Las Vegas 7 km, anunciaba el pequeño letrero a la orilla de la carretera. Era temprano en el desierto. Llegué a ese lugar porque distinguí por ese rumbo una enorme nube negra, contrastando con los tonos anaranjados del amanecer. Algo se estaba quemando allá. Encontré una malla ciclónica y una garita pequeña, donde un guardia entumecido me observaba con curiosidad. Me bajé del vehículo y caminé hacia él. Salió a buscarme y preguntar que se le ofrece a usté. Tenía un arma colgada del hombro, caray. Sólo estoy paseando le dije. Me explicó que ese era un rancho de jitomates, propiedad privada y que no podía pasar. Mientras, en el cielo la nube iba gradualmente esfumándose y con ella mis ganas de seguir adelante en vista de tal recibimiento. Como que algo se está quemando ¿no? Yo no veo nada, me contestó. Bien, mi desarrollado sentido de la oportunidad, junto con la cara del señor y una fuerte sensación comúnmente conocida como mearse en los pantalones, me animaron a dar la vuelta y volver por donde había llegado. Rancho de jitomates, si cómo no. Ya bastante lejecitos, un impetuoso gusto por la aventura me jalaba a regresar. Pero hube de dominar mis más profundas propulsiones y volver al mundo real. ¿Al mundo real? Pero si ese mundo es ahora parte de nuestra cotidianidad. Soldados que viajan en convoy, retenes en las carreteras, comandos armados hasta los dientes en la plaza, revisiones donde te esculcan hasta el monedero, voces aquí y allá. Descabezados y macabras cartas de advertencia escritas con sangre. Tiroteos afuera de las escuelas, motines en las cárceles, crisis individuales y grupales, pistolas en la secundaria. Un hombre mata a balazos a otro porque había mucho tráfico. Cuatro millones de personas pierden su trabajo en tres meses. El mundo a nuestro alrededor se está cayendo. Para ayudarnos a combatir el mal, más violencia, se declara una guerra. Definitivamente, los seres humanos no terminamos de entender. No hemos aprendido aún los preceptos de Gandhi, uno de las mentes más lúcidas que han habitado el planeta. “La humanidad no puede liberarse de la violencia más que por medio de la no violencia. No hay camino para la paz, la paz es el camino. La violencia es el miedo a los ideales de los demás”. Secuestros, robos, asaltos, miseria, desempleo, muerte, muerte en Palestina, muerte en el mundo, extinción de flora y fauna, crimen, hambre que es otro tipo de violencia, crisis alimentaria mundial, transgénicos y nanotecnología puesta al servicio del poder y del dinero. Una catástrofe completa. Por eso no me extrañó que en el microcosmos desertero, que no es sino un reflejo del macrocosmos de allá afuera, se apareciera en medio de la nada una nube radiactiva. Me pregunto si no será una manifestación física del caos en que estamos inmersos.
miércoles, 18 de marzo de 2009
martes, 10 de marzo de 2009
¿Planeta tierra?
