sábado, 25 de abril de 2009

Temazcal

Nos tocó un jeep con asiento en el techo. Parecía una sala de reinas allá arriba. Bajamos por la Cuesta de los Arrepentidos, riendo y dejando que el viento nos despeinara las ideas. Éramos la avanzada de un grupo de mujeres. El plan, reunirnos en un punto del desierto para hacer un temazcal. Las demás todavía no terminaban de trabajar, así que nosotras, las tres del sillón, nos habíamos adelantado. Llegamos a Estación Catorce y de allí Leonardo nos llevó a Wadley. Don Juan no estaba, ya se había ido a preparar todo. Así que, luego de una visita a la tiendita por cervezas, nos dirigimos al lugar. Cómo no había llovido aún, el camino estaba tan lleno de polvo que cuando llegamos teníamos el cabello gris. Nos instalamos en una de las cabañas, recorrimos el lugar, conocimos a los encargados y luego nos fuimos a la alberca. Es un paisaje particular, una piscina semivacía en el medio del desierto. Eso sí, pintada de turquesa y con palapas en torno. Pasamos el resto de la tarde tomando baños de sol y carcajeándonos de todo. En eso, vimos una nube de polvo aproximándose por el camino, eran las demás. El fuego había estado prendido desde hacía horas, así que nos avisó doña Teodora que el temazcal estaba listo. Se trata de un temazcal no ritual, es decir que no sigue una tradición específica sino que es únicamente como una sauna. Entramos al recinto de adobe, comenzaron a traer las piedras calientes. Mientras tanto, la señora sentada en una silla nos pasó unas pencas de sábila para untarnos en el cuerpo. Éramos nueve mujeres. En la oscuridad nos quitamos la ropa y nos cubrimos de esa maravillosa planta. Teodora rociaba las piedras con agua. Poco a poco el vapor fue inundando el espacio. Tomamos un rico te de hierbas, entonamos mantras y cantos de diferentes partes del mundo, hablamos, hicimos nuestros rezos, pedimos por los niños del planeta y por la gente enferma, por los ancianos, las plantas y los animales. Por mi parte, sentía en la piel la vibración de la música y en los huesos una tibieza que venía necesitando desde hacía tiempo.
Fue relajante y apaciguador. Estar adentro de ese recinto es como regresar al vientre materno, como volver a la esencia de uno y sentirse dentro de la célula primigenia, del ADN universal. Al salir, el sol se estaba ocultando y soplaba ese viento frío que siempre asombra en el altiplano luego de una jornada de intenso calor. La piel estaba caliente y al contacto con el aire los poros se contrajeron. Qué sensación tan poco agradable, esa de salir del huevo para enfrentar la cruel realidad. Entonces corrimos a donde se encuentra una pequeña tina y don Juan prendió el mecanismo. De un tubo muy ancho, comenzó a salir agua caliente, maravillosa, fuerte, renovadora. Cómo niñas nos pusimos a juguetear entre las burbujas. Mientras, a nuestro alrededor el desierto se teñía de dorado y el disco del sol en el horizonte nos llenaba los ojos de un rojizo y misterioso resplandor.
Cuando salimos, ya la oscuridad se cernía entre los cactus. Fuimos a cambiar nuestras ropas. Compartimos aceites, esencias, risas y masajes. La armonía del ambiente no dejaba lugar a dudas: estábamos todas conectadas en una frecuencia femenina, humana, creativa y solidaria.
Las señoras nos habían preparado un caldito de verduras, que tomamos acompañado de tortillas de maíz que ellas mismas estaban elaborando en el comal. Luego, volvimos a la cabaña. Nos arropamos y prendimos un fuego bajo las estrellas, tomamos vino compartiendo los dos únicos vasos que habíamos traído. El cielo estaba nublado allá al fondo. Por el rumbo del cerro de El Barco, destellaban los rayos de una formidable tormenta de primavera. Pero sobre nuestras cabezas, las constelaciones nos susurraban antiguos cánticos, mientras la piel seguía vibrando y agradeciendo ese lujo, ese apapacho. Dormimos como niñas pequeñas, envueltas en la tibia cobija de los muros de adobe y el techo de garrocha. Mientras me deslizaba en la bruma del sueño, tuve la sensación de que todas las mujeres antiguas, nuestras ancestrales abuelas desde el principio de todos los tiempos, nos rodeaban para envolvernos en un cálido y amoroso abrazo.

