viernes 6 de noviembre de 2009

Onironauta

Estábamos volando. Era un avión un poco desvencijado. El piloto mi amigo Carlos llevaba una chaqueta de cuero y un gorro estilo Pierre Nodoyuna. El copiloto Miguel Ángel estaba un poco nervioso. Yo no iba en la cabina sino en la parte de atrás, acostada en mi cama cómodamente, sintiendo en el cuerpo los vaivenes del vuelo. En cierto momento, fallaron los motores. Miguel comenzó a gritar que él sabía que moriría en un avionazo, que siempre tiene mala suerte en los vuelos, que nos íbamos a estrellar. Carlos vino a la parte de atrás con su sonrisa torcida y dijo, no se preocupen, al ratito va a funcionar de nuevo el mecanismo, es sólo una bujía. Había niebla pero el aparato iba en picada. A un cierto momento, se disipó la niebla y vimos frente a nosotros una montaña. Casi a punto de estrellarnos, se encendió el motor y nos salvamos por un pelo. De repente íbamos planeando sobre una ciudad. Había mucho tráfico y nosotros pasábamos muy cerca de los automóviles, los conductores nos miraban asombrados. En una esquina había una mujer gigante con un niño enrebozado pidiendo limosna. Seguimos volando y me di cuenta que se repetían las escenas, los conductores, la mujer. Todo igual, entonces comprendí que estábamos en una realidad diferente. Aterrizamos y caminamos por las calles que parecían las de una ciudad medieval. Los rostros de las personas se estiraban hasta volverse casi irreconocibles y me asusté. Uno de mis compañeros me dijo: No temas, es sólo algo desconocido y por eso nos da miedo, hay que aceptarlo como una realidad paralela. De repente estábamos en un autobús y viajábamos en medio del hielo por una autopista, al llegar a un distribuidor vial, había estalagmitas de hielo en los puentes y fuentes congeladas donde unos hombres estaban sumergidos hasta las rodillas, pero trataban de esconderse. Son clandestinos, me dijo uno de los pasajeros, y se esconden ahí porque es el único lugar donde la policía no los encuentra. De repente ya no estábamos en el autobús sino caminando. Pasábamos junto a otra fuente donde había una modelo preciosa, parecía un hada, con su equipo de maquillistas, fotógrafos, etc. Estaba furiosa y les gritaba a todos. Yo me acerqué y le dije: Tal vez si dejas tu furia y sonríes, las cosas saldrán mejor. Seguíamos y llegábamos a una escalera de mármol, como la de Piazza España en Roma. Había muchos personajes diversos, con rostros oscuros, con armas. Uno de ellos era Martín Mora, quien estaba vestido de negro. Carlos quería a toda costa hacer un trato con un rubio tatuado y bigotón que la había prometido un cambio. Le pedía su chamarra de piloto y le iba a dar algo especial, aunque no nos explicaba exactamente qué era, pero reía como un niño en dulcería. Miguel le decía, Carlos, si dejas tu chamarra en este mundo, no podremos regresar porque es de piloto y tú eres el piloto, pero él no hacía caso y nos dejaba solos en una habitación pequeña y sofocante. Al ratito volvía y nos decía, vamos, hay que salir corriendo de aquí, nuestra vida depende de ello. Nos movíamos por las calles a toda velocidad pero ellos se adelantaban, me dejaban atrás y a un cierto punto, en una subida, mis piernas empezaban a convertirse en arena y por más esfuerzos que hacía no lograba avanzar. Así que desistiendo por un momento, me sentaba junto a un numerosísimo grupo de ancianos que miraban una pantalla gigante, todos sentados en filas perfectas. En la pantalla se veían anuncios racistas hacía los orientales y también uno donde Gandhi aparecía hilando en su rueca y se burlaban de él diciendo que sólo había tenido sexo cuatro veces en su vida. Luego, se apagaba la pantalla y los ancianos comenzaban a hacer unos ejercicios, guiados por una voz que salía de un altoparlante. Todos iguales, todos al mismo tiempo. Por fin lograba que las piernas me sostuvieran y continuaba caminando. En eso, aparecía mi hija Luna en una motocicleta, iba abrazada a un hombre muy guapo que conducía y al verme, se detenían un momento y ella decía: Mami, ya me voy a volar. Soy feliz, dame tu bendición. Yo la abrazaba y ellos continuaban su camino.
Salía de la ciudad y al llegar a un claro de un bosque hermoso, que olía a lavanda, encontraba el avión y mis amigos esperándome: Volvamos a casa querida, casi va a amanecer.
Al despertar en la penumbra de mi habitación, estiré el cuerpo con pereza y evocando el sueño, me dio por reír. Les conté mis aventuras de onironauta a los niños. Y el día fluyó apacible, en el medio de este frio desierto donde los sueños y la realidad retozan juntos...a veces.

