lunes, 29 de junio de 2009

La cinta de Moebius

Ese viejo camino de asfalto, lleno de baches, parecía llevar a ninguna parte. Avanzaba en la fresca brisa de la mañana del desierto pensando que estaba dentro de una cinta de Moebius. Seguía y seguía en movimiento pero volvía siempre al mismo lugar. O al menos esa era la realidad aparente. El calor aún no se dejaba sentir, aunque el sol ya estaba creciendo en el horizonte. Me pregunté cuántas veces en la vida nos metemos en uno de esos recorridos sin fin, en una de esas trampas de la mente. Y seguimos atorados en los pensamientos una y otra vez. En el pasado o en el futuro, sin ver que la realidad se nos difumina detrás de un vehículo que corre a tal velocidad que nos impide ver lo que hay más allá. Nuestra visión es como un tren que avanza vertiginosamente. Cuando nos acercamos un poquito más a la conciencia, la esencia, la luz interior, entonces ese tren se transforma en una vieja locomotora de vapor. La velocidad se reduce y si prestamos atención, entre cada vagón logramos ver fugazmente lo que hay del otro lado. Entonces, si seguimos la vía de la meditación, logramos detenerlo por fracciones de segundo y vislumbrar el fondo del cuadro. Eso que vemos, en ese instante, es la realidad. La cinta de Moebius se me antoja como un recorrido en el cual no puedo verla porque avanzo siempre hacia el mismo punto, hasta que algo indefinido logra romper el hechizo. Esa mañana, cual si fuera un sueño, desperté repentinamente cuando apareció ante mis ojos una capilla verde fosforescente, un conjunto de llantas viejas amontonadas en una cancha de basquetbol sin tableros. Una nopalera y un fresno gigante, escondido en una depresión del terreno ondulante. Cerro de Flores, se llamaba aquel paraje. Los niños del jardín estaban en la hora del almuerzo y una señora de sonrisa dulce le daba sopita de pasta a su hijo. Dos burros bebían agua de una vieja bañera de porcelana. Una carreta estaba estacionada junto a la reja de colores de ese kínder llamado Pro Patria. Y un poco más allá, se veía un tendedero en donde la ropa oscilaba al ritmo del viento, produciendo extraños sonidos y sombras caprichosas en la tierra resquebrajada. Los niños miraban la copa de un pino que estaba en el patio. Lanzaban gritos de júbilo al ver un pajarito de color rojo intenso jugando entre las ramas. ¿Esto es la realidad? Sí y no. No es la realidad cotidiana, si se trata de eso, pero tampoco me es ajena. Una sonrisa, un animal, una planta, el viento en la mejilla. Eso forma parte de mi mundo seguramente. Pero también vivo en el universo de la mente, del espíritu y de los sentidos; del entorno que construyo en el día a día.
Seguí avanzando y llegué a un pequeño estanque. El viento encrespaba la superficie del agua y la sombra de un gigantesco fresno se difuminaba con ese movimiento. La orilla estaba llena de renacuajos. Concentré mi atención en ese microcosmos y me di cuenta de que ellos también seguían sus propias cintas de Moebius. Sin embargo, en los animales el concepto del tiempo no existe, ellos viven el aquí y ahora, no son esclavos de los pensamientos. Si todos somos uno, si la fuerza vital que nos conecta y entrelaza es la misma para todos, hay mucho que aprender de su ejemplo y su comportamiento. Entré al agua con lo que llevaba puesto. Refrescarse en una mañana de verano como esta, es sin duda un privilegio.
Al salir, seguí camino. La cinta de Moebius ondulaba hacia el horizonte. Me detuve a la sombra de un pirul, saqué el termo y cebé unos mates. Alrededor, la vida palpitaba, al ritmo de mi propio corazón.