lunes, 30 de marzo de 2009

Sutil polvo dorado

Salí temprano, acompañada de los perros. Hay que romper esquemas, le dije a la nueva yo que estoy tratando de crear. Mezclando varios ingredientes, la noche anterior había realizado un ritual personal en el cual puse todas mis intenciones para amasarme de nuevo, reinventarme, ya que como las serpientes, el traje que andaba vistiendo estaba deformado y decidí cambiar de piel. Así que al día siguiente, salí al monte. Nada como el equinoccio para los cambios. Decidí a subir a esa montaña donde nunca estuve antes, a pesar de que llevo varios años viviendo aquí. Una niebla matinal se posaba suavemente en la ladera, que comenzaba a reverdecer con el efecto del despertar que trae la primavera. Magueyes, nopales, lechuguillas, garrochas, palmas y lo más sorprendente: flores de todos los colores. Creo que pocas cosas son tan asombrosas como el poder observar una flor en medio de las espinas, con tonos brillantes, erguiéndose orgullosa ofreciendo su belleza al sol y al viento. Al llegar a la cima, me recosté entre las piedras. Desde allí se divisa el cerro sagrado, el desierto, el pueblo y las montañas de la sierra de Catorce. Me coloqué en posición fetal y me dejé abrazar por la energía del planeta. Luego, me puse a observar las figuras que formaban las nubes. Encontré algunas muy interesantes: una piedra rodeada de éter y el ala de un fénix. Qué agradable sensación de paz. Desee con todas mis fuerzas en ese momento ser capaz de dejar atrás todos mis apegos, tan completa me sentía con esa maravilla a mi alrededor. Los perros se recostaron a mi lado, fieles compañeros y con el pasar de las horas, el sol fue calentando de a poquito mis entumidos huesos. La bajada fue más complicada. Estuve a punto de caer al vacío, pero con prudencia logré volver. Luego me fui a pueblo con una flor apoyada en la mejilla y la tarde fluyó diferente. Es increíble como un acto tan sencillo puede cambiar la realidad. Basta sólo dejar entrar un poco de magia en nuestras vidas. ¿La magia? La magia es una cosa muy seria. Un modo diferente de interpretar las cosas, una manera más interesante y más creativa de lo común porque combina el arte con el gusto de jugar con la materia. La magia es algo que nos transmuta. El arte nos cura. El proceso creativo lleva en sí un inmenso poder de transformación. Eso lo dice Terzani que es uno de mis autores de cabecera. Así que por qué no convertirnos todos en hechiceros de nuestra realidad, en alquimistas, en juguetones duendes para transformar la sordidez en belleza, para reír en vez de llorar, para gozar en vez de sufrir. Claro, ahora que estoy aquí escribiéndolo pareciera tan sencillo, una básica fórmula a conjurar en momentos aciagos. La realidad se impone con fuerza avasalladora y lo cotidiano, muchas veces no da tregua; porque es más fácil sentarse en esa cómoda y cálida sillita que salir a ver el mundo desde otra ventana. Dice Jodorowsky, otro que pernocta en mi mesa de luz, que en general los comportamientos humanos están motivados por fuerzas inconscientes, cualesquiera que puedan ser las explicaciones racionales que les atribuyamos después. El mismo mundo no es homogéneo sino amalgama de influencias misteriosas. También dice que es posible, a través de actos creativos y conscientes enviar mensajes al inconsciente para sanar. Yo creo en sanar no sólo como individuos sino como grupo. Poder dejar atrás las nubes radiactivas que se vislumbran cada vez más cercanas en el horizonte de los tiempos venideros. Y que la violencia y la oscuridad no imperen o predominen por sobre todas las cosas. La magia, definitivamente, es necesaria en este proceso. Y para ello debemos dejar atrás la racionalidad y las explicaciones que pasan a través de la mente. Por eso, cuando crea imposible continuar, cuando una espuma grisácea codicie envolverme en su manto de olvido, quiero cerrar los ojos y volver a la montaña. Dejar que el viento acaricie mis dudas y las nubes sigan susurrándome secretos y ecuaciones para resolver el enigma, a dónde está la salida del laberinto de espejos. Y que el ala del fénix baje desde lo alto a tocar mi cabeza con sus plumas tornasol para que los ojos resplandezcan ante la maravilla de la vida y que un sutil polvo dorado me impregne la nueva piel.

