lunes, 15 de noviembre de 2010

Luna de mis ojos

...Y en el bautismo le enseñaron lo sagrado.
Recibió una caracola:
-Para que aprendas a amar el agua.
Abrieron la jaula de un pájaro preso:
-Para que aprendas a amar el aire.
Le dieron una flor de malvón:
-Para que aprendas a amar la tierra.
Y también le dieron una botellita cerrada:
-No la abras nunca, nunca.
Para que aprendas a amar el misterio.
La llegada, Eduardo Galeano.

Llegaste al mundo concebida con amor, con cierto fervor mágico. Con los años he tratado de enseñarte, de la mano, caminando juntas, la filosofía que la vida nos está ayudando a moldear. Ahora, todo es diferente. Esa manita que me aferraba con fuerza cuando debía soltarse para dar sus primeros pasos, y esa valentía en hacerlo, esa determinación en tu carita redonda, esa admiración por la mami que sabía todo, todas las respuestas. Cada vez me descubro más a decirte no sé, vamos a investigarlo, vamos a hacerlo juntas. Pero luego lo cotidiano no da tregua y en medio del remolino de mis propios sentimientos, de la vida que como individuo estoy tratando de forjar, terminamos dejándolo para otro día. Y después la barrera, la dolorosa lección de querer ser diferente a todo lo que represento, a los ideales, a la belleza de la vida, de las cosas que de verdad valen la pena, según yo. Antes lográbamos correr como dos ciervas por los bosques de la fantasía, y caíamos al suelo agotadas de reír. Ahora no. Como todo cambia, ese hermoso tesoro también está mutando. La adolescencia de lo femenino ha entrado en nuestras vidas como un huracán. Es difícil no preguntarse ¿qué estamos haciendo mal? No encuentro respuestas, por eso, cuando duermes, me acerco a tu cama y siento tu acompasada respiración, trato de infundir mi amor a través de un arrullo furtivo y de abarcar todo tu ser luminoso con mis brazos de madre que quisieran evitarte todos los sufrimientos. Así como también quisiera que volaras muy alto, que no pierdas nunca esa curiosidad o ese brillo mágico de tus ojos de hada. He tratado de dar lo mejor, he debido ser dura a veces para darle a tu espíritu la seguridad que sólo los límites nos otorgan. Y al mismo tiempo, tratando de salir adelante durante los años difíciles en los cuales dejas de ser un individuo para convertirte en madre tiempo completo, sin descansos, vacaciones o días festivos. ¿Por qué ahora me ves como una enemiga? Yo no deseo atarte, al contrario. Con todo mi amor espero que un día tus alitas sean magníficos instrumentos de navegación, que sin importar a dónde te lleven, logren el privilegio de vivir una vida plena, hermosa, evolucionada. No pido que hagas lo que yo no he podido, no deposito sobre tus hombros más carga que la que el mismo destino nos confiere al nacer. Es como caminar entre cristales delicados.

Nos fuimos juntas de campamento. Subimos al techo de la camioneta a observar el atardecer. Te llevé a un lugar muy especial para mí, allí donde el coyote tiene su madriguera, entre las retorcidas ramas de un mezquite. Juntamos leña, preparamos un pequeño altar con nuestros artilugios de magas, encendimos fuego y hablamos. Y también callamos, dejando que el silencio nos cobijara al amparo de las estrellas. Observamos el firmamento en todo su esplendor en esa noche constelada. Tu volviste a poner tu mano en la mía, como cuando eras ese pequeño ser que bebía mi leche envuelta en el cálido manto materno. Tenías un poquito de miedo de los ruidos nocturnos, pero te mostraste valiente. Nos dormimos juntas, abrazadas. No hay sabiduría que enseñe como ser la madre que los hijos necesitan. No se puede controlar todo, mucho menos eso. Uno siempre cree que hace lo mejor y al final siempre va a resultar que en algo nos equivocamos.
A la mañana siguiente, ¿te acuerdas? Caminamos y descubrimos el nido de un pájaro. Estaba solo con un huevito pequeño, todavía se adivinaba tibio. Nos alejamos y observamos a distancia. Al poco rato apareció la mamá, temerosa seguramente por su criatura. Se metió en el nido y se puso a cantar. Ves hija, la vida es una metáfora constante, a la que no dejo de agradecer infinitamente tu milagro.