viernes, 29 de mayo de 2009

La Casa del Agua


La carretera estaba iluminada con el extraño reflejo de las densas nubes que en el horizonte anunciaban un aguacero descomunal. Avanzaba con mi vehículo a gran velocidad. De repente, una cortina de agua cubrió la camioneta. Me coloqué atrás de un autobús que se desplazaba lentamente. En ciertos tramos a duras penas lograba mantener contacto visual con él, tanta era la lluvia. Después supe que una tormenta tropical azotaba el golfo de México. En el momento, los músculos de mi mandíbula estaban contraídos como cuando vas al dentista. Lo importante era salir ilesa de esa carretera. Y así fue, de repente todo cesó y atrás quedó la mancha de cúmulos de tonos violetas y negros, con rayos que saltaban en toda dirección, como un caldo primigenio. Ese fue el motivo del retraso. Cuando llegué al desierto la tarde estaba cayendo y aunque traté de darme prisa, no se le puede ganar al tiempo. Quería internarme en el encanto, recoger leña y hacer un campamento en un sitio especial que conozco, desde donde se ve el Quemado majestuoso y la sierra de Catorce completa. Donde un mezquite se encuentra solitario en medio de una pequeña pradera llena de flores violetas, donde el viento se desliza suave entre los arbustos, y un coyote tiene su madriguera y donde sabía que las notas de la guitarra iban a acompañarme durante la noche. Pero resulta que en medio de la nada, en un inesperado momento, la camioneta dejó de funcionar. Se detuvo en seco, ni siquiera pude orillarme. No quiso arrancar. Allá a lo lejos, por el rumbo de Poblazón, se veía venir otro aguacero torrencial. En ese momento salió a flote mi endemoniado carácter (porque a veces sí soy diabla) y me enojé con todo y contra todo, me faltó darle puntapiés a las piedras, sólo porque preferí las llantas nada más por blanditas. Entonces, miré alrededor, la noche ya encima, los relámpagos anunciando la inminente tormenta. Aproximadamente a unos quinientos metros a la derecha, vi unas pequeñas construcciones y hacia allá dirigí mis pasos. Se trataba de un sitio muy especial. Cuatro casas, dirigidas a los cuatro puntos cardinales. Cada una de ellas hospedaba un elemento. Agua, fuego, tierra y aire. Y a un costado, un enorme círculo de piedra. Llamé saludando, el sitio parecía desierto. Cuando de una puerta mosquitera asomó la cara de una mujer. Así fue como conocí a Inmaculada. Me dio asilo, me recibió muy amablemente y me dijo que podía pasar la noche allí, así que regresé a la camioneta por las cosas. Ya estaba un poquito más calmada pero no mucho. Cargué con todo, bolsa de dormir, vino y comida. Faltaba poco para llegar a las casas, caminaba a grandes zancadas, enojada con el destino cuando de repente y sin saber como, mi pie se apoyó mal contra una gobernadora y di una voltereta en el aire, quedando completamente extendida de espaldas en la tierra, con la sensación de no saber cómo llegué allí. Creo que fue el viento a darme un vuelco. Y de repente todo el humor negro se fue y me empecé a reír. No sólo del estrépito que hice al caer con todo y guitarra y de la cómica postura en que quedé, sino de que en realidad una mano invisible me tomó de las piernas y logró con ese giro que cambiara completamente mi estado de ánimo. Claro, cuando suceden estas cosas es mejor dejarse ir, cuándo lo entenderé. Dolía allí donde la gobernadora me raspó, pero seguí contenta hacia las construcciones y cuando estaba poniendo un pie en la entrada comenzó a llover. ¿En cual casa deseas dormir, me dijo mi anfitriona? En la del agua, contesté sin titubear. El agua es mi elemento y cuando estoy en ella experimento una complicidad sin paragón. Y pensar que hace millones de años esto era un mar, todo lo que me rodea ahora era azul. Azul intenso, azul, azul.