sábado, 21 de marzo de 2009

Eutanasia

De parte de Miguel Sirio
Anoche mi mamá y yo estábamos sentados en la sala hablando de las muchas cosas de la vida... entre otras... estábamos hablando de la idea de vivir o morir. Le dije: 'Nunca me dejes vivir en estado vegetativo, dependiendo de máquinas y líquidos de una botella. Si me ves en ese estado, desenchufa los artefactos que me mantienen vivo, prefiero morir. Entonces, mi mamá se levantó con una cara de admiración... !!!!!!!!!!!! !!!!!!!!! !!!! Y me desenchufó el televisor, el cable, el sky, el DVD, la computadora, el nextel, el ipod, el stereo, el mini split, el Xbox y me tiró todas las cervezas! Putamadre .... CASI ME MUERO!!!
La paz es posible.

miércoles, 18 de marzo de 2009

La nube radiactiva

Las Vegas 7 km, anunciaba el pequeño letrero a la orilla de la carretera. Era temprano en el desierto. Llegué a ese lugar porque distinguí por ese rumbo una enorme nube negra, contrastando con los tonos anaranjados del amanecer. Algo se estaba quemando allá. Encontré una malla ciclónica y una garita pequeña, donde un guardia entumecido me observaba con curiosidad. Me bajé del vehículo y caminé hacia él. Salió a buscarme y preguntar que se le ofrece a usté. Tenía un arma colgada del hombro, caray. Sólo estoy paseando le dije. Me explicó que ese era un rancho de jitomates, propiedad privada y que no podía pasar. Mientras, en el cielo la nube iba gradualmente esfumándose y con ella mis ganas de seguir adelante en vista de tal recibimiento. Como que algo se está quemando ¿no? Yo no veo nada, me contestó. Bien, mi desarrollado sentido de la oportunidad, junto con la cara del señor y una fuerte sensación comúnmente conocida como mearse en los pantalones, me animaron a dar la vuelta y volver por donde había llegado. Rancho de jitomates, si cómo no. Ya bastante lejecitos, un impetuoso gusto por la aventura me jalaba a regresar. Pero hube de dominar mis más profundas propulsiones y volver al mundo real. ¿Al mundo real? Pero si ese mundo es ahora parte de nuestra cotidianidad. Soldados que viajan en convoy, retenes en las carreteras, comandos armados hasta los dientes en la plaza, revisiones donde te esculcan hasta el monedero, voces aquí y allá. Descabezados y macabras cartas de advertencia escritas con sangre. Tiroteos afuera de las escuelas, motines en las cárceles, crisis individuales y grupales, pistolas en la secundaria. Un hombre mata a balazos a otro porque había mucho tráfico. Cuatro millones de personas pierden su trabajo en tres meses. El mundo a nuestro alrededor se está cayendo. Para ayudarnos a combatir el mal, más violencia, se declara una guerra. Definitivamente, los seres humanos no terminamos de entender. No hemos aprendido aún los preceptos de Gandhi, uno de las mentes más lúcidas que han habitado el planeta. “La humanidad no puede liberarse de la violencia más que por medio de la no violencia. No hay camino para la paz, la paz es el camino. La violencia es el miedo a los ideales de los demás”. Secuestros, robos, asaltos, miseria, desempleo, muerte, muerte en Palestina, muerte en el mundo, extinción de flora y fauna, crimen, hambre que es otro tipo de violencia, crisis alimentaria mundial, transgénicos y nanotecnología puesta al servicio del poder y del dinero. Una catástrofe completa. Por eso no me extrañó que en el microcosmos desertero, que no es sino un reflejo del macrocosmos de allá afuera, se apareciera en medio de la nada una nube radiactiva. Me pregunto si no será una manifestación física del caos en que estamos inmersos.

martes, 10 de marzo de 2009

¿Planeta tierra?