Camino cuadras y cuadras para llegar al centro. La feria está en su apogeo. Fuertes luces me atraen hacia un pasillo donde venden panes de nata. Destellan apetitosos y brillantes bajo el neón. Algunos en forma de corazón con leyendas como: “Para mamita, Mi güera, Mi gallo, Mi gorda latosa, Toda la raza”. Pasa un señor cargado de crucifijos de madera. Siguiendo por el pasillo, hay platería, mercancía china, puestos de fruta y verdura, los vendedores de cobijas con micrófono, elotes asados, dulces, canicas, dardos, reloj de la virgen de Guadalupe con luces como caleidoscopio, jarros. Todos los comerciantes con su tele, la gente arreglada, bicicletas, herramientas, gordos cenando tacos, diademas, ollas, niños con rifles de juguete, bolsas con sorpresa: Todo a cinco pesos, Todas tienen premio. Hasta me encuentro a Boy George y su puesto de trenzas. Cinturones, algodón de azúcar, una familia come elotes apartada en un rincón. Carros chocadores, montañas de basura, futbolitos, los muchachos en fila viendo pasar a las chicas guapas, el dragón, la cara de felicidad de los niños, una familia espera a la abuelita que viene despacito con su andador, una niña con capacidades diferentes en silla de ruedas mira pasar al gentío. Una pequeña perrita llamada Princesa, sostenida por una niña con diadema de Topo Gigio y otra niña junto a ella con una diadema de mariposas. Muchos puestos venden el cubo mágico que tan famoso se hiciera en los ochentas. Un comerciante pide le vayan a comprar más bolsas de plástico, ya se le acabaron. Hay un concierto de música ranchera, un señor mira la hora, una mujer que viste escotada blusa rosa adornada con lentejuelas pasa cargando velas. Fuegos artificiales, matachines, la gente lleva cirios de un metro adornados con flores. Un señor jorobado vende garapiñados, muchas abuelitas afuera de la iglesia, llega una señora en silla de ruedas le falta una pierna, un bebé duerme en brazos de su madre, la iglesia está abarrotada y afuera la plaza también. Hay mucho humo, todos corren, una señora gorda con cinco hijos come papitas con esa bomba estomacal llamada salsa Valentina y cada uno de los niños tiene una bolsa con el mismo contenido. En medio de la multitud un muchacho de pie juega con su celular. En los juegos mecánicos hay uno llamado La Casa Loca del cual baja una mujer; va saliendo con la cara verde, parece que está a punto de vomitar, la gente a su alrededor mira y se detiene, expectante. La escena se congela en instantes, los olores, los colores los sonidos. Una mamá con carriola de un lado y empujando un niño del otro. De repente la mirada tropieza con un puesto increíble ¿libros? No lo puedo creer, “Cortes y Peinados, la sagrada Biblia, Cocteles, El poder curativo de los hongos, Enfermería, Me divierto y Aprendo y el más fantástico título: Feng shui para mexicanos.
Las campanas alegran la noche. Otro puesto con pupilentes fresh look, perfumes y labiales. Lotería, venados de cerámica sobre cajas de huevo San Juan, cuadros, la Mona Lisa junto a Piolín; ella tiene un gato en el cuello, un conejo en la mano y dos columnas en el pelo. Un puesto de tiro al blanco en el que hay calaca sentada en una silla y otra vestida de Niurka con dos enormes naranjas colgándole enfrente y una faldita tipo hawaiano, me acerco curiosa y el señor me dice, ándele, juéguele ¡Hágala enojar!
¿Estoy en el planeta tierra? Parece que sí.
Las campanas alegran la noche. Otro puesto con pupilentes fresh look, perfumes y labiales. Lotería, venados de cerámica sobre cajas de huevo San Juan, cuadros, la Mona Lisa junto a Piolín; ella tiene un gato en el cuello, un conejo en la mano y dos columnas en el pelo. Un puesto de tiro al blanco en el que hay calaca sentada en una silla y otra vestida de Niurka con dos enormes naranjas colgándole enfrente y una faldita tipo hawaiano, me acerco curiosa y el señor me dice, ándele, juéguele ¡Hágala enojar!
¿Estoy en el planeta tierra? Parece que sí.