miércoles 14 de octubre de 2009

La pradera de las flores susurrantes

Nadie puede estar seguro de que su cuerpo no sea una planta que la tierra ha creado para dar un nombre a sus deseos
L. Becker
Dijimos que íbamos a partir temprano, pero entre la fiesta del pueblo y el insomnio, nos agarró la mañana un poco avanzada. Salí con prisa pues los demás esperaban y eso me pone siempre nerviosa, así que tuve que terminar de embadurnarme la crema protectora en el jeep. En la sierra el sol es tremendo y si no me cuido me salen ampollas. El conductor intentó poner algo de música pero el resto de la comitiva protestó, se estaba tan bien en el silencio, escuchando sólo el run run del motor. Fuimos por gasolina y seguimos con rumbo a San José. Pasamos frente a la estatua del santo con los brazos extendidos que mira al infinito. Llegamos a La Tolva, un lugar en medio del bosque, sí, bosque-desierto maravilloso que comienza conforme vas subiendo hacia las montañas. El contraste es estupendo, cedros y nopales, cactus y palmas mezclados en lo que para nosotros es un verde lujurioso (imagínense). El clima allí ya era diverso, un vientecillo helado recorría los árboles, que se acunaban al ritmo de esa caricia. Los restos de un antiguo funicular y la construcción de madera entre el follaje reflejaban el pasado. Hubo un tiempo que por allí pasó mucha plata, demasiadas personas trabajaron dejando allí la piel para poder extraer de la tierra el mineral. El suelo estaba lleno de piñas curiosas pues su forma no es cónica, parecen rebanadas de fractales. Junté varias, me agradó su forma y el modo como destellaban los cristales de resina con los rayos de sol que se filtraban entre las hojas. Íbamos todos muy contentos, en un estado de ánimo relajado y alegre. Volvimos al vehículo y seguimos subiendo, pasamos por un poblado llamado Jesús y luego llegamos al ranchito de doña Oralia, quien nos vendió unos quesos de chiva y unas tortillas de maíz recién hechas. Llegamos a una desviación y el piloto nos informó que por ese rumbo viven tres monjas. Mujeres ascetas que llevan allí más de quince años, haciendo una vida apartada del resto del mundo. Nosotros continuamos, llegamos a El Pastor, pasamos junto a una cabaña abandonada que parecía la casa de Heidi y luego de una cima donde se sentía que el mundo iba a terminar en el vacío, se extendió ante nuestros ojos una vista espectacular. Una hermosa pradera llena de flores violetas, amarillas y blancas. Subimos una verde colina donde pastaban una manada de caballos y estacionamos el vehículo en la cumbre. Allí, cada quien agarró una dirección diferente. Yo me fui corriendo hacia las flores. Como que la brújula y el sextante interiores me guiaron directamente allá. El frio era intenso, pero gracias a la chamarra de piel de borrego que me habían prestado, estaba protegida. Al llegar, el primer impulso fue quitarme los zapatos y caminar descalza en la hierba. Por allí andaba un chivero, así que busqué un punto escondido y más bien me quité todo. Así como vine al mundo, dejé que el sol me acariciara la piel y despertara aquellas partes más sensibles que siempre están cubiertas por la ropa. Fue sensacional. Ya no sentía frio, solo un hermoso efecto de comunión indivisible, de ser parte de un misterio, de palpitar al ritmo de la energía universal. Cerré los ojos y nos conjeturé a todos los seres polvo de estrellas. También imaginé que un Centauro yacía junto a mí y soplaba su cálido aliento en mis pestañas ¡Electrizante! Al rato, se acercaron las chivas y tuve que vestirme rápidamente, el pobre pastor ¡se hubiera llevado un buen susto! Volví a caminar y encontré un punto alto desde donde se veía todo el valle. Esas flores violetas se llaman cosmos, y tienen los pistilos amarillos. Los rayos solares ya se inclinaban y daban directamente en sus colores. El viento entre ellas las hacía danzar en una sinfonía perfecta. Entrecerrando los párpados, se veían como afluentes de energía. Allí me di cuenta de que estaban susurrando a los ojos, puede parecer una contradicción pero no lo es. ¿Nunca te han murmurado a los ojos? Es increíble. Al rato fueron llegando los demás. Se rieron mucho cuando les expliqué el concepto. Estás un poco loca, me dijeron. Pero yo les aseguré que no, que simplemente se trata de una realidad paralela. Nos dedicamos a disfrutar del concierto del cosmos. Otro regalo más. La magia está en saber reconstruir esos momentos cuando te enfrentas al cotidiano, cuando debes trabajar y estás cansado, cuando uno de tus niños está enfermo, cuando ves la injusticia del mundo o alguien que amas muere cerca de ti. Cuando ves el egoísmo o te sientes incomprendido, cuando la violencia te roza y el vacío se apodera de todo. Hay que danzar con las flores, hay que ser niños y dejar retozar al alma en el violeta. Seguir puliendo el diamante que todos tenemos dentro.
La tarde fue cayendo y emprendimos el regreso. Muchas cuevas en las montañas, aire helado, polvo dorado en el camino. Un grupo de niños a la orilla de un acantilado con sus bicicletas. Una parada en la tiendita de Pantaleón por una cerveza, la visión de un campesino con sus zapatos gastados, la espalda curva y el sombrero de ala ancha. Y esa carretera recta que seguía hacia el horizonte, donde el disco del sol purpúreo, continuaba evocando en nuestros ojos el maravilloso susurro violeta de los cosmos en la pradera.