Camino cuadras y cuadras para llegar al centro. La feria está en su apogeo. Fuertes luces me atraen hacia un pasillo donde venden panes de nata. Destellan apetitosos y brillantes bajo el neón. Algunos en forma de corazón con leyendas como: “Para mamita, Mi güera, Mi gallo, Mi gorda latosa, Toda la raza”. Pasa un señor cargado de crucifijos de madera. Siguiendo por el pasillo, hay platería, mercancía china, puestos de fruta y verdura, los vendedores de cobijas con micrófono, elotes asados, dulces, canicas, dardos, reloj de la virgen de Guadalupe con luces como caleidoscopio, jarros. Todos los comerciantes con su tele, la gente arreglada, bicicletas, herramientas, gordos cenando tacos, diademas, ollas, niños con rifles de juguete, bolsas con sorpresa: Todo a cinco pesos, Todas tienen premio. Hasta me encuentro a Boy George y su puesto de trenzas. Cinturones, algodón de azúcar, una familia come elotes apartada en un rincón. Carros chocadores, montañas de basura, futbolitos, los muchachos en fila viendo pasar a las chicas guapas, el dragón, la cara de felicidad de los niños, una familia espera a la abuelita que viene despacito con su andador, una niña con capacidades diferentes en silla de ruedas mira pasar al gentío. Una pequeña perrita llamada Princesa, sostenida por una niña con diadema de Topo Gigio y otra niña junto a ella con una diadema de mariposas. Muchos puestos venden el cubo mágico que tan famoso se hiciera en los ochentas. Un comerciante pide le vayan a comprar más bolsas de plástico, ya se le acabaron. Hay un concierto de música ranchera, un señor mira la hora, una mujer que viste escotada blusa rosa adornada con lentejuelas pasa cargando velas. Fuegos artificiales, matachines, la gente lleva cirios de un metro adornados con flores. Un señor jorobado vende garapiñados, muchas abuelitas afuera de la iglesia, llega una señora en silla de ruedas le falta una pierna, un bebé duerme en brazos de su madre, la iglesia está abarrotada y afuera la plaza también. Hay mucho humo, todos corren, una señora gorda con cinco hijos come papitas con esa bomba estomacal llamada salsa Valentina y cada uno de los niños tiene una bolsa con el mismo contenido. En medio de la multitud un muchacho de pie juega con su celular. En los juegos mecánicos hay uno llamado La Casa Loca del cual baja una mujer; va saliendo con la cara verde, parece que está a punto de vomitar, la gente a su alrededor mira y se detiene, expectante. La escena se congela en instantes, los olores, los colores los sonidos. Una mamá con carriola de un lado y empujando un niño del otro. De repente la mirada tropieza con un puesto increíble ¿libros? No lo puedo creer, “Cortes y Peinados, la sagrada Biblia, Cocteles, El poder curativo de los hongos, Enfermería, Me divierto y Aprendo y el más fantástico título: Feng shui para mexicanos.
Las campanas alegran la noche. Otro puesto con pupilentes fresh look, perfumes y labiales. Lotería, venados de cerámica sobre cajas de huevo San Juan, cuadros, la Mona Lisa junto a Piolín; ella tiene un gato en el cuello, un conejo en la mano y dos columnas en el pelo. Un puesto de tiro al blanco en el que hay calaca sentada en una silla y otra vestida de Niurka con dos enormes naranjas colgándole enfrente y una faldita tipo hawaiano, me acerco curiosa y el señor me dice, ándele, juéguele ¡Hágala enojar!
¿Estoy en el planeta tierra? Parece que sí.