sábado, 14 de febrero de 2009
Que sea infinito
Alba helada. El despertador sonó y en la bruma del sueño, asomé la nariz por debajo del edredón. Frio intenso en la habitación. La noche anterior había estado bebiendo oporto, sentada escribiendo, así que la cabeza no se me terminaba de despejar. Levanté a los niños para ir a la escuela. El más grande, que ya tiene novia, se puso un arete, una arracada, pero se le infectó la oreja, así que hube de prestarle primeros auxilios. La pequeña, somnolienta se negaba a levantarse de la cama. Despacito se fue acomodando la mañana. Antes de salir, ella me pidió que le pusiera una canción: “Here comes the sun” de The Beatles. Y aunque el aliento se congelaba al aflorar de la boca, el sol efectivamente comenzaba a calentar. De regreso en el lecho, se me ocurrió que los rayos solares en una mañana como ésta se parecen al amor, a la sensación del amor en las personas. Ese calorcito que aviva las manos entumecidas, esa maravillosa conmoción de ver la luz cuando acabas de atravesar una zona de oscuridad. Se acerca el día de San Valentín, el día del amor y la amistad, esa fecha inventada por la mercadotecnia para vender más, para que la gente corra enloquecida a las vitrinas a comprar corazones de chocolate, rosas rojas, ositos encerrados en globos con un letrero de “Eres especial”, tazas decoradas con cupidos con el mango en forma de corazón, camisetas rojas, portarretratos, conejos de peluche vestidos de mariachis rojos, sábanas con corazoncitos, condones rojos. Y qué decir de la música de los altoparlantes que los comerciantes ponen en las calles con canciones como Mujeres, Contigo Aprendí, Miel y Rosas. Demuéstraselo, dice la publicidad, ahora es el momento. Es febrero, mes del amor. Por favor ¿De qué sirve llevarle a esa mujer un enorme ramo de rosas y un costoso diamante si el resto del año va a comportarse como un patán? ¿O despertarlo con un beso para después reclamarle su carencia de romanticismo? Me puse a reflexionar acerca del amor que me rodea, de cuánto amor hay en mi vida, qué privilegio. El amor nos vuelve niños, lo lúdico se apodera nosotros, somos capaces de guiñarle un ojo a la adversidad, de cantarle a las nubes y hacer travesuras. El resto del mundo se puede caer, cae, se desmorona, pero con el amor, esa poderosa fuente de transformación, nada importa, más que estar ahí, viviendo ese momento mágico y experimentándolo hasta en las uñas de los pies. Me viene a la mente una frase que el anfitrión del Nido del Tecolote tiene en su biblioteca: “El amor… que no sea inmortal puesto que es llama, pero que sea infinito… mientras dure”. Fuente inagotable: nuestra enorme, inconmensurable capacidad de amar. El amor materno, fraterno, sensual, espiritual. El amor a los animales, a las plantas, a uno mismo. No hay límites. Pero no me quieran venir a decir cómo tengo que amar, o que compre esos chocolates para demostrarle que aguanto su aliento por las mañanas, o que deje SIEMPRE la pasta de dientes sin tapa. Todos tenemos nuestro corazoncito. Prefiero pensar en el mío como un órgano intenso, salvaje, al que le gusta correr desbocado por las praderas soleadas del amor y a veces, cuando no queda más opción, por los pantanos de gris melancolía del desamor. Pero moviéndose, transformándose para crecer, para experimentar intensamente las vivencias, para conocer fronteras, explorar límites y no dejar de lado la alegría, que es la compañera más cercana que tiene la poderosa fuerza de atracción. Lástima que hoy amanecí tan solita. Ni modo. Quién sabe de dónde se me sale un poquito de tristeza, tal vez sea la luna que mengua. Alcanzo a ver por un pequeño resquicio entre la cortina y la ventana, un retazo de cielo. El sol brilla fuerte, parece que va a ser una jornada estupenda.
sábado, 31 de enero de 2009
Surreal
