El último día del año, terminé de
trabajar y me encaminé a la casa de Karsten.
Ya estaban allí muchas personas. La banda de Zacatecas, los jaraneros
amigos de Luis, Charly y Corina, Markus, Esmeralda, Úrsula, Miguel Ángel,
Julián y Jade, y los infaltables perros catorceños Chocolate, Frida y un
visitante canino llamado Rayo. Unas chispas de lluvia cayeron, pero no nos
asustaron. El cielo estaba nublado, se veían pocas estrellas. Jorge, el chatarrero
de San Luis mandó una carne especial, que asamos en las brasas producidas por
un fuego enorme que Karsten alimentaba cada tanto con una mueca infantil en su
rostro, cada vez que ponía unos troncos de mezquite grandísimos. Markus, como
siempre un gentil caballero, sacó el sofá que normalmente está dentro de la
cabaña y lo colocó junto a la hoguera. Puso en mi mano una copa de vino y nos
sentamos a charlar. Me contó de su reciente viaje a Nigeria, él que es un
ingeniero especializado en polímeros, alemán hasta la médula, estuvo en África
para trabajar en energía alternativas. Y en Guatemala aprendiendo español. En
un momento de la conversación me preguntó ¿cómo te ha ido este año Mercedes?
Cierro el ciclo del 2011 con la certeza de un gran avance en mi carrera, me
refiero a la profesión vida, o
navegante como prefiera llamarse, que al fin de cuentas es lo mismo. Tuve
grandes logros personales, aprendí a conocerme mejor, me divertí, reí y lloré,
viajé, gocé, sufrí, me caí y me levanté. Nada mal. Y Markus también me dijo,
espero que cantes esta noche, tu voz es un don, la música es parte de tu vida,
¿Dónde está la guitarra? Y en ese momento caí en la cuenta de que hace cinco
meses que no soy capaz de cantar. Al regresar de una de mis aventuras, algún
tipo de conjuro impidió que volviera a hacerlo. Y eso que el año pasado, en la
playa, toqué por primera vez frente a un micrófono y fue una linda experiencia.
Al poco rato se despejaron las nubes, cuánto me gusta el cielo cuajado de
estrellas que vemos en Catorce. Había mucha gente desconocida, esperando a que
estuviera lista la comida, sin ayudar en lo más mínimo. A veces llegan ese tipo
de personajes, con un nulo sentido del trabajo en comunidad. Aquí estamos
acostumbrados a hacer las cosas juntos.
Amo lo que somos, el apoyo que recibo,
el amor. En los malos momentos que tuve este 2011, siempre hubo alguien allí
preguntando si estaba bien, dándome una mano, haciéndome sentir parte de un
todo, lo cual es un privilegio inmenso en este mundo tan caótico. Y en los
buenos momentos, allí vamos, riéndonos
de la vida. Descubrí este año que, siendo fiel a mi propia naturaleza, quiero
seguir quitándome los zapatos y correr descalza en la hierba. Descubrí que a
veces el cosmos no me da lo que le pido por motivos válidos que mi raciocinio
no alcanza a entender, sin embargo hay una sabiduría molecular que permanece. Descubrí
que tengo un corazón grande y flexible al que le cabe mucho amor. Descubrí que me
gusta la diversión pero jamás podré ser superficial, y que debo respetar esa parte sagrada. Para
este 2012, quisiera agregarle algunas cosas a mi traje de navegante. Como más
dulzura, más alegría, más cascabeles colgantes y cintas de colores.
Antes de la medianoche, me
escabullí de la fiesta. Tenía ganas de estar sola, alejada del mundo. Es el
primer año que no lo paso en familia. Mis hijos, ya en la adolescencia, se
fueron con sus amigos, siguiendo los albores de una independencia merecida,
reivindicada, como resultado de lo que han vivido con esta madre acuariana y un
poco chiflada que les tocó o escogieron. Me encaminé, despacio, saboreando los
aromas nocturnos, el viento en la cara, el eco de mis pasos en los callejones,
las luces de colores, la algarabía de la fiesta. Llegué a la casa, prendí unas
velas, me serví otra copa de vino y me senté a observar los fuegos de
artificio. Busqué mi guitarra, la saqué del estuche, estaba tan desafinada la
pobre. Con los rizos sueltos y los ojos brillantes, me puse a cantar, canté hasta que empecé a
sentir un calor interno, hasta que me temblaron los labios, hasta que una
descarga de energía vital me recorrió las entrañas y sentí todas y cada una de
mis células impregnadas de divinidad.