domingo, 3 de octubre de 2010

Macondo

Son las cinco de la mañana. El frío es intenso y se acrecienta cuando el viento recorre las calles de Catorce en esta madrugada. El lugar está lleno de gente. La efervescencia de tantas personas aglomeradas se deja sentir, pues nadie susurra. Las voces son fuertes, intensas. Hay alegría en los rostros de quienes realizan año tras año un prolongado viaje desde su lugar de origen para llegar a este momento. San Francisco de Asís, el Charrito Milagroso, Panchito, Seráfico Padre. Todos esos son sus nombres y los peregrinos que lo visitan se cuentan por centenares. Hay puestos de comida, muchas doñas se animan a poner frente a su puerta grandes ollas con café, atole y ponche. Los cantos inundan este amanecer. Poco a poco va clareando y el frío se recrudece. Muchos vienen preparados con cobijas, hay quien se trae hasta la almohada y se acomoda en una banca del parque. No ha sido fácil llegar hasta aquí. El túnel está cerrado a los automóviles y el recorrido se realiza a través de carretones tirados por mulas o caballos. Real cambia completamente en comparación con otras épocas del año. Las calles se llenan de puestos, los turistas casi desaparecen para dar paso a los peregrinos. La feria atrae bullicio y también personajes poco recordados de un México trashumante. Cómo olvidar al mago poderoso, se parecía a Kalimán. Con su ayudante habían montado en espectáculo muy bueno, yo diría excelente. Sentado al centro de una rueda que formaba el público, el mago, con una larga túnica verde y un turbante blanco, estaba inmóvil, con los ojos cerrados. El ayudante hablaba con voz potente, contando acerca de los poderes sobrenaturales del señor. Se acercaba a una muchacha y en voz baja le preguntaba su nombre. Por ejemplo Rosa. El seguía hablando y tenían ambos un código porque entre las palabras que decía le pasaba el dato y luego preguntaba Oh maestro, tu que eres el más potente y grande adivino de esta tierra ¿puedes decirme como se llama esta mujer? y señalaba a la muchacha. El mago llevaba sus manos a las sienes y temblaba, en una parodia de gran concentración y al momento su voz cavernosa decía ¡ROSA! De la multitud brotaba un rumor sorprendido. Mientras el ayudante proponía consultas personales y la gente hacía fila para saber su futuro. Sorprendente. Recorriendo las calles, es posible encontrar a los apostadores de ¿dónde quedó la bolita? Y los juegos de lotería, en los que la tía compite con los sobrinos para ganar los premios brillantes de la estantería. O el vendedor de muñecas de cartón, las cabareteras con brazos y piernas articuladas. O el señor de las ollas y cacharros. Una de mis favoritas es la viejita ciega. Camina con dificultad por las calles con su bastón, enredada en un rebozo, con lentes oscuros cubriéndole los ojos, pidiendo limosna. De a ratos se sienta a descansar en algún rincón. Ay doñita, sí le doy una caridad pero no me cuente que es ciega, que ya la estoy observando. Chin, ya me cachaste, nomás no le digas a nadie. También están los merolicos que sacan serpientes de sus maletas, atrayendo en el acto un gran círculo de curiosos a su alrededor. Llegan familias que improvisan un puesto, hasta traen las sillas de su comedor y matan un puerco para vender carnitas. Cuando terminan, la doña vuelve a casa con una olla y una cobija nueva, la niña con una muñeca y el don con una buena resaca. Y qué decir de La carpa esperada por muchos hombres en edad de merecer, y muchachos que tal vez por primera vez en su vida se adentrarán en los pedregosos caminos del amor comprado, guiados por las hetairas importadas de la ciudad, con sus escotes pronunciados, sus rostros macilentos y sus barrigas descomunales que evidencian el gusto por las fritangas a altas horas de la noche. Dicen que hace tiempo, llegaba la famosa Fanny, quien enloquecía a los caballeros. Anunciaban el espectáculo desde temprano y aseguraban que casi estaba por empezar, ya casi empieza, ya llega Fanny, no se vayan pues Fanny se enoja, y cuando Fanny se enoja Fanny se encuera y en esas pasaban varias horas mientras todos se emborrachaban y ya cuando aparecía, muy entrada la madrugada, los comensales estaban perdidos en los reinos etílicos y oníricos, además de orínicos de la borrachera. ¡Vieran que quienes me lo cuentan lo hacen con tanta nostalgia!
Cada año la feria cambia un poco. Ahora muchos venden discos y videos piratas, y ponen el volumen al máximo, para hacerse competencia. Hay muchísima mercancía de origen chino, casi la mayoría de los puestos vende plástico. La comida tradicional está siendo sustituida por pizza, hamburguesa y hot dog. Sigue siendo una feria que vale la pena conocer. Sólo hay que aguantar algunas incomodidades, como que los baños no son suficientes y a lo mejor te encuentras en la puerta de tu casa un regalito nauseabundo. O que el olor del túnel es insoportable durante un mes. O que unos borrachos aúllan arriba de los cerros en la madrugada. Pero es una fiesta salpicada de color, llena de un realismo mágico efervescente y vital. Tanto, que a veces me parece que estamos en Macondo.



miércoles, 29 de septiembre de 2010

El despertar de Eros

Hay besos que pronuncian por sí solos
la sentencia de amor condenatoria,
hay besos que se dan con la mirada
hay besos que se dan con la memoria.
Gabriela Mistral