sábado, 14 de febrero de 2009

Que sea infinito

Alba helada. El despertador sonó y en la bruma del sueño, asomé la nariz por debajo del edredón. Frio intenso en la habitación. La noche anterior había estado bebiendo oporto, sentada escribiendo, así que la cabeza no se me terminaba de despejar. Levanté a los niños para ir a la escuela. El más grande, que ya tiene novia, se puso un arete, una arracada, pero se le infectó la oreja, así que hube de prestarle primeros auxilios. La pequeña, somnolienta se negaba a levantarse de la cama. Despacito se fue acomodando la mañana. Antes de salir, ella me pidió que le pusiera una canción: “Here comes the sun” de The Beatles. Y aunque el aliento se congelaba al aflorar de la boca, el sol efectivamente comenzaba a calentar. De regreso en el lecho, se me ocurrió que los rayos solares en una mañana como ésta se parecen al amor, a la sensación del amor en las personas. Ese calorcito que aviva las manos entumecidas, esa maravillosa conmoción de ver la luz cuando acabas de atravesar una zona de oscuridad. Se acerca el día de San Valentín, el día del amor y la amistad, esa fecha inventada por la mercadotecnia para vender más, para que la gente corra enloquecida a las vitrinas a comprar corazones de chocolate, rosas rojas, ositos encerrados en globos con un letrero de “Eres especial”, tazas decoradas con cupidos con el mango en forma de corazón, camisetas rojas, portarretratos, conejos de peluche vestidos de mariachis rojos, sábanas con corazoncitos, condones rojos. Y qué decir de la música de los altoparlantes que los comerciantes ponen en las calles con canciones como Mujeres, Contigo Aprendí, Miel y Rosas. Demuéstraselo, dice la publicidad, ahora es el momento. Es febrero, mes del amor. Por favor ¿De qué sirve llevarle a esa mujer un enorme ramo de rosas y un costoso diamante si el resto del año va a comportarse como un patán? ¿O despertarlo con un beso para después reclamarle su carencia de romanticismo? Me puse a reflexionar acerca del amor que me rodea, de cuánto amor hay en mi vida, qué privilegio. El amor nos vuelve niños, lo lúdico se apodera nosotros, somos capaces de guiñarle un ojo a la adversidad, de cantarle a las nubes y hacer travesuras. El resto del mundo se puede caer, cae, se desmorona, pero con el amor, esa poderosa fuente de transformación, nada importa, más que estar ahí, viviendo ese momento mágico y experimentándolo hasta en las uñas de los pies. Me viene a la mente una frase que el anfitrión del Nido del Tecolote tiene en su biblioteca: “El amor… que no sea inmortal puesto que es llama, pero que sea infinito… mientras dure”. Fuente inagotable: nuestra enorme, inconmensurable capacidad de amar. El amor materno, fraterno, sensual, espiritual. El amor a los animales, a las plantas, a uno mismo. No hay límites. Pero no me quieran venir a decir cómo tengo que amar, o que compre esos chocolates para demostrarle que aguanto su aliento por las mañanas, o que deje SIEMPRE la pasta de dientes sin tapa. Todos tenemos nuestro corazoncito. Prefiero pensar en el mío como un órgano intenso, salvaje, al que le gusta correr desbocado por las praderas soleadas del amor y a veces, cuando no queda más opción, por los pantanos de gris melancolía del desamor. Pero moviéndose, transformándose para crecer, para experimentar intensamente las vivencias, para conocer fronteras, explorar límites y no dejar de lado la alegría, que es la compañera más cercana que tiene la poderosa fuerza de atracción. Lástima que hoy amanecí tan solita. Ni modo. Quién sabe de dónde se me sale un poquito de tristeza, tal vez sea la luna que mengua. Alcanzo a ver por un pequeño resquicio entre la cortina y la ventana, un retazo de cielo. El sol brilla fuerte, parece que va a ser una jornada estupenda.

