su criatura. Se metió en el nido y se puso a cantar. Ves hija, la vida es una metáfora constante, a la que no dejo de agradecer infinitamente tu milagro.