Cuando llegué al palenque, un aroma de sensualidad se elevaba entre el resplandor del humo y las luces del espectáculo que se estaba presentando. Un grupo de mujeres con maravillosos vestidos, bailaban una fusión de danza española y mexicana. Una de ellas, la maestra y líder del conjunto era la mayor. Se movía con una sensualidad atrevida, experimentada. Otras eran muy jóvenes y lo hacían con candor y a la vez con mirada provocadora. Los vestidos, entallados hasta las caderas, los vuelos de las faldas, las medias negras transparentes, los zapatos de tacón. Puedo decir que todos los asistentes se encontraban subyugados por esa fiesta de sensualidad. Dicen mis amigos que a los hombres el deseo les entra por la vista y esa noche sus pupilas brillaban. Por eso la energía en el palenque era ya un augurio. Terminó la danza y nos juntamos un grupito a decidir qué hacer, nadie quería dormir. Decidimos inventar un recorrido por los “antros” de Real de Catorce. Primero, la decisión fue ir a la cantina del pueblo. Es una habitación larga y de techos altos, llena hasta el tope de fotografías de mujeres desnudas y banderas de equipos de fútbol. Incluso hay unas litografías que representan penes caminando. Nos sentamos con una cerveza. Allí estaban los muchachos de la cañada, el masajista, los artesanos, unos visitantes con rastas, y hasta el doctor del pueblo. Los más hambrientos pidieron unos taquitos en el puesto de afuera. De allí seguimos otros bares (sólo hay dos). Pero queríamos un poco más de movimiento. Supimos que ese sábado había una boda y como se acostumbra que aquí entren todos aunque no hayan sido invitados ni conozcan a los novios, nos fuimos hacia el salón Sueño del Recuerdo. Encontramos a los policías apoyados en el barandal frente a la puerta con ganas de estar allá adentro. Una marea de gente bailaba. Un olor de amasijo humano me golpeó el rostro cuando nos fuimos acercando a la pista de baile. Observaba a las parejas alrededor, primero para saber cómo bailar y luego por pura curiosidad. Algunos estaban muy borrachos y zapateaban solos. Las mujeres con pantalones apretados, botas o tacones, los hombres con hebilla grande, sombrero. Tenían el cuerpo empapado de sudor. La marea de gente bailaba en círculo; las mujeres lo hacían hacia atrás mientras sus parejas avanzaban, acorralando, seduciendo. No podía creer la onda de erotismo que se percibía en la multitud. Sentí en la espalda una mirada intensa, me di vuelta lentamente y allí estaba ese hombre. Ojos verdes, penetrantes y en esa mirada un deseo que lo abarcaba todo. Ay caray…se me subió la adrenalina varios decibeles… sobre todo porque hace tiempo que entre él y yo existe una corriente química que se hizo latente desde aquella primera vez que nos encontramos en una reunión en el desierto y lo escuché hablar. Coincidirán mis amigas que a nosotras las mujeres el deseo nos entra por el oído. Admiro el modo en que fluyen de su boca las palabras cuando se dirige a la gente, cuando habla del amor a la tierra, cuando expresa con intensidad el sentido metafórico de la vida. Y esa noche, al calor de los mezcales, el baile y la buena conversación, digamos que la mesa estaba puesta para un banquete de exquisiteces. Sentados, hablábamos y nuestras cabezas se acercaban cada vez más. Su mano acariciaba mi pierna lentamente, mientras mis ojos se posaban en el deseo de sus pupilas. De repente, los amigos anunciaron que una compañera estaba encerrada en el baño. Fuimos a ver qué pasaba. Estaba tan alcoholizada que se quedó dormida en el retrete con las bragas y pantalones a media pierna. Entre varios la ayudamos y logramos sentarla en el suelo, estaba en estado comatoso. Mientras las miradas de todos estaban pendientes de la chica, una mano se deslizó por debajo de mi falda y fue subiendo lentamente por la curva de mis caderas. Paroxismo total entre dos frente a un grupo distraído por la muchacha que vomitaba y reía. Finalmente, entre varios la cargaron desmayada y empezaron a salir del baño. Siguiéndolos, yo también iba saliendo cuando él me retuvo por el codo, me empujó contra la pared y nos dimos un beso lento, húmedo, cálido, tan sensual que lo abarcaba todo. Su aliento fue recorriendo el contorno de mi rostro, sus dedos delicados me tocaban esos cabellos minúsculos que nacen en la base de la nuca, mientras que mis manos se posaban su pecho. Sin embargo, nuestros cuerpos estaban inmóviles, completamente unidos por una fuerza mayúscula, que con efervescencia me iba llenando el vientre de estrellas. La atmósfera cargada de sensualidad se quebró en el instante en que una mujer entró mirándonos con diversión. Volvimos a la fiesta. El grado de alcohol se fue elevando con el transcurrir de la noche y mira lo que son las cosas de la vida, que mi romeo se quedó dormido en una silla, mientras yo hablaba con los amigos acerca de las diferentes percepciones de la realidad. Con la metáfora a medias, me fui a casa. Observé la neblina del alba entre las calles empedradas. Al llegar, estiré mi cuerpo en esa cama de sábanas frías. ¡RAYOS! pensé. Opciones: Una ducha de agua helada, un chapuzón en el arroyo, un orgasmo solitario, un libro de física cuántica que me explique lo de las moléculas, las feromonas y las reacciones químicas. El viento se detiene en el vértigo, arranca mi piel en destellos de luz. Cuando regreso, despeinada y maltrecha, me sonríes desde la blancura de una página (fragmento Miguel Oscar Menassa). O simplemente reír un poquito de la comicidad del asunto. Recordar que el erotismo es poesía y que su despertar nos llena el cuerpo de una corriente vital. Lástima que esa noche, se me quedó en pura teoría.



viernes, 3 de septiembre de 2010

Nautilus

Luego del viaje al sur ha sido necesario un reajuste de neuronas y de moléculas en el espacio-tiempo del desierto. La vida es un caleidoscopio cuya única certeza es la impermanencia de las cosas. Todo se encuentra en constante movimiento y hay que ser flexible para adaptarse a los cambios. Vivir el presente y todo eso. Hace unos días venía subiendo al Real por el empedrado. Iba con los niños escuchando música. A toda máquina como diría el capitán Nemo, en el Nautilus catorceño de la familia: camioneta blanca con la pintura descascarada en la puerta de atrás, calavera izquierda rota, estéreo con casetes y una madera sosteniéndolo, asiento descosido, plumas y cristales colgando del espejo retrovisor, mate y termo de emergencia abajo del asiento, casita en miniatura pegada sobre el tablero, cables salidos en la cabina, manchas de grasa en las puertas, ruidos de matraca por doquier, pero eso sí…corre como un Ferrari. Decía, iba con los niños hacia casa cuando pasé encima de una serpiente enroscada en el camino. Apliqué los frenos y patinando nos detuvimos. De reversa nos acercamos a ella. Abrimos las puertas para ver ese hermoso espectáculo. Era una cascabel grandísima. En eso apareció otro vehículo y le hicimos señas desesperadas al conductor para que redujera la velocidad. El señor pasó despacio junto a nosotros y nos miró como si fuéramos extraterrestres. Se trata de un hermoso ejemplar, mírelo. Pero el no logró distinguirlo en el empedrado y siguió la marcha. La víbora se fue desenroscando de a poquito y majestuosamente salió de la carretera para internarse en los arbustos. Qué regalo, la vimos muy de cerca. Luego, continuamos. Pechereque, un personaje catorceño de lo más interesante, nos pidió aventón para el pueblo. Tenía un costal con maíz. Él fue uno de los que perdió su casa con las lluvias de julio. Nos adentramos en el túnel que aún se encuentra en reparación y recordé ese día cuando una ola de tres metros invadió la galería y se llevó más de la mitad del estacionamiento de Ogarrio, con carros y todo. Cuando para atravesarlo el agua llegaba a más de un metro y tapaba los faros y debías hacerlo sólo en una camioneta grande. Una visión apocalíptica. Nunca hubo tanta agua, aseguraron los ancianos. El pueblo quedó incomunicado durante un par de días. En momentos como ese te das cuenta de que nuestras vidas son tan pequeñitas, que esto que estamos experimentando es tan sólo un instante. No hay certezas. Sobra el agua en el desierto mientras los corazones de algunos hermanos y hermanas se consumen de sed en sus desiertos internos. La realidad está llena de metáforas. Continuando por las calles empedradas, dejamos a Pechereque. Llevé a los niños a la casa y me fui con rumbo al cementerio. Allí me encontré nuevamente al señor que nos miró como extraterrestres en la carretera y a un muchacho sosteniendo orgulloso una cascabel muerta. La maté yo, dijo el chico. Ya ves, comentó el señor, ahí está tu cascabel. Bueno, al menos una se salvó. La serpiente, que para muchos representa la sabiduría, la infinita y ascendente energía vital que entrelaza la existencia de las cosas. Verla reducida así, a un amasijo de inerte, me produjo una melancólica desazón. Regresé al Nautilus y seguí navegando entre las brumas del atardecer, buscando en los recovecos de la memoria un resplandor de esperanza. Y recordé que aún existen espacios sagrados e infinitos océanos plagados de misterios, donde las serpientes, cual sirenas en los escollos, cantan hermosas y ancestrales melodías. Aguzando el oído, podemos escucharlas, aún en medio del ruido incesante de nuestros afanes.