miércoles 23 de septiembre de 2009

De lo visible a lo invisible

El mundo visible es tan sólo una huella de lo invisible y lo sigue como una sombra.

Al-Gazali.

“Tienes que leer la poesía de Paul Celan”, me dijo el filósofo, una apacible tarde en la que estábamos reunidos varios amigos en una cantinita de un pueblo en el desierto. Venga, le dije, préstame algo y puedes ponerme en tu lista negra. Yo tengo una, la llamo así, allí anoto los libros que presto a los amigos. Si, lo reconozco, es un apego, pero donde vivo no hay librerías, la ciudad más cercana está a trescientos kilómetros y para mí son un tesoro. Disfruto tanto al compartirlos como al leerlos, pero anoto concienzudamente esos nombres, porque si devuelves los que te prestan, te llegan más y más. Así que fuimos a la casa del filósofo cuando ya el sol tenía tiempo de haberse ocultado y el letrero de No tire basura componía una pálida silueta en el firmamento. El grupo de esa noche era bastante particular, como suele suceder en aquél sitio. Estabas tú Daniela, tan flaquita después del viaje a Guatemala y la fiebre tifoidea, con esos ojos llenos de luz y esa sonrisa morena. Estaban el vasco Axier que acababa de regresar luego de una vuelta al mundo. Y estaba Pancho quien se puso enseguida a jugar la consabida partida de ajedrez con el filósofo. Prendimos un fuego mientras las estrellas allá arriba cantaban en armónicos susurros sus misterios. Había olor a humedad, cosa por demás rara en el desierto. También, sentados alrededor la hoguera, estaban una pareja de argentinos, nuevos visitantes y por supuesto el andorrano, ese hombre reptiliano con su larga trenza y sus historias de psiconauta. Qué más le puedo pedir a la vida, pensé, mientras me llegaba a la mente la imagen de mis cachorros acostados en sus camitas, soñando con sus aventuras nuevas y llenas de esperanza, con su tercer ojo receptivo y sus mejillas sonrosadas. El humo del fuego me seguía a todas partes, aún en ese sillón de carro desvencijado que mi amigo había colocado para la comodidad de este cuerpo cansado. Cansado sí, después de todo el día expuesto al sol y al viento. Me sentí mareada. Así que me puse de pie y salí a dar una vuelta. Llegué al borde del pueblo, allí donde terminan las casas y empieza el mágico desierto. Era una noche sin luna. Pensaba en la poesía y en la metáfora, pensaba en la inutilidad que tiene a veces el intelecto, cuando se trata de sentir en la piel o en las vísceras o en el aura o en el corazón. Me detuve en un claro y cerré los ojos, dejé que las líneas de energía del planeta me envolvieran, como en una caricia primitiva, maternal. Extendí las manos y noté como de los dedos salían tiras plateadas en todas direcciones. Escuché mi corazón danzar al ritmo de la tierra. Experimenté pura y simple gratitud. Por estar viva y presente en el momento, por estar rodeada de milagros y privilegios, por sentir que hasta de la más negra oscuridad puede nacer un diamante.