Acomodé el nido y volví a la cocina con esa agradable mujer. Cenamos, bebimos ese vino delicioso, conversamos de tantas cosas, fue un rato apaciguador. Luego me despedí y me retiré a mis aposentos. No podía creerlo, me sentía como una reina. Las velas parecerían irradiar más calor, el olor a tierra mojada se introducía por los resquicios de la ventana. La lluvia golpeteaba en el techo de tierra. Sentí que no estaba sola. Los muros de adobe resplandecían, como si cientos de diminutas estrellas hubieran quedado incrustadas allí. Poco a poco fui adentrándome en la tierra de los sueños. Estaba acurrucada al calor de las sábanas, cuando apareció él. Un ser delicado y encantador, casi frágil. Un dragón y mariposa pero con alas de ángel. Se acercó, me puso la mano en la frente y me dijo “Azul siempre has sido, fénix que renace cada vez, tus alas crecerán de nuevo y la luz que llevas dentro brillará más fuerte que nunca, porque jamás te cansaste de luchar” Quise tomarlo en mis brazos, acariciar sus alas, pero no se puede poseer un ángel. Le pregunté ¿Por qué se ve en tus ojos la tristeza? Pero no me quiso responder. Te regalo esta pluma dorada, le dije. Cuando te sientas solo, acaricia tu piel con ella, y verás que te cubrirá de partículas mágicas, que te darán fuerza y calor. (I gave my love a golden feather, I gave my love a cristal heart. And when you find a golden feather, it’s mean you’ll never lose your way back home) Una chispa brilló en su mirada, mientras susurraba: Es un hermoso regalo, jamás podré olvidarlo. En un parpadeo ya había desaparecido. Dormí como una niña. Al despertar, momentos antes del alba, salí de la Casa del Agua. A mí alrededor todo era fuego, un rojo intenso iluminaba las montañas. La lluvia había dejado el desierto completamente empapado. Plastas de lodo se incrustaban en mis botas. Fui a la cocina para calentar el agua del mate y luego del desayuno, dirigí mis pasos a la casa del fuego, donde estaba Inmaculada. Le agradecí todas sus atenciones y volví hacia la camioneta. De allí caminando al pueblo más cercano, a conseguir quien me ayudara con la mecánica. En la estación encontré a Esteban, un hombre que tiene un auto viejo, con las vestiduras del techo inexistentes y una amplia sonrisa. Me dijo, soy un fanático de las Chivas, así que si le vas al América dímelo ahora mismo para no ayudarte. Le dije que no se preocupara, que no me gusta el fútbol pero que seguramente no soy fan del América. Mover la camioneta fue más complicado de lo que parecía, la batería estaba muerta, así que tuvimos que empujar. Lo hicimos varias veces pero como la vía estaba llena de lodo fue imposible hacerla funcionar. Nuestra ropa ya era de color café cuando de repente se escuchó un corrido de Los Tigres del Norte y el rugido de un potente motor. Comencé a correr agitando los brazos y así fue como conocí a Don Félix. Su vehículo color vino era muy grande. El se bajó sonriente, recién bañado, vestido con un sombrero nuevo y una hebilla enorme sobresaliendo de su cinturón pitiado. Es que voy a los gallos, me dijo. Por suerte tenía cables, me pasó corriente y me acompañó hasta el pueblo. Allí busqué la tiendita de Don Gumaro, el único que vende baterías, pero ya se le habían acabado. Tuve que seguir a la otra estación donde compré una nueva, pero resulta que no era eso, que era el acumulador. Seguí de regreso a Real, ya cansada de la historia de la mecánica, que por cierto no se me da. La noche estaba cayendo y no había luna. La oscuridad comenzó a rodearme y las luces de la camioneta no iluminaban nada. Saqué por la ventana mi lámpara de pila y con ella fui alumbrando el camino. La batería de la música portátil funcionaba aún, por lo que los acordes de Jean LeLoup me fueron acompañando. Cuando estacioné, estaba empezando a llover de nuevo. Alcé el rostro dejando que las gotas de agua me limpiaran las fatigas del viaje.