jueves, 22 de abril de 2010

Maleabilidad

Esta realidad tirana que se ríe a carcajadas porque espera que me canse de buscar.
A. Lerner
La realidad otra vez… puede ser tan dúctil como uno lo desee. Se puede danzar con ella escogiendo el ritmo según el estado de ánimo, o según los colores se puede pintar, como llenando el cuerpo de tatuajes. Pintar con luz y sombras, dejando que el proceso creativo se convierta en una recapitulación. Psicodelia, magia, brillo, oro, dorar la píldora. Take the red pill. Todo tiene un precio. Rechazar la pastilla azul de Morfeo, buscar la olla al final del arcoíris. Hay que seguir la intuición, hay que danzar con los demonios y los seres alados, hay que beber tragos amargos para conocer la miel. Hay que estirar el plumaje y permitir al sol bañarnos con su dorado resplandor. Y todo eso mientras seguimos viviendo en la orilla de la Matrix, mientras buscamos desesperadamente no caer en la tentación de la vacuidad tan al alcance de la mano. Que nuestras vidas no sean vanas. Que podamos ayudar a alguien, que los vampiros no se roben lo que son incapaces de generar por sí mismos, que aprendamos a tener compasión de ellos. Que nada se crea ni se destruye, sólo se transforma. ¿Por dónde empezar con la realidad? O la aceptas, o la cambias o la dejas. ¿Dejarla? Imposible por mi voluntad. Hasta que me llamen seguiré la senda. Amo la corriente vital que nos une al ritmo mágico del cosmos, amo el olor del desierto al amanecer, los abrazos de los niños, la música, la sincronicidad de la existencia. Amo el fuego de la chimenea y las constelaciones del misterio, el mar y el viento ¿Aceptarla? Imposible por mi voluntad. Siempre fui rebelde, siempre me pregunto dónde está escrito cómo deben ser las cosas. En la antigüedad se hizo el intento con el código de Hammurabi, tallado en una piedra descomunal que es fotografiada por los turistas que visitan el Louvre. En la actualidad se ensaya con las leyes del sistema, que originalmente fueron creadas para la convivencia humana pero que cada vez se van diluyendo en un mundo regido por la avaricia y la falta de conciencia. Pero hay leyes que cada quien tiene el derecho de construir y deben ser maleables, permitir el cambio. ¿Cambiar? Eso sí, hay que lavarse los dientes con la otra mano, hay que danzar con la realidad. Enemiga de la rigidez, enemiga de los hábitos perennes. Romper esquemas, romper ese falso cheque brillante que pretende comprar el futuro inexistente. HOY me encuentro sentada escribiendo, hoy bebo el elixir de cierta gnosis. Y los tragos son amargos al principio. Porque la cómoda y cálida sillita opera con todo su magnetismo para atraerme hacia la insipidez. Me observo saliendo del cuerpo como un testigo y no logro entender aún por qué estoy tan molesta. Será la influencia de la luna. Si nuestro cuerpo está compuesto mayormente de agua, y el satélite interviene en las mareas ¿Cómo influirá en nuestros organismos? ¿De qué manera las moléculas se mueven con una sabiduría desconocida para nuestras pequeñitas mentes? Pagar el precio de la inconformidad. Para dejar de lado el enojo hay que practicar la paciencia, la aceptación. Cuánto lamento absurdo. Tal vez es sólo la maldita costumbre de pensar demasiado. Quiero convertirme en líquido y ser río que fluye, quiero vibrar azul. Azul como las profundidades de mis abismos, azul como el cielo, azul como el éter que rodea el aura de los cuerpos. Tomo un rollo de papel y lo despliego en el suelo. Pinto mi silueta. El lugar que ocupan las células de este organismo en el espacio. Lo pego en la pared y observo los contornos de eso que soy. Tomo el bote de pintura y embarro mis manos en el color…libélulas en el vientre, mariposas en la espalda, colibríes en los brazos, flores y hojas en las piernas. Un sol dorado y resplandeciente en el plexo…Un momento…alguien está tocando mi puerta, voy a ver de quién se trata. Tal vez es la señora de las tortillas, tal vez es mi vecina, tal vez el recibo de la luz, tal vez un problema o alguien que necesita algo, tal vez un niño preguntando el nombre de una calle, tal vez sólo el viento. Como sea, ES eso que está allá afuera de estas palabras pero a la vez dentro… la maleable realidad.