sábado, 31 de enero de 2009

Surreal

Terminamos pronto de comer. Queriendo aprovechar la luz de la tarde, salimos hacia nuestro destino en medio de una jornada límpida y fría. Esta vez el desierto lucía entre amarillo y gris, los colores del invierno. Se vía todo bastante desolado, a diferencia de otras épocas en las que su exhuberancia contrasta con el nombre desierto. Llegamos al pueblo por un camino lateral. Quedamos prácticamente empanizados luego de atravesar la fina capa de polvo que cubre al lugar. Una planta, una botella de vino, un abrazo. Unas mecedoras en el patio, junto a la banca de la iglesia que se encuentra a la sombra de la higuera. Una agradable conversación y las horas se deslizaban, los contornos de las cosas se difuminaban y un tono carmesí iluminaba el muro del oeste. Las perras Canica y Luna, así como Ladrón el gato, rondaban entre las piernas y se dedicaban de vez en cuando a chuparme los dedos de los pies, ante el enojo de su dueña. Salimos a caminar entre las casas, atravesamos la vía del tren y nos refugiamos en la conversación que une a dos amigas desde hace tiempo. Hablamos de la vida, del amor y el desamor y de tantas cosas que necesitan un hueco y refugio donde ser guardadas, escuchadas y asimiladas para poder seguir adelante y que no llegue el impulso demencial de arrancarse los cabellos y correr hacia la nada. Regresamos a la casa, a planear la cena. Luego subimos a la camioneta y despegamos hacia la cantina de don Toño. Se trata de un pequeña y escuálida habitación, con dos bolsas de papitas en un anaquel semivacío, donde descansan solitarias unas latas de atún cubiertas de polvo y unas galletas saladas con la envoltura desteñida. Hay una barra semicircular detrás de la cual ve pasar el mundo el señor Toño. Una televisión desvencijada transmite la telenovela del momento. La conversación gira en torno al cine, a las películas clonadas que se consiguen en Matehuala, de cine no hollywoodiano. Hablámos de Inspector Closeau, de Kurosawa, de Fellini, de Klaus Kinski y fuimos hacia el cine español. Allí comencé a platicar Mar Adentro, del director Amenábar. Uno de los parroquianos habló de la historia de su amigo a quien le detectaron tumor cerebral a los 39 años. Diagnóstico fatal. Fue operado pero quedó en coma irreversible y fue desconectado, previa instrucción por sus familiares. Así que el tema era controversial. En esas estábamos cuando un hombre alto, con unos ojos perturbadoramente verdes y en completo estado de ebriedad se asomó por la ventanita del expendio para comprar cerveza y cigarros. Nos preguntó en modo brusco nuestro origen. Resultó que estábamos hablando con un sobreviviente del maremoto de St Martin. Vivía en la isla trabajando como traductor cuando inesperadamente, como suele suceder con la madre naturaleza cuando se enfurece, llegó una enorme ola arrasando todo a su paso. El sujeto alcanzó a sostenerse de unos hierros en la pared del cuarto donde se encontraba. El nivel del agua subió a lentamente en pocos segundos y solo su cara quedó fuera de ella. Logró sobrevivir y aquí estaba, en el desierto, contando su historia. Nos invitó a la fiesta, gran pachanga en Ranchito de Coronados. Vámonos al baile, dijo. Pero no, preferimos la noche estrellada y las lentejas con pasta. Y entre tantos alucines internacionales, caímos en el argumento del ejido de Catorce y las willis de antes, que solo podían transportar al máximo unas ocho personas, no como las de ahora que llevan hasta treinta. Y de allí pasamos al tema de los hijos y sus pininos en el mundo del amor, de las novias, de la emoción que recorre las entrañas, de los sueños húmedos y esos inconvenientes granitos en la cara el día de la cita. El frio atenazaba los huesos y decidimos volver al calor del hogar. La cena estuvo deliciosa, los niños, cansados ya de tanto jugar, querían volver a casa. Emprendimos el regreso en medio de la noche. Las estrellas vibrando allá en lo alto. Las únicas luces eran las de los trenes que cual espectros en la madrugada, avanzaban irremisiblemente hacia el destino que les aguardaba, así como nosotros, cuando atravesamos la vía y fuimos dejando atrás ese mundo surreal.