Quiero entrar en tu corazón por esos hilos. Ir de ti de la flor a la entraña. Vestirnos del jardín de la magia y sentir que crece a nuestro alrededor un círculo luminoso capaz de detener tormentas o desencadenarlas en nosotros muy adentro. Quiero ir en ti de lo visible a lo invisible, de lo que adoro a lo que todavía no conozco, de un asombro a otro. Quiero ser el jardinero ritual de estos tatuajes de hilo que en ti florecen. Cultivarlos y perderme en ellos, cosechar sus olores y sus poderes (Alberto Ruy Sánchez en Los jardines secretos de Mogador).

Volví a la casa, al mundo visible. Las ventanas estaban empañadas y adentro brillaba el calor de la tertulia. Del fuego sólo quedaban cenizas. Duerme aquí si quieres, me dijeron. Agradecí con una sonrisa, hubiera sido agradable abandonarme en aquél remanso y dejar que me envolvieran los cálidos brazos del cariño nacido en la experiencia compartida. Pero el viaje aún no termina, el mundo allá afuera espera y soy navegante. Y en momentos como este, veo allá a lo lejos, en medio a las tinieblas, un pequeño punto brillar. Es un diamante o una estrella o un átomo o un sueño o un ignoto jardín y quiero llegar a donde está.

viernes 14 de agosto de 2009

El viaje de los colores

Y el final de todas nuestras exploraciones será llegar al lugar donde comenzamos y conocerlo por primera vez.
T.S. Elliot

He regresado luego de un largo trayecto. Quise llenar mis ojos de color. Entonces tomé la camioneta, la guitarra, la cámara y un par de libros, la bolsa de dormir y el colchoncito. Sin brújula, simplemente conseguí un mapa y al principio pensé jugar a la ouija, pero con los ojos cerrados. Desistí ¿qué tal si mi dedo apuntaba a Real de Catorce? Así que opté por otro sistema. Cada mañana escogía dos destinos y echaba una moneda al aire. Así me fui recorriendo este hermoso país y de alguna manera reconciliándome con él. En esos mundos quise ser una página en blanco donde escribir una historia nueva, donde trazar en las geografías de lo desconocido, otros caminos, abrir senderos con una pluma dorada y un cristal, ver el cosmos con otros ojos. Y se llenaron del verde de las montañas de las sierras madres, que es un verde lleno de sutilezas. Verde agua, verde selva, verde pino, verde hierba. También llené mis pupilas de anaranjados amaneceres y niños tirados fuera de los bares, de tráfico y locales neón, de luces parpadeantes anunciando diversiones, de frialdad, del reflejo de las farolas en una rata de alcantarilla que olisqueaba cuerpos tirados en un puerto. El mar embravecido lanzaba destellos de blancura allí donde se encrespaban las olas con el juguetear del viento. Y la transparencia, esa también se hizo presente en la cima de las montañas, en ese acantilado desde el cual se distinguía el horizonte infinito. Sol y lluvia. Compañía y soledad. Uno de esos días, caminando en una extensa pradera del centro del país, llené mis ojos de gris, diversas tonalidades en la lluvia que anunciaba una tormenta de verano, un aguacero de esos que apenas alcanza a advertirse cuando ya está aquí, sacudiéndonos las ideas. Y allí, en medio de un sendero sombreado de eucaliptos, un charco de lodo me atrajo. Metí los pies en esa cálida caricia, se tiñeron entonces de negro, al tiempo que una danza suave mandaba a mis sentidos el erotismo de esa envoltura natural. La tormenta pasó y ese caldo primigenio fue disolviéndose en la tibieza de la nostalgia. Arcoíris surgiendo entre las estribaciones de una majestuosa cadena de montañas amarillas. También el ocre del ocaso me pintó las pupilas y el púrpura de las flores y el dorado resplandor de los muros internos de una vieja capilla; el rojo oscuro de la sangre que manaba por las heridas. Pero de todos esos colores, el que más llenó mi alma y mi espíritu de riqueza fue el azul. No azul cielo, no azul océano, ni aguamarina sino el turquesa de la gruta primigenia, y la llamo así porque fue allí donde volví a nacer, donde las plumas de mis alitas comenzaron con un casi imperceptible movimiento a despertar a la vida. En ese lugar todo era calidez, vapor, humedad. Para entrar en esa oscura y profunda caverna, debes atravesar un túnel turquesa, que es como el canal del parto pero al revés, o tal vez es el canal de la muerte, del regreso a la gruta que es lo mismo, al útero primordial, al centro de las cosas, donde todo es nada y nada es la vastedad del universo. Y allí, pequeños haces de luz iluminaban y daban vida al maravilloso aposento donde estrellas incrustadas en los muros se confundían con los extraños reflejos de esas luces provenientes de pequeñas perforaciones en el techo. Volví a sentir mi alma niña. Dejé que mi cuerpo retozara entre las esferas que flotaban en el vapor, mientras un dulce aroma envolvía mis sentidos. En ese lugar los ojos se me llenaron de maravilla.
He despertado de un largo sueño, sólo para descubrir que hace frio aquí afuera, que uno quisiera permanecer siempre en la gruta azul y abandonarse a la calidez y dejarse envolver por la ternura. Basta un cerillo para desaparecer las más profundas tinieblas, una pequeña llama que arde dentro de la carne, los huesos, las arterias y la materia. La duda mata la magia, y la duda no es otra cosa que el miedo y el miedo es sufrimiento y el sufrimiento es resistencia, porque el espejo verdadero nos enseña lo que no queremos mirar. Hay que tener entereza y evitar la fragmentación, sino, las heridas nunca cierran y la oscuridad nos impide ver los maravillosos colores que son parte del privilegio que nos acompaña desde que salimos de la gruta. Todos tenemos algo que curar en el interior. Si logramos encender el cerrillo, entonces tal vez todas esas llamas juntas consigan iluminar lo trascendente para hacerlo valer, para hacerlo crecer. Todas y cada una de las personas que encontré en el viaje han sido fuerza vital. Y me ayudaron a ver colores desconocidos y me dieron cobijo y amor. También severas lecciones y duras pruebas. Reflejos de la búsqueda interior de cada uno. Sé que algún día me tocará volver a la gruta. Por el momento, he regresado al lugar de donde partí. El fin es el principio.