jueves, 25 de marzo de 2010

Los cinceles del misterio

Lo primero que hice al volver fue sentarme en una de las bancas de la plaza. El cielo era de un azul intenso, poderoso, como sólo en las alturas de Real puede lucir. Un viento frío aleteaba alrededor, trayendo aromas conocidos: fuego encendido, ropa recién lavada, maíz tostado, aceite de carro, alfalfa fresca, botones de rosa, frijoles hirviendo en la olla, pan horneándose, excremento de caballo... Un cachorro de color marrón con la cola y una de las patas negras, jugueteaba cerca de la fuente. Mis niños fueron a traer un café. El sol reverberaba en las baldosas de piedra. Al rato pasó un conocido, se detuvo a detallar que feo ve las cosas, quejándose de la vida, de los malos momentos, de la locura de las personas. ¿No tienes algo bonito para contar? Le pregunté. No por ahora, dijo y siguió su camino. Poco después llegó otro amigo, hablando de la prisa que tenía, que el tiempo no le alcanza para nada, que ya se tenía que ir. Abrazada a mis muchachos, observaba divertida el trajín de la gente. Los caballerangos buscando algún cliente, las empleadas de la esquina echando agua en la banqueta, Chuya colgando bufandas afuera de su tienda, Márgaro esperando algunos para llevar en su jeep a Estación Catorce, niños saliendo del jardín con sus mamás, los muchachos del camión de la basura con su cencerro, los cargadores del mini súper bajando costales, Thomas con alguna herramienta en la mano, unos mochileros llegando desde la cuesta…
El café estaba delicioso. Observando a mis dos estrellas, tan crecidas ya, me sentí orgullosa de saberlos independientes, de verlos bien plantados a pesar de la ausencia. Llenándome los ojos de este pueblo en el cual he vivido los últimos quince años, quise que lo cotidiano me envolviera como un cálido manto, pero cuando has bebido ciertas pociones, eso ya no funciona completamente. Sin embargo, una sensación de plenitud me embargaba. La verdad es que volví tan feliz, tan llena de luz, tan agradecida. Así estaba, en la ensoñación, cuando apareció alguien más. Uno de esos afectos que surgieron por causa de la poesía, sus anécdotas de París, la soledad compartida, las comidas familiares, el amor a los libros. Al verme tan contenta me llamó soberbia y un hielo cubrió los lazos de la amistad. Porque si los amigos no se alegran con tu felicidad, si los sentimientos mezquinos se anidan en ella, no puede sobrevivir, perece retorcida bajo una enredadera de falsos augurios. O tal vez no, tal vez sólo somos lijas que nos raspamos unos a otros para moldearnos, como si fuéramos esculturas de madera sagrada. ¿Qué tal si los dioses nos traen a este mundo, a estos cuerpos prestados, pero en realidad nuestro espíritu es un trozo de madera en bruto, un tronco informe que va poco a poco lijando sus contornos en base a las experiencias vividas? ¿Cómo sería tu escultura?
Otro día, fuimos con los niños a visitar a los amigos del desierto. Me gustó ver el altiplano reverdecido por el efecto de las inesperadas lluvias invernales y el despertar que trae consigo la primavera. Un fuego en la casa del psiconauta, la deliciosa paella que hizo Guillermo, la guitarra, la voz de Melina, una mujer hermosa de Neuquén (Argentina siempre presente)…el taller de derechos humanos organizado por el filósofo, las fotos de Josef Koudelka que me trajo Bladi, la charla siempre estimulantemente psicomágica de Lalo, los perros correteando a las perras en celo, la cantinita de El Indio, el atardecer. Los tonos violetas, anaranjados, pinceladas fugaces que contrastaban con los árboles de ese bosquecillo de mezquites que está a la orilla del paisaje. Ramas retorcidas, troncos de diferente grosor. Una ilusión óptica producida por el viento y el color tal vez, hacía aparecer enmarañadas entre las siluetas, la figura de muchas manos con cinceles, moldeándose entre sí, a veces con suavidad, a veces encajándose con saña. Un ocaso hermoso, de esos que son ventanas en las cuales, si te dejas llevar, puedes atisbar por escasas fracciones de segundo el resplandor dorado del misterio.