De mi amiga Ingrid

Vive tu vida de tal manera que cuando tus pies toquen el suelo cada mañana,el diablo se estremezca y diga...
¡¡¡En la madre.... ya se levantó!!!

martes, 30 de diciembre de 2008

El jardín mágico

Por Mercedes Aquino
Amanecí sentada en el jardín mágico de la creación. Por todos lados temblaba la vida alrededor. Los olores de ese hechizante despertar inundaban mi olfato sensibilizado por el deleite del momento. El sabor del jugo y los hielos tintineando en el vaso con el líquido ambarino invitaban al goce más puro. Los tonos anaranjados del amanecer llenaban mis ojos azorados, dorados. Y la risa, qué poderosa fuerza de transformación. Una suave melodía me transportaba al infinito, mientras volátil jugaba con los sonidos y los colores que iban formando las notas. Me imaginé flor y fruto, nadando en el mundo de la música. Viajando con los acordes y silencios de la vibración cósmica de la creación, de lo que estamos hechos.
Así amanecí, traspasando una de las puertas secretas de la percepción, me adentré en un mundo nuevo y a la vez ancestral, olvidado en la cotidianeidad. Que dulce despertar, que dulce imaginar sus brazos apretándome fuerte y su calor masculino envolviéndome con amor y sosiego. Porque en ese momento estaba completamente sola, pero él estaba conmigo. Parte del todo. No tenía apremio de su presencia, bastaba sólo imaginarme apoyada en su pecho, respirando su olor a canela y sábanas secadas al sol de mediodía. Me tomaba por la cintura y aproximaba su lengua al cuello, pero antes de hacer contacto con la piel, se detenía y dejaba que mi olor penetrara hasta lo más recóndito de su fibra emotiva. Se acercaba despacio y como si fuera un instrumento del cual puede extraerse una hermosa melodía, con sus delicados dedos iba encendiendo los acordes de una música en mi cuerpo que no dejaba de vibrar. Así, mientras alrededor explotaba la vida, con los ojos cerrados y los párpados acurrucados por el placer de la evocación, temblaba recordando la música que producimos juntos. Irradiaba calor y al vaivén de su respiro, imaginaba como lentamente sus manos recorrían mi espalda, mientras como un eco, resonaba la delicada conmoción que se genera cuando se une piel con piel, las manos de un músico tocando su instrumento, amando la infinita armonía de mi epidermis incitada con su delicado toque, recorriendo como si fuera una mariposa cada centímetro del espacio-universo-mujer. Despertando en cada roce la vibración de una cuerda exquisita y sensible, que produce un sonido maravilloso, ese que viene de las entrañas y a la vez del más sublime espacio intangible, dentro del cual se pierden y reencuentran las notas producidas por el sortilegio del amor.
Hay días así, en que todo está acomodado en su lugar, las cosas donde debieran estar. Los sentidos despiertos, la emoción a flor de piel. Lo cotidiano se vuelve mágico si enfoco la visión desde otra perspectiva y logro bajarme del tren del hastío, que a veces insiste en quererme llevar. El equilibrio, la armonía y la música de este maravilloso jardín, junto con todas las esferas luminosas que chisporrotean ante mis ojos y que son células, me susurran: vida, vida….