lunes 29 de junio de 2009

La cinta de Moebius

Ese viejo camino de asfalto, lleno de baches, parecía llevar a ninguna parte. Avanzaba en la fresca brisa de la mañana del desierto pensando que estaba dentro de una cinta de Moebius. Seguía y seguía en movimiento pero volvía siempre al mismo lugar. O al menos esa era la realidad aparente. El calor aún no se dejaba sentir, aunque el sol ya estaba creciendo en el horizonte. Me pregunté cuántas veces en la vida nos metemos en uno de esos recorridos sin fin, en una de esas trampas de la mente. Y seguimos atorados en los pensamientos una y otra vez. En el pasado o en el futuro, sin ver que la realidad se nos difumina detrás de un vehículo que corre a tal velocidad que nos impide ver lo que hay más allá. Nuestra visión es como un tren que avanza vertiginosamente. Cuando nos acercamos un poquito más a la conciencia, la esencia, la luz interior, entonces ese tren se transforma en una vieja locomotora de vapor. La velocidad se reduce y si prestamos atención, entre cada vagón logramos ver fugazmente lo que hay del otro lado. Entonces, si seguimos la vía de la meditación, logramos detenerlo por fracciones de segundo y vislumbrar el fondo del cuadro. Eso que vemos, en ese instante, es la realidad. La cinta de Moebius se me antoja como un recorrido en el cual no puedo verla porque avanzo siempre hacia el mismo punto, hasta que algo indefinido logra romper el hechizo. Esa mañana, cual si fuera un sueño, desperté repentinamente cuando apareció ante mis ojos una capilla verde fosforescente, un conjunto de llantas viejas amontonadas en una cancha de basquetbol sin tableros. Una nopalera y un fresno gigante, escondido en una depresión del terreno ondulante. Cerro de Flores, se llamaba aquel paraje. Los niños del jardín estaban en la hora del almuerzo y una señora de sonrisa dulce le daba sopita de pasta a su hijo. Dos burros bebían agua de una vieja bañera de porcelana. Una carreta estaba estacionada junto a la reja de colores de ese kínder llamado Pro Patria. Y un poco más allá, se veía un tendedero en donde la ropa oscilaba al ritmo del viento, produciendo extraños sonidos y sombras caprichosas en la tierra resquebrajada. Los niños miraban la copa de un pino que estaba en el patio. Lanzaban gritos de júbilo al ver un pajarito de color rojo intenso jugando entre las ramas. ¿Esto es la realidad? Sí y no. No es la realidad cotidiana, si se trata de eso, pero tampoco me es ajena. Una sonrisa, un animal, una planta, el viento en la mejilla. Eso forma parte de mi mundo seguramente. Pero también vivo en el universo de la mente, del espíritu y de los sentidos; del entorno que construyo en el día a día.
Seguí avanzando y llegué a un pequeño estanque. El viento encrespaba la superficie del agua y la sombra de un gigantesco fresno se difuminaba con ese movimiento. La orilla estaba llena de renacuajos. Concentré mi atención en ese microcosmos y me di cuenta de que ellos también seguían sus propias cintas de Moebius. Sin embargo, en los animales el concepto del tiempo no existe, ellos viven el aquí y ahora, no son esclavos de los pensamientos. Si todos somos uno, si la fuerza vital que nos conecta y entrelaza es la misma para todos, hay mucho que aprender de su ejemplo y su comportamiento. Entré al agua con lo que llevaba puesto. Refrescarse en una mañana de verano como esta, es sin duda un privilegio.
Al salir, seguí camino. La cinta de Moebius ondulaba hacia el horizonte. Me detuve a la sombra de un pirul, saqué el termo y cebé unos mates. Alrededor, la vida palpitaba, al ritmo de mi propio corazón.