Terminamos pronto de comer. Queriendo aprovechar la luz de la tarde, salimos hacia nuestro destino en medio de una jornada límpida y fría. Esta vez el desierto lucía entre amarillo y gris, los colores del invierno. Se vía todo bastante desolado, a diferencia de otras épocas en las que su exhuberancia contrasta con el nombre desierto. Llegamos al pueblo por un camino lateral. Quedamos prácticamente empanizados luego de atravesar la fina capa de polvo que cubre al lugar. Una planta, una botella de vino, un abrazo. Unas mecedoras en el patio, junto a la banca de la iglesia que se encuentra a la sombra de la higuera. Una agradable conversación y las horas se deslizaban, los contornos de las cosas se difuminaban y un tono carmesí iluminaba el muro del oeste. Las perras Canica y Luna, así como Ladrón el gato, rondaban entre las piernas y se dedicaban de vez en cuando a chuparme los dedos de los pies, ante el enojo de su dueña. Salimos a caminar entre las casas, atravesamos la vía del tren y nos refugiamos en la conversación que une a dos amigas desde hace tiempo. Hablamos de la vida, del amor y el desamor y de tantas cosas que necesitan un hueco y refugio donde ser guardadas, escuchadas y asimiladas para poder seguir adelante y que no llegue el impulso demencial de arrancarse los cabellos y correr hacia la nada. Regresamos a la casa, a planear la cena. Luego subimos a la camioneta y despegamos hacia la cantina de don Toño. Se trata de un pequeña y escuálida habitación, con dos bolsas de papitas en un anaquel semivacío, donde descansan solitarias unas latas de atún cubiertas de polvo y unas galletas saladas con la envoltura desteñida. Hay una barra semicircular detrás de la cual ve pasar el mundo el señor Toño. Una televisión desvencijada transmite la telenovela del momento. La conversación gira en torno al cine, a las películas clonadas que se consiguen en Matehuala, de cine no hollywoodiano. Hablámos de Inspector Closeau, de Kurosawa, de Fellini, de Klaus Kinski y fuimos hacia el cine español. Allí comencé a platicar Mar Adentro, del director Amenábar. Uno de los parroquianos habló de la historia de su amigo a quien le detectaron tumor cerebral a los 39 años. Diagnóstico fatal. Fue operado pero quedó en coma irreversible y fue desconectado, previa instrucción por sus familiares. Así que el tema era controversial. En esas estábamos cuando un hombre alto, con unos ojos perturbadoramente verdes y en completo estado de ebriedad se asomó por la ventanita del expendio para comprar cerveza y cigarros. Nos preguntó en modo brusco nuestro origen. Resultó que estábamos hablando con un sobreviviente del maremoto de St Martin. Vivía en la isla trabajando como traductor cuando inesperadamente, como suele suceder con la madre naturaleza cuando se enfurece, llegó una enorme ola arrasando todo a su paso. El sujeto alcanzó a sostenerse de unos hierros en la pared del cuarto donde se encontraba. El nivel del agua subió a lentamente en pocos segundos y solo su cara quedó fuera de ella. Logró sobrevivir y aquí estaba, en el desierto, contando su historia. Nos invitó a la fiesta, gran pachanga en Ranchito de Coronados. Vámonos al baile, dijo. Pero no, preferimos la noche estrellada y las lentejas con pasta. Y entre tantos alucines internacionales, caímos en el argumento del ejido de Catorce y las willis de antes, que solo podían transportar al máximo unas ocho personas, no como las de ahora que llevan hasta treinta. Y de allí pasamos al tema de los hijos y sus pininos en el mundo del amor, de las novias, de la emoción que recorre las entrañas, de los sueños húmedos y esos inconvenientes granitos en la cara el día de la cita. El frio atenazaba los huesos y decidimos volver al calor del hogar. La cena estuvo deliciosa, los niños, cansados ya de tanto jugar, querían volver a casa. Emprendimos el regreso en medio de la noche. Las estrellas vibrando allá en lo alto. Las únicas luces eran las de los trenes que cual espectros en la madrugada, avanzaban irremisiblemente hacia el destino que les aguardaba, así como nosotros, cuando atravesamos la vía y fuimos dejando atrás ese mundo surreal.
De mi amiga Ingrid
Vive tu vida de tal manera que cuando tus pies toquen el suelo cada mañana,el diablo se estremezca y diga...
¡¡¡En la madre.... ya se levantó!!!
¡¡¡En la madre.... ya se levantó!!!
martes, 30 de diciembre de 2008
El jardín mágico
Por Mercedes Aquino
Amanecí sentada en el jardín mágico de la creación. Por todos lados temblaba la vida alrededor. Los olores de ese hechizante despertar inundaban mi olfato sensibilizado por el deleite del momento. El sabor del jugo y los hielos tintineando en el vaso con el líquido ambarino invitaban al goce más puro. Los tonos anaranjados del amanecer llenaban mis ojos azorados, dorados. Y la risa, qué poderosa fuerza de transformación. Una suave melodía me transportaba al infinito, mientras volátil jugaba con los sonidos y los colores que iban formando las notas. Me imaginé flor y fruto, nadando en el mundo de la música. Viajando con los acordes y silencios de la vibración cósmica de la creación, de lo que estamos hechos.