sábado, 25 de abril de 2009

Temazcal

Nos tocó un jeep con asiento en el techo. Parecía una sala de reinas allá arriba. Bajamos por la Cuesta de los Arrepentidos, riendo y dejando que el viento nos despeinara las ideas. Éramos la avanzada de un grupo de mujeres. El plan, reunirnos en un punto del desierto para hacer un temazcal. Las demás todavía no terminaban de trabajar, así que nosotras, las tres del sillón, nos habíamos adelantado. Llegamos a Estación Catorce y de allí Leonardo nos llevó a Wadley. Don Juan no estaba, ya se había ido a preparar todo. Así que, luego de una visita a la tiendita por cervezas, nos dirigimos al lugar. Cómo no había llovido aún, el camino estaba tan lleno de polvo que cuando llegamos teníamos el cabello gris. Nos instalamos en una de las cabañas, recorrimos el lugar, conocimos a los encargados y luego nos fuimos a la alberca. Es un paisaje particular, una piscina semivacía en el medio del desierto. Eso sí, pintada de turquesa y con palapas en torno. Pasamos el resto de la tarde tomando baños de sol y carcajeándonos de todo. En eso, vimos una nube de polvo aproximándose por el camino, eran las demás. El fuego había estado prendido desde hacía horas, así que nos avisó doña Teodora que el temazcal estaba listo. Se trata de un temazcal no ritual, es decir que no sigue una tradición específica sino que es únicamente como una sauna. Entramos al recinto de adobe, comenzaron a traer las piedras calientes. Mientras tanto, la señora sentada en una silla nos pasó unas pencas de sábila para untarnos en el cuerpo. Éramos nueve mujeres. En la oscuridad nos quitamos la ropa y nos cubrimos de esa maravillosa planta. Teodora rociaba las piedras con agua. Poco a poco el vapor fue inundando el espacio. Tomamos un rico te de hierbas, entonamos mantras y cantos de diferentes partes del mundo, hablamos, hicimos nuestros rezos, pedimos por los niños del planeta y por la gente enferma, por los ancianos, las plantas y los animales. Por mi parte, sentía en la piel la vibración de la música y en los huesos una tibieza que venía necesitando desde hacía tiempo.
Fue relajante y apaciguador. Estar adentro de ese recinto es como regresar al vientre materno, como volver a la esencia de uno y sentirse dentro de la célula primigenia, del ADN universal. Al salir, el sol se estaba ocultando y soplaba ese viento frío que siempre asombra en el altiplano luego de una jornada de intenso calor. La piel estaba caliente y al contacto con el aire los poros se contrajeron. Qué sensación tan poco agradable, esa de salir del huevo para enfrentar la cruel realidad. Entonces corrimos a donde se encuentra una pequeña tina y don Juan prendió el mecanismo. De un tubo muy ancho, comenzó a salir agua caliente, maravillosa, fuerte, renovadora. Cómo niñas nos pusimos a juguetear entre las burbujas. Mientras, a nuestro alrededor el desierto se teñía de dorado y el disco del sol en el horizonte nos llenaba los ojos de un rojizo y misterioso resplandor.
Cuando salimos, ya la oscuridad se cernía entre los cactus. Fuimos a cambiar nuestras ropas. Compartimos aceites, esencias, risas y masajes. La armonía del ambiente no dejaba lugar a dudas: estábamos todas conectadas en una frecuencia femenina, humana, creativa y solidaria.
Las señoras nos habían preparado un caldito de verduras, que tomamos acompañado de tortillas de maíz que ellas mismas estaban elaborando en el comal. Luego, volvimos a la cabaña. Nos arropamos y prendimos un fuego bajo las estrellas, tomamos vino compartiendo los dos únicos vasos que habíamos traído. El cielo estaba nublado allá al fondo. Por el rumbo del cerro de El Barco, destellaban los rayos de una formidable tormenta de primavera. Pero sobre nuestras cabezas, las constelaciones nos susurraban antiguos cánticos, mientras la piel seguía vibrando y agradeciendo ese lujo, ese apapacho. Dormimos como niñas pequeñas, envueltas en la tibia cobija de los muros de adobe y el techo de garrocha. Mientras me deslizaba en la bruma del sueño, tuve la sensación de que todas las mujeres antiguas, nuestras ancestrales abuelas desde el principio de todos los tiempos, nos rodeaban para envolvernos en un cálido y amoroso abrazo.