viernes 29 de mayo de 2009

La Casa del Agua


La carretera estaba iluminada con el extraño reflejo de las densas nubes que en el horizonte anunciaban un aguacero descomunal. Avanzaba con mi vehículo a gran velocidad. De repente, una cortina de agua cubrió la camioneta. Me coloqué atrás de un autobús que se desplazaba lentamente. En ciertos tramos a duras penas lograba mantener contacto visual con él, tanta era la lluvia. Después supe que una tormenta tropical azotaba el golfo de México. En el momento, los músculos de mi mandíbula estaban contraídos como cuando vas al dentista. Lo importante era salir ilesa de esa carretera. Y así fue, de repente todo cesó y atrás quedó la mancha de cúmulos de tonos violetas y negros, con rayos que saltaban en toda dirección, como un caldo primigenio. Ese fue el motivo del retraso. Cuando llegué al desierto la tarde estaba cayendo y aunque traté de darme prisa, no se le puede ganar al tiempo. Quería internarme en el encanto, recoger leña y hacer un campamento en un sitio especial que conozco, desde donde se ve el Quemado majestuoso y la sierra de Catorce completa. Donde un mezquite se encuentra solitario en medio de una pequeña pradera llena de flores violetas, donde el viento se desliza suave entre los arbustos, y un coyote tiene su madriguera y donde sabía que las notas de la guitarra iban a acompañarme durante la noche. Pero resulta que en medio de la nada, en un inesperado momento, la camioneta dejó de funcionar. Se detuvo en seco, ni siquiera pude orillarme. No quiso arrancar. Allá a lo lejos, por el rumbo de Poblazón, se veía venir otro aguacero torrencial. En ese momento salió a flote mi endemoniado carácter (porque a veces sí soy diabla) y me enojé con todo y contra todo, me faltó darle puntapiés a las piedras, sólo porque preferí las llantas nada más por blanditas. Entonces, miré alrededor, la noche ya encima, los relámpagos anunciando la inminente tormenta. Aproximadamente a unos quinientos metros a la derecha, vi unas pequeñas construcciones y hacia allá dirigí mis pasos. Se trataba de un sitio muy especial. Cuatro casas, dirigidas a los cuatro puntos cardinales. Cada una de ellas hospedaba un elemento. Agua, fuego, tierra y aire. Y a un costado, un enorme círculo de piedra. Llamé saludando, el sitio parecía desierto. Cuando de una puerta mosquitera asomó la cara de una mujer. Así fue como conocí a Inmaculada. Me dio asilo, me recibió muy amablemente y me dijo que podía pasar la noche allí, así que regresé a la camioneta por las cosas. Ya estaba un poquito más calmada pero no mucho. Cargué con todo, bolsa de dormir, vino y comida. Faltaba poco para llegar a las casas, caminaba a grandes zancadas, enojada con el destino cuando de repente y sin saber como, mi pie se apoyó mal contra una gobernadora y di una voltereta en el aire, quedando completamente extendida de espaldas en la tierra, con la sensación de no saber cómo llegué allí. Creo que fue el viento a darme un vuelco. Y de repente todo el humor negro se fue y me empecé a reír. No sólo del estrépito que hice al caer con todo y guitarra y de la cómica postura en que quedé, sino de que en realidad una mano invisible me tomó de las piernas y logró con ese giro que cambiara completamente mi estado de ánimo. Claro, cuando suceden estas cosas es mejor dejarse ir, cuándo lo entenderé. Dolía allí donde la gobernadora me raspó, pero seguí contenta hacia las construcciones y cuando estaba poniendo un pie en la entrada comenzó a llover. ¿En cual casa deseas dormir, me dijo mi anfitriona? En la del agua, contesté sin titubear. El agua es mi elemento y cuando estoy en ella experimento una complicidad sin paragón. Y pensar que hace millones de años esto era un mar, todo lo que me rodea ahora era azul. Azul intenso, azul, azul.