Así amanecí, traspasando una de las puertas secretas de la percepción, me adentré en un mundo nuevo y a la vez ancestral, olvidado en la cotidianeidad. Que dulce despertar, que dulce imaginar sus brazos apretándome fuerte y su calor masculino envolviéndome con amor y sosiego. Porque en ese momento estaba completamente sola, pero él estaba conmigo. Parte del todo. No tenía apremio de su presencia, bastaba sólo imaginarme apoyada en su pecho, respirando su olor a canela y sábanas secadas al sol de mediodía. Me tomaba por la cintura y aproximaba su lengua al cuello, pero antes de hacer contacto con la piel, se detenía y dejaba que mi olor penetrara hasta lo más recóndito de su fibra emotiva. Se acercaba despacio y como si fuera un instrumento del cual puede extraerse una hermosa melodía, con sus delicados dedos iba encendiendo los acordes de una música en mi cuerpo que no dejaba de vibrar. Así, mientras alrededor explotaba la vida, con los ojos cerrados y los párpados acurrucados por el placer de la evocación, temblaba recordando la música que producimos juntos. Irradiaba calor y al vaivén de su respiro, imaginaba como lentamente sus manos recorrían mi espalda, mientras como un eco, resonaba la delicada conmoción que se genera cuando se une piel con piel, las manos de un músico tocando su instrumento, amando la infinita armonía de mi epidermis incitada con su delicado toque, recorriendo como si fuera una mariposa cada centímetro del espacio-universo-mujer. Despertando en cada roce la vibración de una cuerda exquisita y sensible, que produce un sonido maravilloso, ese que viene de las entrañas y a la vez del más sublime espacio intangible, dentro del cual se pierden y reencuentran las notas producidas por el sortilegio del amor.
Hay días así, en que todo está acomodado en su lugar, las cosas donde debieran estar. Los sentidos despiertos, la emoción a flor de piel. Lo cotidiano se vuelve mágico si enfoco la visión desde otra perspectiva y logro bajarme del tren del hastío, que a veces insiste en quererme llevar. El equilibrio, la armonía y la música de este maravilloso jardín, junto con todas las esferas luminosas que chisporrotean ante mis ojos y que son células, me susurran: vida, vida….
Así amanecí, traspasando una de las puertas secretas de la percepción, me adentré en un mundo nuevo y a la vez ancestral, olvidado en la cotidianeidad. Que dulce despertar, que dulce imaginar sus brazos apretándome fuerte y su calor masculino envolviéndome con amor y sosiego. Porque en ese momento estaba completamente sola, pero él estaba conmigo. Parte del todo. No tenía apremio de su presencia, bastaba sólo imaginarme apoyada en su pecho, respirando su olor a canela y sábanas secadas al sol de mediodía. Me tomaba por la cintura y aproximaba su lengua al cuello, pero antes de hacer contacto con la piel, se detenía y dejaba que mi olor penetrara hasta lo más recóndito de su fibra emotiva. Se acercaba despacio y como si fuera un instrumento del cual puede extraerse una hermosa melodía, con sus delicados dedos iba encendiendo los acordes de una música en mi cuerpo que no dejaba de vibrar. Así, mientras alrededor explotaba la vida, con los ojos cerrados y los párpados acurrucados por el placer de la evocación, temblaba recordando la música que producimos juntos. Irradiaba calor y al vaivén de su respiro, imaginaba como lentamente sus manos recorrían mi espalda, mientras como un eco, resonaba la delicada conmoción que se genera cuando se une piel con piel, las manos de un músico tocando su instrumento, amando la infinita armonía de mi epidermis incitada con su delicado toque, recorriendo como si fuera una mariposa cada centímetro del espacio-universo-mujer. Despertando en cada roce la vibración de una cuerda exquisita y sensible, que produce un sonido maravilloso, ese que viene de las entrañas y a la vez del más sublime espacio intangible, dentro del cual se pierden y reencuentran las notas producidas por el sortilegio del amor.