viernes, 5 de diciembre de 2008

Matrix

Por Mercedes Aquino
Llegamos a la gran ciudad por el lado norte. Un olor a orina rancia inundaba los pasillos del autobús. Jet Li seguía peleándose con Jackie Chan en la tele, era la tercera película del viaje. Algunas personas hablaban por teléfono, vamos en el cruce de tal y tal, llegaremos en unos minutos. Sí mamá, no te preocupes. Tráeme la chamarra verde que hace frio, etc. Recogí la mochila que estaba en el piso y me acerqué al chofer. Aquí se puede bajar, me dijo. Tome un taxi de sitio, no vaya a ser la de malas. Se abrió la puerta y el olor de la ciudad sustituyó al de los orines. Una cantidad enorme de microbuses desfilaba a gran velocidad, los puestos de periódico estaban cerrando. En todos se veía la noticia del día. ¡No tienen madre! Frase de Nelson Vargas, luego de un año del secuestro de su hija y los nulos resultados de la investigación. Había varios puestos de fritangas y tacos en fila junto a la carretera, cuyos propietarios gritaban a voz de cuello: Aquí tenemos los mejores tacos, pásele. Encontré un taxi que me llevó al metro. Era la llamada hora pico, cuando todos salen del trabajo. Estaba a reventar. Ya perdí la costumbre de ver a tanta gente, creo que por eso trato de encogerme, de hacerme chiquita. Nadie me torteó, debe ser porque pasé mis años mozos, o tal vez por la expresión de mi cara: atrévete y verás. La mochila aferrada al pecho y las puertas se cerraron. Creí que me asfixiaba, se me hizo eterno el viaje. La expresión lata de sardinas se queda chica para definirlo. Strujan, empujan, bajan. Por fin, llegué al zócalo. Estaban instalando la pista de patinaje sobre hielo. Había una manifestación de microbuseros y el palacio nacional estaba iluminado. Me sorprendió ver el salón fumadores en que se han convertido las calles de la ciudad, con esto de la nueva ley. Campos de colillas adornan las losetas y jardineras. Me senté un momento, como que me estaba dando taquicardia. Junto a mí, un señor se cortaba las uñas con su alicate. Del otro lado, unos policías esperaban el cambio de turno, mientras miraban aburridos los traseros de las transeúntes. Llegué al hotel y me encerré un rato. Luego, ya más calmada, subí a la terraza y desde allí me dediqué a observar el movimiento de la ciudad, de este corazón que late a gran velocidad. Los seres diurnos se fueron alejando para dar paso a esa otra parte que late bajo la superficie. La noche cayó y con ella los olores fueron cambiando, los sonidos se transformaron al compás de las vidas que salen cuando el sol se va. Música lejana, la alarma de un coche. Una mujer gritando en el éxtasis del amor, o al menos complaciendo a algún cliente. Las cortinas metálicas de los negocios al cerrarse. Yo en la cama, sintiendo aún el vaivén de la carretera. Y en el fondo, como en sordina, el rumor que hace la gran urbe, la vibración de los millones de seres que viven, aman, mueren, sufren y ríen en este lugar. Al día siguiente salí tempranito a recorrer las calles. Una vitrina de dentaduras postizas se me apareció de repente. Dirigí mis pasos a la catedral metropolitana. Quise ver una vez más su maravilloso órgano (llámese instrumento musical). Luego, poco a poco la ciudad fue despertando y ya para las once el fragor era cacofónico y el olor, bueno característico digamos. Pasé frente al edificio de Betlemitas que tuve ocasión de recorrer alguna vez cuando lo estaban restaurando, bajo la guía apasionada de mi hermana la arqueoloca. Luego me encontré la torre latino, la librería, el palacio de Bellas Artes y tantos lugares contrastantes que tiene el centro histórico. Fui a tomar el consabido cafecito a un lugar donde los viejitos leen el periódico y mojan su pan dulce en humeantes tazas, al tiempo que comentan los avatares de este lugar increíble. Luego encaré con singular valentía el encargo de la maestra de ballet de Real: mallas y zapatillas para todos sus alumnos. No hay pierde, me dijo, vas a la calle de Corregidora y allí está el negocio. Al llegar, me encontré con tres cuadras de fila llenas de tiendas del tema. Inhala paciencia, exhala frustración. Inhala, exhala, inhala, exhala. Luego de unos minutos me sentí mejor, sobre todo porque al final uno termina acostumbrándose y amando este barullo, este hervidero de humanidad. Seres anónimos, cada quien con su vida y una historia que contar, pero que cuando los ves en la calle, atravesando en montón el eje, dan la impresión de que somos todos una gigantesca unidad que se tomó sin querer la píldora azul de Morfeo. Incluso algunos tienen cara de agentes, entonces el juego se vuelve divertido. Ya con los pies hinchados y la mochila cargada, incluyendo un kilo de delicioso café de altura molido express, corrí literalmente a la central camionera. Me dieron mi lunch de pan blanco aplastado con jamón y chile en bolsita de la compañía, mi lata de refresco y unos cacahuates de pilón. Me relajé en el asiento, se encendieron las teles del autobús y empezó la primera película del viaje. Me dije: seguro va a ser Matrix. Pero no, el destino quiso que fuera El Santo contra las momias de Guanajuato, versión remasterizada. Al lado, un señor enorme que ocupaba los dos asientos, roncó durante todo el camino.
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