lunes, 30 de marzo de 2009

Sutil polvo dorado

Salí temprano, acompañada de los perros. Hay que romper esquemas, le dije a la nueva yo que estoy tratando de crear. Mezclando varios ingredientes, la noche anterior había realizado un ritual personal en el cual puse todas mis intenciones para amasarme de nuevo, reinventarme, ya que como las serpientes, el traje que andaba vistiendo estaba deformado y decidí cambiar de piel. Así que al día siguiente, salí al monte. Nada como el equinoccio para los cambios. Decidí a subir a esa montaña donde nunca estuve antes, a pesar de que llevo varios años viviendo aquí. Una niebla matinal se posaba suavemente en la ladera, que comenzaba a reverdecer con el efecto del despertar que trae la primavera. Magueyes, nopales, lechuguillas, garrochas, palmas y lo más sorprendente: flores de todos los colores. Creo que pocas cosas son tan asombrosas como el poder observar una flor en medio de las espinas, con tonos brillantes, erguiéndose orgullosa ofreciendo su belleza al sol y al viento. Al llegar a la cima, me recosté entre las piedras. Desde allí se divisa el cerro sagrado, el desierto, el pueblo y las montañas de la sierra de Catorce. Me coloqué en posición fetal y me dejé abrazar por la energía del planeta. Luego, me puse a observar las figuras que formaban las nubes. Encontré algunas muy interesantes: una piedra rodeada de éter y el ala de un fénix. Qué agradable sensación de paz. Desee con todas mis fuerzas en ese momento ser capaz de dejar atrás todos mis apegos, tan completa me sentía con esa maravilla a mi alrededor. Los perros se recostaron a mi lado, fieles compañeros y con el pasar de las horas, el sol fue calentando de a poquito mis entumidos huesos. La bajada fue más complicada. Estuve a punto de caer al vacío, pero con prudencia logré volver. Luego me fui a pueblo con una flor apoyada en la mejilla y la tarde fluyó diferente. Es increíble como un acto tan sencillo puede cambiar la realidad. Basta sólo dejar entrar un poco de magia en nuestras vidas. ¿La magia? La magia es una cosa muy seria. Un modo diferente de interpretar las cosas, una manera más interesante y más creativa de lo común porque combina el arte con el gusto de jugar con la materia. La magia es algo que nos transmuta. El arte nos cura. El proceso creativo lleva en sí un inmenso poder de transformación. Eso lo dice Terzani que es uno de mis autores de cabecera. Así que por qué no convertirnos todos en hechiceros de nuestra realidad, en alquimistas, en juguetones duendes para transformar la sordidez en belleza, para reír en vez de llorar, para gozar en vez de sufrir. Claro, ahora que estoy aquí escribiéndolo pareciera tan sencillo, una básica fórmula a conjurar en momentos aciagos. La realidad se impone con fuerza avasalladora y lo cotidiano, muchas veces no da tregua; porque es más fácil sentarse en esa cómoda y cálida sillita que salir a ver el mundo desde otra ventana. Dice Jodorowsky, otro que pernocta en mi mesa de luz, que en general los comportamientos humanos están motivados por fuerzas inconscientes, cualesquiera que puedan ser las explicaciones racionales que les atribuyamos después. El mismo mundo no es homogéneo sino amalgama de influencias misteriosas. También dice que es posible, a través de actos creativos y conscientes enviar mensajes al inconsciente para sanar. Yo creo en sanar no sólo como individuos sino como grupo. Poder dejar atrás las nubes radiactivas que se vislumbran cada vez más cercanas en el horizonte de los tiempos venideros. Y que la violencia y la oscuridad no imperen o predominen por sobre todas las cosas. La magia, definitivamente, es necesaria en este proceso. Y para ello debemos dejar atrás la racionalidad y las explicaciones que pasan a través de la mente. Por eso, cuando crea imposible continuar, cuando una espuma grisácea codicie envolverme en su manto de olvido, quiero cerrar los ojos y volver a la montaña. Dejar que el viento acaricie mis dudas y las nubes sigan susurrándome secretos y ecuaciones para resolver el enigma, a dónde está la salida del laberinto de espejos. Y que el ala del fénix baje desde lo alto a tocar mi cabeza con sus plumas tornasol para que los ojos resplandezcan ante la maravilla de la vida y que un sutil polvo dorado me impregne la nueva piel.

sábado, 21 de marzo de 2009

Eutanasia

De parte de Miguel Sirio
Anoche mi mamá y yo estábamos sentados en la sala hablando de las muchas cosas de la vida... entre otras... estábamos hablando de la idea de vivir o morir. Le dije: 'Nunca me dejes vivir en estado vegetativo, dependiendo de máquinas y líquidos de una botella. Si me ves en ese estado, desenchufa los artefactos que me mantienen vivo, prefiero morir. Entonces, mi mamá se levantó con una cara de admiración... !!!!!!!!!!!! !!!!!!!!! !!!! Y me desenchufó el televisor, el cable, el sky, el DVD, la computadora, el nextel, el ipod, el stereo, el mini split, el Xbox y me tiró todas las cervezas! Putamadre .... CASI ME MUERO!!!
La paz es posible.