Hay días así, en que todo está acomodado en su lugar, las cosas donde debieran estar. Los sentidos despiertos, la emoción a flor de piel. Lo cotidiano se vuelve mágico si enfoco la visión desde otra perspectiva y logro bajarme del tren del hastío, que a veces insiste en quererme llevar. El equilibrio, la armonía y la música de este maravilloso jardín, junto con todas las esferas luminosas que chisporrotean ante mis ojos y que son células, me susurran: vida, vida….
viernes, 5 de diciembre de 2008
Matrix
Por Mercedes Aquino
Llegamos a la gran ciudad por el lado norte. Un olor a orina rancia inundaba los pasillos del autobús. Jet Li seguía peleándose con Jackie Chan en la tele, era la tercera película del viaje. Algunas personas hablaban por teléfono, vamos en el cruce de tal y tal, llegaremos en unos minutos. Sí mamá, no te preocupes. Tráeme la chamarra verde que hace frio, etc. Recogí la mochila que estaba en el piso y me acerqué al chofer. Aquí se puede bajar, me dijo. Tome un taxi de sitio, no vaya a ser la de malas. Se abrió la puerta y el olor de la ciudad sustituyó al de los orines. Una cantidad enorme de microbuses desfilaba a gran velocidad, los puestos de periódico estaban cerrando. En todos se veía la noticia del día. ¡No tienen madre! Frase de Nelson Vargas, luego de un año del secuestro de su hija y los nulos resultados de la investigación. Había varios puestos de fritangas y tacos en fila junto a la carretera, cuyos propietarios gritaban a voz de cuello: Aquí tenemos los mejores tacos, pásele. Encontré un taxi que me llevó al metro. Era la llamada hora pico, cuando todos salen del trabajo. Estaba a reventar. Ya perdí la costumbre de ver a tanta gente, creo que por eso trato de encogerme, de hacerme chiquita. Nadie me torteó, debe ser porque pasé mis años mozos, o tal vez por la expresión de mi cara: atrévete y verás. La mochila aferrada al pecho y las puertas se cerraron. Creí que me asfixiaba, se me hizo eterno el viaje. La expresión lata de sardinas se queda chica para definirlo. Strujan, empujan, bajan. Por fin, llegué al zócalo. Estaban instalando la pista de patinaje sobre hielo. Había una manifestación de microbuseros y el palacio nacional estaba iluminado. Me sorprendió ver el salón fumadores en que se han convertido las calles de la ciudad, con esto de la nueva ley. Campos de colillas adornan las losetas y jardineras. Me senté un momento, como que me estaba dando taquicardia. Junto a mí, un señor se cortaba las uñas con su alicate. Del otro lado, unos policías esperaban el cambio de turno, mientras miraban aburridos los traseros de las transeúntes. Llegué al hotel y me encerré un rato. Luego, ya más calmada, subí a la terraza y desde allí me dediqué a observar el movimiento de la ciudad, de este corazón que late a gran velocidad. Los seres diurnos se fueron alejando para dar paso a esa otra parte que late bajo la superficie. La noche cayó y con ella los olores fueron cambiando, los sonidos se transformaron al compás de las vidas que salen cuando el sol se va. Música lejana, la alarma de un coche. Una mujer gritando en el éxtasis del amor, o al menos complaciendo a algún cliente. Las cortinas metálicas de los negocios al cerrarse. Yo en la cama, sintiendo aún el vaivén de la carretera. Y en el fondo, como en sordina, el rumor que hace la gran urbe, la vibración de los millones de seres que viven, aman, mueren, sufren y ríen en este lugar. Al día siguiente salí tempranito a recorrer las calles. Una vitrina de dentaduras postizas se me apareció de repente. Dirigí mis pasos a la catedral metropolitana. Quise ver una vez más su maravilloso órgano (llámese instrumento musical). Luego, poco a poco la ciudad fue despertando y ya para las once el fragor era cacofónico y el olor, bueno característico digamos. Pasé frente al edificio de Betlemitas que tuve ocasión de recorrer alguna vez cuando lo estaban restaurando, bajo la guía apasionada de mi hermana la arqueoloca. Luego me encontré la torre latino, la librería, el palacio de Bellas Artes y tantos lugares contrastantes que tiene el centro histórico. Fui a tomar el consabido cafecito a un lugar donde los viejitos leen el periódico