Acomodé el nido y volví a la cocina con esa agradable mujer. Cenamos, bebimos ese vino delicioso, conversamos de tantas cosas, fue un rato apaciguador. Luego me despedí y me retiré a mis aposentos. No podía creerlo, me sentía como una reina. Las velas parecerían irradiar más calor, el olor a tierra mojada se introducía por los resquicios de la ventana. La lluvia golpeteaba en el techo de tierra. Sentí que no estaba sola. Los muros de adobe resplandecían, como si cientos de diminutas estrellas hubieran quedado incrustadas allí. Poco a poco fui adentrándome en la tierra de los sueños. Estaba acurrucada al calor de las sábanas, cuando apareció él. Un ser delicado y encantador, casi frágil. Un dragón y mariposa pero con alas de ángel. Se acercó, me puso la mano en la frente y me dijo “Azul siempre has sido, fénix que renace cada vez, tus alas crecerán de nuevo y la luz que llevas dentro brillará más fuerte que nunca, porque jamás te cansaste de luchar” Quise tomarlo en mis brazos, acariciar sus alas, pero no se puede poseer un ángel. Le pregunté ¿Por qué se ve en tus ojos la tristeza? Pero no me quiso responder. Te regalo esta pluma dorada, le dije. Cuando te sientas solo, acaricia tu piel con ella, y verás que te cubrirá de partículas mágicas, que te darán fuerza y calor. (I gave my love a golden feather, I gave my love a cristal heart. And when you find a golden feather, it’s mean you’ll never lose your way back home) Una chispa brilló en su mirada, mientras susurraba: Es un hermoso regalo, jamás podré olvidarlo. En un parpadeo ya había desaparecido. Dormí como una niña. Al despertar, momentos antes del alba, salí de la Casa del Agua. A mí alrededor todo era fuego, un rojo intenso iluminaba las montañas. La lluvia había dejado el desierto completamente empapado. Plastas de lodo se incrustaban en mis botas. Fui a la cocina para calentar el agua del mate y luego del desayuno, dirigí mis pasos a la casa del fuego, donde estaba Inmaculada. Le agradecí todas sus atenciones y volví hacia la camioneta. De allí caminando al pueblo más cercano, a conseguir quien me ayudara con la mecánica. En la estación encontré a Esteban, un hombre que tiene un auto viejo, con las vestiduras del techo inexistentes y una amplia sonrisa. Me dijo, soy un fanático de las Chivas, así que si le vas al América dímelo ahora mismo para no ayudarte. Le dije que no se preocupara, que no me gusta el fútbol pero que seguramente no soy fan del América. Mover la camioneta fue más complicado de lo que parecía, la batería estaba muerta, así que tuvimos que empujar. Lo hicimos varias veces pero como la vía estaba llena de lodo fue imposible hacerla funcionar. Nuestra ropa ya era de color café cuando de repente se escuchó un corrido de Los Tigres del Norte y el rugido de un potente motor. Comencé a correr agitando los brazos y así fue como conocí a Don Félix. Su vehículo color vino era muy grande. El se bajó sonriente, recién bañado, vestido con un sombrero nuevo y una hebilla enorme sobresaliendo de su cinturón pitiado. Es que voy a los gallos, me dijo. Por suerte tenía cables, me pasó corriente y me acompañó hasta el pueblo. Allí busqué la tiendita de Don Gumaro, el único que vende baterías, pero ya se le habían acabado. Tuve que seguir a la otra estación donde compré una nueva, pero resulta que no era eso, que era el acumulador. Seguí de regreso a Real, ya cansada de la historia de la mecánica, que por cierto no se me da. La noche estaba cayendo y no había luna. La oscuridad comenzó a rodearme y las luces de la camioneta no iluminaban nada. Saqué por la ventana mi lámpara de pila y con ella fui alumbrando el camino. La batería de la música portátil funcionaba aún, por lo que los acordes de Jean LeLoup me fueron acompañando. Cuando estacioné, estaba empezando a llover de nuevo. Alcé el rostro dejando que las gotas de agua me limpiaran las fatigas del viaje.