miércoles, 18 de marzo de 2009

La nube radiactiva

Las Vegas 7 km, anunciaba el pequeño letrero a la orilla de la carretera. Era temprano en el desierto. Llegué a ese lugar porque distinguí por ese rumbo una enorme nube negra, contrastando con los tonos anaranjados del amanecer. Algo se estaba quemando allá. Encontré una malla ciclónica y una garita pequeña, donde un guardia entumecido me observaba con curiosidad. Me bajé del vehículo y caminé hacia él. Salió a buscarme y preguntar que se le ofrece a usté. Tenía un arma colgada del hombro, caray. Sólo estoy paseando le dije. Me explicó que ese era un rancho de jitomates, propiedad privada y que no podía pasar. Mientras, en el cielo la nube iba gradualmente esfumándose y con ella mis ganas de seguir adelante en vista de tal recibimiento. Como que algo se está quemando ¿no? Yo no veo nada, me contestó. Bien, mi desarrollado sentido de la oportunidad, junto con la cara del señor y una fuerte sensación comúnmente conocida como mearse en los pantalones, me animaron a dar la vuelta y volver por donde había llegado. Rancho de jitomates, si cómo no. Ya bastante lejecitos, un impetuoso gusto por la aventura me jalaba a regresar. Pero hube de dominar mis más profundas propulsiones y volver al mundo real. ¿Al mundo real? Pero si ese mundo es ahora parte de nuestra cotidianidad. Soldados que viajan en convoy, retenes en las carreteras, comandos armados hasta los dientes en la plaza, revisiones donde te esculcan hasta el monedero, voces aquí y allá. Descabezados y macabras cartas de advertencia escritas con sangre. Tiroteos afuera de las escuelas, motines en las cárceles, crisis individuales y grupales, pistolas en la secundaria. Un hombre mata a balazos a otro porque había mucho tráfico. Cuatro millones de personas pierden su trabajo en tres meses. El mundo a nuestro alrededor se está cayendo. Para ayudarnos a combatir el mal, más violencia, se declara una guerra. Definitivamente, los seres humanos no terminamos de entender. No hemos aprendido aún los preceptos de Gandhi, uno de las mentes más lúcidas que han habitado el planeta. “La humanidad no puede liberarse de la violencia más que por medio de la no violencia. No hay camino para la paz, la paz es el camino. La violencia es el miedo a los ideales de los demás”. Secuestros, robos, asaltos, miseria, desempleo, muerte, muerte en Palestina, muerte en el mundo, extinción de flora y fauna, crimen, hambre que es otro tipo de violencia, crisis alimentaria mundial, transgénicos y nanotecnología puesta al servicio del poder y del dinero. Una catástrofe completa. Por eso no me extrañó que en el microcosmos desertero, que no es sino un reflejo del macrocosmos de allá afuera, se apareciera en medio de la nada una nube radiactiva. Me pregunto si no será una manifestación física del caos en que estamos inmersos.

martes, 10 de marzo de 2009

¿Planeta tierra?

Camino cuadras y cuadras para llegar al centro. La feria está en su apogeo. Fuertes luces me atraen hacia un pasillo donde venden panes de nata. Destellan apetitosos y brillantes bajo el neón. Algunos en forma de corazón con leyendas como: “Para mamita, Mi güera, Mi gallo, Mi gorda latosa, Toda la raza”. Pasa un señor cargado de crucifijos de madera. Siguiendo por el pasillo, hay platería, mercancía china, puestos de fruta y verdura, los vendedores de cobijas con micrófono, elotes asados, dulces, canicas, dardos, reloj de la virgen de Guadalupe con luces como caleidoscopio, jarros. Todos los comerciantes con su tele, la gente arreglada, bicicletas, herramientas, gordos cenando tacos, diademas, ollas, niños con rifles de juguete, bolsas con sorpresa: Todo a cinco pesos, Todas tienen premio. Hasta me encuentro a Boy George y su puesto de trenzas. Cinturones, algodón de azúcar, una familia come elotes apartada en un rincón. Carros chocadores, montañas de basura, futbolitos, los muchachos en fila viendo pasar a las chicas guapas, el dragón, la cara de felicidad de los niños, una familia espera a la abuelita que viene despacito con su andador, una niña con capacidades diferentes en silla de ruedas mira pasar al gentío. Una pequeña perrita llamada Princesa, sostenida por una niña con diadema de Topo Gigio y otra niña junto a ella con una diadema de mariposas. Muchos puestos venden el cubo mágico que tan famoso se hiciera en los ochentas. Un comerciante pide le vayan a comprar más bolsas de plástico, ya se le acabaron. Hay un concierto de música ranchera, un señor mira la hora, una mujer que viste escotada blusa rosa adornada con lentejuelas pasa cargando velas. Fuegos artificiales, matachines, la gente lleva cirios de un metro adornados con flores. Un señor jorobado vende garapiñados, muchas abuelitas afuera de la iglesia, llega una señora en silla de ruedas le falta una pierna, un bebé duerme en brazos de su madre, la iglesia está abarrotada y afuera la plaza también. Hay mucho humo, todos corren, una señora gorda con cinco hijos come papitas con esa bomba estomacal llamada salsa Valentina y cada uno de los niños tiene una bolsa con el mismo contenido. En medio de la multitud un muchacho de pie juega con su celular. En los juegos mecánicos hay uno llamado La Casa Loca del cual baja una mujer; va saliendo con la cara verde, parece que está a punto de vomitar, la gente a su alrededor mira y se detiene, expectante. La escena se congela en instantes, los olores, los colores los sonidos. Una mamá con carriola de un lado y empujando un niño del otro. De repente la mirada tropieza con un puesto increíble ¿libros? No lo puedo creer, “Cortes y Peinados, la sagrada Biblia, Cocteles, El poder curativo de los hongos, Enfermería, Me divierto y Aprendo y el más fantástico título: Feng shui para mexicanos.
Las campanas alegran la noche. Otro puesto con pupilentes fresh look, perfumes y labiales. Lotería, venados de cerámica sobre cajas de huevo San Juan, cuadros, la Mona Lisa junto a Piolín; ella tiene un gato en el cuello, un conejo en la mano y dos columnas en el pelo. Un puesto de tiro al blanco en el que hay calaca sentada en una silla y otra vestida de Niurka con dos enormes naranjas colgándole enfrente y una faldita tipo hawaiano, me acerco curiosa y el señor me dice, ándele, juéguele ¡Hágala enojar!
¿Estoy en el planeta tierra? Parece que sí.