lunes, 15 de marzo de 2010

El fin del mundo

El árbol decidió viajar,
cuando logró desprenderse de la tierra,
se dio cuenta de que sus ramas eran raíces celestes.
A. Jodorowsky
Llegué a Calafate luego de un viaje extenuante. Estaba realmente cansada de tanta carretera. La Patagonia, con esa inmensidad que cabe en la palma de la mano, me estaba provocando una extraña sensación. Era como si al alejarme hacia el fin del mundo, me fuera acercando cada vez más a mirar el límite de mis propias fronteras, comprendiendo la incógnita de los primeros navegantes que se aventuraban en los inhóspitos océanos del sur. No sabían que la tierra era redonda e imaginaban que terminaba todo en un acantilado y luego los elefantes gigantes que la sostenían y luego nada. Me daba cuenta de que no importa qué tan lejos vayas, puedes llegar a Tombuctú, a la Siberia o a la Tierra del Fuego, que la complejidad y las contradicciones que te habitan se van de viaje contigo en la maleta. El hostal al que llegué me desagradó desde el principio. Pocos argentinos, música demasiado fuerte (para desayunar mejor ponme a Bach a volumen moderado, amigou, en vez del concierto de reggaetón acelerado). ¿Hispanoparlante? Espera que debo atender primero a estos europeos que llegaron después de ti. De todos modos, me fui a acostar con la mente puesta en el glaciar. Desde hace varios años quería conocer ese lugar del planeta. Al día siguiente, partí con la mochila, un pequeño almuerzo y muchas ganas de ver ese maravilloso paisaje. En el camino, un arcoíris se distinguía a lo lejos entre las montañas nevadas. Y al dar vuelta en una curva, allí apareció. El glaciar Perito Moreno, una inmensidad de hielo hasta perder la vista en el horizonte. Los tonos azules, violetas y turquesas que se forman en las grietas son increíbles, pero lo que más me sorprendió fue el ruido de los acomodamientos de las diferentes capas heladas, que te hacen notar que ese coloso está vivo, que se mueve, que allá también hay una corriente de energía vital, que así como mi querido desierto de México, aquél también es un desierto que palpita. Y de nuevo esa sensación de que al cumplir un sueño se juntan todas las felicidades en un instante que puede ser fugaz pero que perdura en la memoria y en los huesos. Estar parada allí, en ese barandal donde aún se pisa tierra firme, es una fotografía que guardo en la bitácora de imágenes que por más que alcanzo no llego nunca a tomar porque sé que no se puede acercar ni tantito a la realidad de la vivencia. En los días siguientes continué transitando el sur. Me impactaron el Fitz Roy y el Cerro de Torre, cuando me senté a la orilla de un caudaloso río a disfrutar de una jornada completamente despejada, fenómeno raro en aquellas latitudes. En mi recorrido toqué una pluma de cóndor, sentí la suave textura de la lana de los borregos, observé de nuevo las estrellas, conocí un jardín interior de plantas prohibidas, caminé entre bosques petrificados y finalmente, me di por satisfecha. Ansiaba volver a Buenos Aires, al calor húmedo del río de la Plata, a las risas y las tardes con mate, al bullicio de los trenes, a la sombra tranquila de los árboles, a las noches de milonga con faldas vaporosas y sobre todo, a calmar un poquito la mente del viento. Porque en el sur, el viento es una presencia intensa, constante, poderosa. Imposible de ignorar. Muchas veces digo que es importante despeinarse las ideas, pero este exceso ya me estaba afectando demasiado. Allá los árboles no son erguidos, resisten pero están inclinados. Terminan por doblegarse a la fuerza que ulula entre sus ramas. Cuando finalmente las luces de la ciudad comenzaron a aparecer, cuando mis pies tocaron tierra, cuando golpeó mi rostro esa oleada de calor y ese aroma de agua, sentí volver a casa. ¿A casa? Más bien me invadió la certeza de que uno puede tener muchos puertos a dónde regresar, que no importa dónde naces, dónde vives, o de dónde vienes, que la patria verdadera es aquella donde habitan nuestros afectos, que los límites de la/nuestra tierra, redonda o plana que sea llegan hasta donde la quimera nos alcance, que el fin es el principio.

viernes, 26 de febrero de 2010

Cartas desde el sur...Patagonia

No dejaremos huella,
sólo polvo de estrellas.Drexler
Uno de los objetivos de esta marcha por la Argentina, era llegar al sur, sur. Al fin del mundo. Para hacerlo más divertido, se me ocurrió ir por vía terrestre. Así que salimos una tarde de Buenos Aires, Emma y yo, ya que ella viajaba hacia ese rumbo también. El micro era una maravilla, asientos de piel, vino con la cena, películas buenas y hasta algo chistosísimo, una partida de bingo. En la llanura interminable que es la Patagonia, vimos ñandúes, guanacos, aves. Anhelaba conocer la Cruz del Sur y ver las estrellas desde este rincón del mundo. ¿Qué hay en una estrella? Nosotros mismos. Todos los elementos de nuestro cuerpo y del planeta estuvieron en las entrañas de una estrella. “Cántico cósmico”
El viajecito duró casi veinte horas, así que llegamos a Puerto Madryn un poco cansadas. La ciudad es pequeña, mucho más de lo que pensábamos. Nos dirigimos al Hi Patagonia, un hostel que resultó ser de lo más acogedor. Nos recibió Vicente, con sus dulces ojos claros, nos ofreció un té y nos mostró unos mapas. Una vez instaladas, se presentó Patrick un hombre de la isla de Malta; nunca había conocido a alguien de ahí. Y fue cayendo gente al baile, como dirían acá. Javier, un criador de caballos de Mercedes, llámese localidad de la provincia de Buenos Aires y su encantadora familia. Al ratito llegó Gastón, el dueño, con Ryan un niño simplemente divino. La pasamos tan bien, como si fuéramos una familia. Buscando hacer turismo un poco diferente, salimos Emma y yo al día siguiente hacia Punta Loma, un refugio de fauna ubicado a 17 kilómetros. Queríamos ante todo ver a los lobos marinos, otro de los objetivos del viaje a Madryn. Íbamos en bicis de montaña. Con dos litros de agua cada una, fruta, empanadas. Nos colocamos unos turbantes pues el sol era abrasador y el viento alucinante. Llegamos a la playa, vimos un grupo de unos treinta animales hermosos, durmiendo algunos y retozando otros entre las rocas. En el hueco de una sombra nos acostamos a descansar. Ahí pasamos un rato delicioso, contando chistes. Le dije a mi amiga, así como los indios nativos americanos afirmaban antes de irse a la guerra Hoy es buen día para morir, porque si tenemos que hacer de regreso los 17 kilómetros, nos vamos a morir de verdad. Mejor que te parece si le pedimos al universo que nos mande una camioneta de doble cabina, con pick up para las bicicletas y aire acondicionado. Ayúdame, vamos a solicitarlo: Universo, por favor, socorre a estas dos muchachas locas. Y hete aquí que a los veinte minutos llegó una camioneta así como la pedimos. Una familia encantadora nos llevó sanitas a Puerto Madryn, hasta nos dio la tarde para un chapuzón en el agua helada de la costa. Todavía riendo llegamos al Hi Patagonia, justo a tiempo para unos mates, una ducha y luego, a comer asado. Deliciosa carne, deliciosas ensaladas y vinos y sobre todo, una deliciosa compañía. Porque en esa mesa había aproximadamente unas quince personas de diferentes partes del planeta, conviviendo en armonía. Para el siguiente día la idea fue rentar un auto y salir a ver pingüinos y elefantes marinos. Pero ni Emma ni yo teníamos licencia de manejo ni tarjeta de crédito, así que de nuevo le pedimos al universo nos mandara a alguien y se los juro, luego de diez minutos llegó un italiano, Vito, que resultó vive a tres cuadras de la casa de mi amiga en Londres y aceptó hacer el trámite de alquiler. Se nos unieron otros dos, Sam y George, así que temprano por la mañana nos fuimos de excursión. Luego de tres horas de carretera, una carretera difícil, resbalosa, llegamos por fin. Un elefante marino resoplaba gustoso entre las piedras. Emma dijo, hemos viajado tantas horas para venir a encontrar a “Big Mamma”. Qué risa que me dio. Que naturaleza, que cielo, que sensación de plenitud al girar 360 grados y no ver ni siquiera una pequeña colina. Sólo llanura y acantilados llenos de vida. A los pocos días Emma y yo dividimos nuestros caminos. Ella se fue ver delfines y a conocer Gaiman, una comunidad de origen galés donde seguramente encontró personas con su apellido. Compré el boleto de autobús rumbo a Río Gallegos. El vehículo venía retrasado y un viento espeso se alzó mientras el sol de la tarde daba de lleno en la estación. Estaban pronosticados vientos fuertes, pero nunca imaginé que de esa magnitud. Finalmente llegó el micro. El asiento de al lado estaba vacío, me dio un poquitín de nostalgia de mi amiga, con quien pasamos momentos divertidísimos. Ojalá que me toque alguna persona agradable en este asiento, pensé. Luego de un recorrido de dos horas, nos detuvimos en una ciudad, tal vez Comodoro Rivadavia. Allí se subió alguien junto a mí… Alguien que me mostró las constelaciones en un estrellado y cristalino cielo, que me enseñó por primera vez la Cruz del Sur... Gracias universo...