y mojan su pan dulce en humeantes tazas, al tiempo que comentan los avatares de este lugar increíble. Luego encaré con singular valentía el encargo de la maestra de ballet de Real: mallas y zapatillas para todos sus alumnos. No hay pierde, me dijo, vas a la calle de Corregidora y allí está el negocio. Al llegar, me encontré con tres cuadras de fila llenas de tiendas del tema. Inhala paciencia, exhala frustración. Inhala, exhala, inhala, exhala. Luego de unos minutos me sentí mejor, sobre todo porque al final uno termina acostumbrándose y amando este barullo, este hervidero de humanidad. Seres anónimos, cada quien con su vida y una historia que contar, pero que cuando los ves en la calle, atravesando en montón el eje, dan la impresión de que somos todos una gigantesca unidad que se tomó sin querer la píldora azul de Morfeo. Incluso algunos tienen cara de agentes, entonces el juego se vuelve divertido. Ya con los pies hinchados y la mochila cargada, incluyendo un kilo de delicioso café de altura molido express, corrí literalmente a la central camionera. Me dieron mi lunch de pan blanco aplastado con jamón y chile en bolsita de la compañía, mi lata de refresco y unos cacahuates de pilón. Me relajé en el asiento, se encendieron las teles del autobús y empezó la primera película del viaje. Me dije: seguro va a ser Matrix. Pero no, el destino quiso que fuera El Santo contra las momias de Guanajuato, versión remasterizada. Al lado, un señor enorme que ocupaba los dos asientos, roncó durante todo el camino.
www.vistasaereas de mexico.com
Llegamos a la gran ciudad por el lado norte. Un olor a orina rancia inundaba los pasillos del autobús. Jet Li seguía peleándose con Jackie Chan en la tele, era la tercera película del viaje. Algunas personas hablaban por teléfono, vamos en el cruce de tal y tal, llegaremos en unos minutos. Sí mamá, no te preocupes. Tráeme la chamarra verde que hace frio, etc. Recogí la mochila que estaba en el piso y me acerqué al chofer. Aquí se puede bajar, me dijo. Tome un taxi de sitio, no vaya a ser la de malas. Se abrió la puerta y el olor de la ciudad sustituyó al de los orines. Una cantidad enorme de microbuses desfilaba a gran velocidad, los puestos de periódico estaban cerrando. En todos se veía la noticia del día. ¡No tienen madre! Frase de Nelson Vargas, luego de un año del secuestro de su hija y los nulos resultados de la investigación. Había varios puestos de fritangas y tacos en fila junto a la carretera, cuyos propietarios gritaban a voz de cuello: Aquí tenemos los mejores tacos, pásele. Encontré un taxi que me llevó al metro. Era la llamada hora pico, cuando todos salen del trabajo. Estaba a reventar. Ya perdí la costumbre de ver a tanta gente, creo que por eso trato de encogerme, de hacerme chiquita. Nadie me torteó, debe ser porque pasé mis años mozos, o tal vez por la expresión de mi cara: atrévete y verás. La mochila aferrada al pecho y las puertas se cerraron. Creí que me asfixiaba, se me hizo eterno el viaje. La expresión lata de sardinas se queda chica para definirlo. Strujan, empujan, bajan. Por fin, llegué al zócalo. Estaban instalando la pista de patinaje sobre hielo. Había una manifestación de microbuseros y el palacio nacional estaba iluminado. Me sorprendió ver el salón fumadores en que se han convertido las calles de la ciudad, con esto de la nueva ley. Campos de colillas adornan las losetas y jardineras. Me senté un momento, como que me estaba dando taquicardia. Junto a mí, un señor se cortaba las uñas con su alicate. Del otro lado, unos policías esperaban el cambio de turno, mientras miraban aburridos los traseros de las transeúntes. Llegué al hotel y me encerré un rato. Luego, ya más calmada, subí a la terraza y desde allí me dediqué a observar el movimiento de la ciudad, de este corazón que late a gran velocidad. Los seres diurnos se fueron alejando para dar paso a esa otra parte que late bajo la superficie. La noche cayó y con ella los olores fueron cambiando, los sonidos se transformaron al compás de las vidas que salen cuando el sol se va. Música lejana, la alarma de un coche. Una mujer gritando en el éxtasis del amor, o al menos complaciendo