sábado, 14 de febrero de 2009

Que sea infinito

Alba helada. El despertador sonó y en la bruma del sueño, asomé la nariz por debajo del edredón. Frio intenso en la habitación. La noche anterior había estado bebiendo oporto, sentada escribiendo, así que la cabeza no se me terminaba de despejar. Levanté a los niños para ir a la escuela. El más grande, que ya tiene novia, se puso un arete, una arracada, pero se le infectó la oreja, así que hube de prestarle primeros auxilios. La pequeña, somnolienta se negaba a levantarse de la cama. Despacito se fue acomodando la mañana. Antes de salir, ella me pidió que le pusiera una canción: “Here comes the sun” de The Beatles. Y aunque el aliento se congelaba al aflorar de la boca, el sol efectivamente comenzaba a calentar. De regreso en el lecho, se me ocurrió que los rayos solares en una mañana como ésta se parecen al amor, a la sensación del amor en las personas. Ese calorcito que aviva las manos entumecidas, esa maravillosa conmoción de ver la luz cuando acabas de atravesar una zona de oscuridad. Se acerca el día de San Valentín, el día del amor y la amistad, esa fecha inventada por la mercadotecnia para vender más, para que la gente corra enloquecida a las vitrinas a comprar corazones de chocolate, rosas rojas, ositos encerrados en globos con un letrero de “Eres especial”, tazas decoradas con cupidos con el mango en forma de corazón, camisetas rojas, portarretratos, conejos de peluche vestidos de mariachis rojos, sábanas con corazoncitos, condones rojos. Y qué decir de la música de los altoparlantes que los comerciantes ponen en las calles con canciones como Mujeres, Contigo Aprendí, Miel y Rosas. Demuéstraselo, dice la publicidad, ahora es el momento. Es febrero, mes del amor. Por favor ¿De qué sirve llevarle a esa mujer un enorme ramo de rosas y un costoso diamante si el resto del año va a comportarse como un patán? ¿O despertarlo con un beso para después reclamarle su carencia de romanticismo? Me puse a reflexionar acerca del amor que me rodea, de cuánto amor hay en mi vida, qué privilegio. El amor nos vuelve niños, lo lúdico se apodera nosotros, somos capaces de guiñarle un ojo a la adversidad, de cantarle a las nubes y hacer travesuras. El resto del mundo se puede caer, cae, se desmorona, pero con el amor, esa poderosa fuente de transformación, nada importa, más que estar ahí, viviendo ese momento mágico y experimentándolo hasta en las uñas de los pies. Me viene a la mente una frase que el anfitrión del Nido del Tecolote tiene en su biblioteca: “El amor… que no sea inmortal puesto que es llama, pero que sea infinito… mientras dure”. Fuente inagotable: nuestra enorme, inconmensurable capacidad de amar. El amor materno, fraterno, sensual, espiritual. El amor a los animales, a las plantas, a uno mismo. No hay límites. Pero no me quieran venir a decir cómo tengo que amar, o que compre esos chocolates para demostrarle que aguanto su aliento por las mañanas, o que deje SIEMPRE la pasta de dientes sin tapa. Todos tenemos nuestro corazoncito. Prefiero pensar en el mío como un órgano intenso, salvaje, al que le gusta correr desbocado por las praderas soleadas del amor y a veces, cuando no queda más opción, por los pantanos de gris melancolía del desamor. Pero moviéndose, transformándose para crecer, para experimentar intensamente las vivencias, para conocer fronteras, explorar límites y no dejar de lado la alegría, que es la compañera más cercana que tiene la poderosa fuerza de atracción. Lástima que hoy amanecí tan solita. Ni modo. Quién sabe de dónde se me sale un poquito de tristeza, tal vez sea la luna que mengua. Alcanzo a ver por un pequeño resquicio entre la cortina y la ventana, un retazo de cielo. El sol brilla fuerte, parece que va a ser una jornada estupenda.