domingo, 21 de febrero de 2010

Cartas desde el sur...San Telmo

Dejar de avergonzarse de uno mismo,
es la señal de la libertad realizada. Nietszche.
Marchaba un domingo hacia San Telmo. Subí a un colectivo y no había nadie. El conductor me hizo bajar en la calle Chacabuco y avenida San Juan y caminar hasta Defensa. Luego, a la plaza de San Pedro. Iba pensando en la inmortalidad del cangrejo, silbando entre dientes, buceando en el sentido que le da a la vida ser un testigo de realidades. Lloviznaba. Conforme avanzaba hacia la plaza, se escuchaba una guitarra. Eran las notas del Concierto de Aranjuez de Joaquin Rodrigo. Una interpretación maravillosa. Qué buen guitarrista Gustavo Margulies. Entre la multitud, cerré los ojos para deleitarme al cien con el idioma universal de la música. La feria de San Pedro Telmo, el mercado de antigüedades más importante de América Latina, a decir de algunos. Allí encuentras cubiertos, hormas de zapatos, candados, campanas, boleadoras, joyas, platos. Estampas de Maradona, del Che Guevara, Fangio, Perón, Sandro. Libros, fotografías, pinturas, tapices, cofres, bolsas, pieles de animales, juegos de té, anillos, relojes, cuadros, fotografías. Bastones cuya empuñadura, elaborada con las más finas maderas y marfiles, cuentan con escondites para las dagas, las pastillas, los dados, las fotitos porno y demás artilugios que usaban los caballeros en esa época en que el bastón era pieza infaltable en la vestimenta de los Dandys. Siguiendo me encontré un metrónomo francés del siglo XVIII, peinetas, botellitas de refresco, de soda, abanicos, candelabros, frascos de botica…aquí me detuve a leer las etiquetas: almidón, ácido pírico, hiposulfito de calcio, azufre lavado, benzoato de benzilo, agua de botot (me recuerda a Juli de chiquito), terpina hidratada, glicerina boricada, azul de metilenio. Envases encantadores de color ámbar. Dedales, pastilleros, muñecas, guantes. Me paré un momento junto a un señor sentado, un poco amargado, medio mamón. En eso llegó un ladronzuelo a venderle una bombilla y tras un regateo despiadado, el pobrecito se fue con la cola entre las piernas. En un puesto de periódicos me regalaron una pluma a cambio de una sonrisa. En una esquina escuché a la orquesta El Afronte, que toca tango en la Maldita y Bendita Milonga. Conocí algunos artesanos. Liliana, que hace mates con grabados, la paraguaya Noemi con sus bolsas y Guillermo que trabaja la famosa piedra rosada de argentina, rodocrosita. Comenzó a llover más fuerte. Los muchachos cubrieron sus puestos con plásticos. La gente se apoyaba en los edificios esperando que pasara la lluvia. Un hombre pintado de cobre, de esos que se quedan como estatuas, estaba en un zaguán comiendo sánguche de jamon crudo. Yo tenía que hacer pipí. Así que me fui al Mercado de San Telmo, que fuera inaugurado en 1897. En el interior del sanitario, había pegado en la pared el cartel de una vieja película La guerra del cerdo. Recorriendo esa fantástica estructura de metal, llegué a los puestos de fruta. Compré un puñado de cerezas. Iba de nuevo muy soñadora, esta vez entonando Mándame una postal de San Telmo, adiós cuídate…Y ya nadie me escribe diciendo no consigo olvidarte. Una muy nostálgica canción. Mientras cantaba, combinaba la melodía con el sonido de las cerezas al reventar en la boca, con su maravilloso sabor, y su jugoso deleite rojo. Caray, esa fruta despertaba ecos en el vaivén de mis pasos… Siempre en el mercado, encontré una tienda que hubiera vaciado para una colección de cámaras fotográficas y exposímetros viejos. Marcas como Sekonic, Actino, Rolleiflex, Traveler, Leica, Ofo, Voigtlander. En medio de las vitrinas, un letrero que decía: Este local está rigurosamente vigilado por el señor de enfrente. Al salir, por fin un tímido rayo de sol y una humedad sofocante pero agradable de todos modos. La calle hervía de gente otra vez. Llegué a un puesto donde vendían playeras con inscripciones, mi favorita: Antes muerta que sencilla, hecha por Naty Menstrual, un travesti famoso en San Telmo, quien escribe diferentes columnas en revistas culturales y escandaliza a algunos sectores de la capital. Pelo rubio, ceja depilada, vestido azul, tacón, perfume. Un vozarrón intenso, una mirada descarada. Fue una plática de lo más estimulante. Me contó, tal vez parte del argumento de su novela Continuadísimo, que tiene un hermano gemelo que es cura. Que le gusta vestirse de mujer pero que sigue siendo hombre, con todos los instintos y las hormonas que ello implica, que le gusta tocar a un amante en el torax y acariciarle a veces con la palabra. Preguntó que si los mexicanos son guapos. Aquí hay muchos, mira ese que viene ahí, el morenito ¿ya le viste los músculos? Me hizo recordar a un amigo que siempre dice: Soy Bipolar hasta las tetas. Auténtica. La charla duró bastante, nos dimos un abrazo, quedamos para un café. Seguí caminando, ya las sombras declinaban hacia esa tarde de domingo, queriendo terminar la semana. Un hombre recogía las playeras de su puesto, Que la sigan chupando, con una foto de Maradona, creo que vendió muchas, está de moda esa frase, la ves en todos lados. Me tropecé con Ale, un caricaturista excelente, escritor, contestatario y un poco esquizo, pero buena gente. Salimos a tomar una cerveza y como nuevamente tenía que hacer pipí y el baño estaba terrible, le dije… quisiera mear en el camellón de la avenida Ave Ale, allí junto a los árboles donde asoma la luna, pero me van a arrestar. Las opciones eran únicamente esas dos. Calle o local. Si lo escribo en el relato de este día, es como si lo hubiera hecho de verdad ¿no? Le pregunté. Y él me contestó, claro que no, la literatura es y no es la vida. Y me soltó una frase de su cosecha Ser o ser, sino nada. Y luego me soltó otra de Janis Joplin: Freedom is just another word for nothing left to loose. Le dije, pues ya no aguanto, me estoy orinando. Me levanté, me quedé quieta, miré hacia el camellón, hacia adelante y miré hacia el interior del local, hacia atrás, aún sin dar el primer paso. Apareció en su rostro una increíble sonrisa divertida, en el mío una de picardía y comencé a moverme.