sábado 25 de abril de 2009

Temazcal

Nos tocó un jeep con asiento en el techo. Parecía una sala de reinas allá arriba. Bajamos por la Cuesta de los Arrepentidos, riendo y dejando que el viento nos despeinara las ideas. Éramos la avanzada de un grupo de mujeres. El plan, reunirnos en un punto del desierto para hacer un temazcal. Las demás todavía no terminaban de trabajar, así que nosotras, las tres del sillón, nos habíamos adelantado. Llegamos a Estación Catorce y de allí Leonardo nos llevó a Wadley. Don Juan no estaba, ya se había ido a preparar todo. Así que, luego de una visita a la tiendita por cervezas, nos dirigimos al lugar. Cómo no había llovido aún, el camino estaba tan lleno de polvo que cuando llegamos teníamos el cabello gris. Nos instalamos en una de las cabañas, recorrimos el lugar, conocimos a los encargados y luego nos fuimos a la alberca. Es un paisaje particular, una piscina semivacía en el medio del desierto. Eso sí, pintada de turquesa y con palapas en torno. Pasamos el resto de la tarde tomando baños de sol y carcajeándonos de todo. En eso, vimos una nube de polvo aproximándose por el camino, eran las demás. El fuego había estado prendido desde hacía horas, así que nos avisó doña Teodora que el temazcal estaba listo. Se trata de un temazcal no ritual, es decir que no sigue una tradición específica sino que es únicamente como una sauna. Entramos al recinto de adobe, comenzaron a traer las piedras calientes. Mientras tanto, la señora sentada en una silla nos pasó unas pencas de sábila para untarnos en el cuerpo. Éramos nueve mujeres. En la oscuridad nos quitamos la ropa y nos cubrimos de esa maravillosa planta. Teodora rociaba las piedras con agua. Poco a poco el vapor fue inundando el espacio. Tomamos un rico te de hierbas, entonamos mantras y cantos de diferentes partes del mundo, hablamos, hicimos nuestros rezos, pedimos por los niños del planeta y por la gente enferma, por los ancianos, las plantas y los animales. Por mi parte, sentía en la piel la vibración de la música y en los huesos una tibieza que venía necesitando desde hacía tiempo.
Fue relajante y apaciguador. Estar adentro de ese recinto es como regresar al vientre materno, como volver a la esencia de uno y sentirse dentro de la célula primigenia, del ADN universal. Al salir, el sol se estaba ocultando y soplaba ese viento frío que siempre asombra en el altiplano luego de una jornada de intenso calor. La piel estaba caliente y al contacto con el aire los poros se contrajeron. Qué sensación tan poco agradable, esa de salir del huevo para enfrentar la cruel realidad. Entonces corrimos a donde se encuentra una pequeña tina y don Juan prendió el mecanismo. De un tubo muy ancho, comenzó a salir agua caliente, maravillosa, fuerte, renovadora. Cómo niñas nos pusimos a juguetear entre las burbujas. Mientras, a nuestro alrededor el desierto se teñía de dorado y el disco del sol en el horizonte nos llenaba los ojos de un rojizo y misterioso resplandor.
Cuando salimos, ya la oscuridad se cernía entre los cactus. Fuimos a cambiar nuestras ropas. Compartimos aceites, esencias, risas y masajes. La armonía del ambiente no dejaba lugar a dudas: estábamos todas conectadas en una frecuencia femenina, humana, creativa y solidaria.
Las señoras nos habían preparado un caldito de verduras, que tomamos acompañado de tortillas de maíz que ellas mismas estaban elaborando en el comal. Luego, volvimos a la cabaña. Nos arropamos y prendimos un fuego bajo las estrellas, tomamos vino compartiendo los dos únicos vasos que habíamos traído. El cielo estaba nublado allá al fondo. Por el rumbo del cerro de El Barco, destellaban los rayos de una formidable tormenta de primavera. Pero sobre nuestras cabezas, las constelaciones nos susurraban antiguos cánticos, mientras la piel seguía vibrando y agradeciendo ese lujo, ese apapacho. Dormimos como niñas pequeñas, envueltas en la tibia cobija de los muros de adobe y el techo de garrocha. Mientras me deslizaba en la bruma del sueño, tuve la sensación de que todas las mujeres antiguas, nuestras ancestrales abuelas desde el principio de todos los tiempos, nos rodeaban para envolvernos en un cálido y amoroso abrazo.