sábado, 31 de enero de 2009

Surreal

Terminamos pronto de comer. Queriendo aprovechar la luz de la tarde, salimos hacia nuestro destino en medio de una jornada límpida y fría. Esta vez el desierto lucía entre amarillo y gris, los colores del invierno. Se vía todo bastante desolado, a diferencia de otras épocas en las que su exhuberancia contrasta con el nombre desierto. Llegamos al pueblo por un camino lateral. Quedamos prácticamente empanizados luego de atravesar la fina capa de polvo que cubre al lugar. Una planta, una botella de vino, un abrazo. Unas mecedoras en el patio, junto a la banca de la iglesia que se encuentra a la sombra de la higuera. Una agradable conversación y las horas se deslizaban, los contornos de las cosas se difuminaban y un tono carmesí iluminaba el muro del oeste. Las perras Canica y Luna, así como Ladrón el gato, rondaban entre las piernas y se dedicaban de vez en cuando a chuparme los dedos de los pies, ante el enojo de su dueña. Salimos a caminar entre las casas, atravesamos la vía del tren y nos refugiamos en la conversación que une a dos amigas desde hace tiempo. Hablamos de la vida, del amor y el desamor y de tantas cosas que necesitan un hueco y refugio donde ser guardadas, escuchadas y asimiladas para poder seguir adelante y que no llegue el impulso demencial de arrancarse los cabellos y correr hacia la nada. Regresamos a la casa, a planear la cena. Luego subimos a la camioneta y despegamos hacia la cantina de don Toño. Se trata de un pequeña y escuálida habitación, con dos bolsas de papitas en un anaquel semivacío, donde descansan solitarias unas latas de atún cubiertas de polvo y unas galletas saladas con la envoltura desteñida. Hay una barra semicircular detrás de la cual ve pasar el mundo el señor Toño. Una televisión desvencijada transmite la telenovela del momento. La conversación gira en torno al cine, a las películas clonadas que se consiguen en Matehuala, de cine no hollywoodiano. Hablámos de Inspector Closeau, de Kurosawa, de Fellini, de Klaus Kinski y fuimos hacia el cine español. Allí comencé a platicar Mar Adentro, del director Amenábar. Uno de los parroquianos habló de la historia de su amigo a quien le detectaron tumor cerebral a los 39 años. Diagnóstico fatal. Fue operado pero quedó en coma irreversible y fue desconectado, previa instrucción por sus familiares. Así que el tema era controversial. En esas estábamos cuando un hombre alto, con unos ojos perturbadoramente verdes y en completo estado de ebriedad se asomó por la ventanita del expendio para comprar cerveza y cigarros. Nos preguntó en modo brusco nuestro origen. Resultó que estábamos hablando con un sobreviviente del maremoto de St Martin. Vivía en la isla trabajando como traductor cuando inesperadamente, como suele suceder con la madre naturaleza cuando se enfurece, llegó una enorme ola arrasando todo a su paso. El sujeto alcanzó a sostenerse de unos hierros en la pared del cuarto donde se encontraba. El nivel del agua subió a lentamente en pocos segundos y solo su cara quedó fuera de ella. Logró sobrevivir y aquí estaba, en el desierto, contando su historia. Nos invitó a la fiesta, gran pachanga en Ranchito de Coronados. Vámonos al baile, dijo. Pero no, preferimos la noche estrellada y las lentejas con pasta. Y entre tantos alucines internacionales, caímos en el argumento del ejido de Catorce y las willis de antes, que solo podían transportar al máximo unas ocho personas, no como las de ahora que llevan hasta treinta. Y de allí pasamos al tema de los hijos y sus pininos en el mundo del amor, de las novias, de la emoción que recorre las entrañas, de los sueños húmedos y esos inconvenientes granitos en la cara el día de la cita. El frio atenazaba los huesos y decidimos volver al calor del hogar. La cena estuvo deliciosa, los niños, cansados ya de tanto jugar, querían volver a casa. Emprendimos el regreso en medio de la noche. Las estrellas vibrando allá en lo alto. Las únicas luces eran las de los trenes que cual espectros en la madrugada, avanzaban irremisiblemente hacia el destino que les aguardaba, así como nosotros, cuando atravesamos la vía y fuimos dejando atrás ese mundo surreal.

De mi amiga Ingrid

Vive tu vida de tal manera que cuando tus pies toquen el suelo cada mañana,el diablo se estremezca y diga...
¡¡¡En la madre.... ya se levantó!!!