Cartas desde el sur...el efecto alfajor

La comida en este país es simplemente sensacional. Cuando llegas a un restaurante y te dan la carta, no sabes que pedir. Hay una variedad increíble de sabores y texturas, así que es siempre una sorpresa lo que te vas a encontrar. Y los vinos… para una fanática del dios Baco como yo, es el paraíso, y me encanta provocar a los argentinos diciendo que el vino francés sigue siendo el mejor de todo el planeta. Le pregunté a unos viejitos un día que charlábamos a la sombra de unos frondosos sauces en El Tigre, cuál vino no puedo dejar de probar antes de volver a mi terruño. Las discusiones se acaloran y me encanta, es como observar un interesante juego de pelota. Las opiniones son sabrosas, estridentes. Montchenot de Bodega López, Navarro Correa, Trumpeter, Merlot de Luigi Bosca… y al final, de tan apasionados, nos embriagamos de palabras y parece que hubiéramos bebido un vino muy bueno, con cuerpo, notas rubíes y un dejo de aroma a canela que se acerca mucho al efecto de un excelente tinto francés (lo siento, opiniones son opiniones).
Y los postres, son irresistibles. Es por eso que en estos días, mi vientre padece lo que llamo El Efecto Alfajor. No es en realidad un sufrimiento, es sólo que comienza a desbordarse sobre el pantalón, en suaves ondas descendentes. Los alfajores son galletas suaves rellenas con dulce de leche o mermelada y recubiertas de chocolate, de azúcar glaseada, de coco. Y a pesar de que es verano y el calor no deja dormir, no puedo pasar por alto una de esas delicias cada vez que camino frente a la confitería. Sólo los nombres ya endulzan el paladar: pinitos de chocolate, turroncitos almendrados, torres de caramelo, alfajorcitos de maicena, bastones de naranja, conos de dulce de leche (esos son obscenos de verdad) y las facturas, lo que en México llamamos pan dulce, te las venden por docena, junto con los bollos de grasa para acompañar el mate.
Los kilitos de más parecen preocupar a las mujeres, se cuidan bastante. Es un poco contrastante caminar por la calle entre la multitud y ver poca gente con sobrepeso, a diferencia de México que es el segundo país mundial productor de obesidad. El otro día, comprando una botella de agua en un kiosco, escuché una conversación entre un hombre y dos mujeres. El hombre decía que a pesar de ser tan gordo y tener esa panza descomunal (yo diría un vientre de BOLA) a él le gustan las mujeres flacas, que una mujer con barriga se ve poco atractiva, y por ese motivo, las mujeres deben cuidarse más y no cometer excesos con la comida, pues dejan de estar en el “mercado” cuando cae el vientre por la fuerza de gravedad. Las comadres de mi género no decían nada, pero hubiera estado bien asegurarle a ese tipo que abdomen plano o redondito, los superficiales se dan sin que los rieguen. Ya te quisiera ver, luego de haber parido un hijo, sólo uno. Y a ver si serías capaz de renunciar a la morcilla y al bife de chorizo, al la pizza con fainá, a las tartas, al pollo con papas fritas, a los chinchulines, a la colita mechada, a la milanesa napolitana, a los ravioles de ricotta, a los tallarines con salsa de berenjenas, a la bondiola, al vitel tonné, al asado de tira, para “estar en el mercado” boludo por tres motivos: la BOLA grande ocultando a las dos chiquitas. Eso que ni qué.