a algún cliente. Las cortinas metálicas de los negocios al cerrarse. Yo en la cama, sintiendo aún el vaivén de la carretera. Y en el fondo, como en sordina, el rumor que hace la gran urbe, la vibración de los millones de seres que viven, aman, mueren, sufren y ríen en este lugar. Al día siguiente salí tempranito a recorrer las calles. Una vitrina de dentaduras postizas se me apareció de repente. Dirigí mis pasos a la catedral metropolitana. Quise ver una vez más su maravilloso órgano (llámese instrumento musical). Luego, poco a poco la ciudad fue despertando y ya para las once el fragor era cacofónico y el olor, bueno característico digamos. Pasé frente al edificio de Betlemitas que tuve ocasión de recorrer alguna vez cuando lo estaban restaurando, bajo la guía apasionada de mi hermana la arqueoloca. Luego me encontré la torre latino, la librería, el palacio de Bellas Artes y tantos lugares contrastantes que tiene el centro histórico. Fui a tomar el consabido cafecito a un lugar donde los viejitos leen el periódico y mojan su pan dulce en humeantes tazas, al tiempo que comentan los avatares de este lugar increíble. Luego encaré con singular valentía el encargo de la maestra de ballet de Real: mallas y zapatillas para todos sus alumnos. No hay pierde, me dijo, vas a la calle de Corregidora y allí está el negocio. Al llegar, me encontré con tres cuadras de fila llenas de tiendas del tema. Inhala paciencia, exhala frustración. Inhala, exhala, inhala, exhala. Luego de unos minutos me sentí mejor, sobre todo porque al final uno termina acostumbrándose y amando este barullo, este hervidero de humanidad. Seres anónimos, cada quien con su vida y una historia que contar, pero que cuando los ves en la calle, atravesando en montón el eje, dan la impresión de que somos todos una gigantesca unidad que se tomó sin querer la píldora azul de Morfeo. Incluso algunos tienen cara de agentes, entonces el juego se vuelve divertido. Ya con los pies hinchados y la mochila cargada, incluyendo un kilo de delicioso café de altura molido express, corrí literalmente a la central camionera. Me dieron mi lunch de pan blanco aplastado con jamón y chile en bolsita de la compañía, mi lata de refresco y unos cacahuates de pilón. Me relajé en el asiento, se encendieron las teles del autobús y empezó la primera película del viaje. Me dije: seguro va a ser Matrix. Pero no, el destino quiso que fuera El Santo contra las momias de Guanajuato, versión remasterizada. Al lado, un señor enorme que ocupaba los dos asientos, roncó durante todo el camino.
www.vistasaereas de mexico.com
lunes, 17 de noviembre de 2008
El fuego
Por Mercedes Aquino
Salí un poco tarde esa mañana. La mochila lista con las provisiones necesarias para una estadía en el desierto. Sólo me faltaba llenar las botellas de agua. Terminé con los detalles mundanos y me dirigí a la calle de la iglesia. Allí, estaba estacionado el jeep de Márgaro. El frío era intenso por lo que me puse la chamarra de pluma y los guantes y me subí al techo. Cuando estuvo llena de gente, partimos hacia abajo. El abismo lucía inhóspito por causa del hielo que quemó las plantas. Pasamos junto al socavón donde hace pocas semanas perdió la vida un conocido. Murió una noche al caer de su burro. Y con tan mala suerte que estando borracho, se desplomó de cabeza en un charco y se ahogó. Los Catorce siempre ha sido un vergel en medio de tanta sequía. Las huertas y las ruinas de ese lugar evocan recuerdos de muchas aventuras pasadas. Al llegar a Carretas descendí del vehículo y me interné en el desierto, costeando la sierra. Los colores de esa tarde eran vívidos a pesar del cielo nublado. Horas caminando, sudando con la carga. Lo que cada uno decide portar a cuestas en la vida. El agua, necesaria para la sobrevivencia, la navaja, la comida y el abrigo. Pisaba con cuidado entre las gobernadoras, recordando la primera vez que me interné en ese lugar. Tenía tanto miedo entonces, una chica de ciudad afrontando el rigor de la naturaleza desconocida. En esta ocasión también experimenté un poco de temor. Por primera vez sola, a dormir junto al fuego. Llegué abajo del mezquite que buscaba y comencé a preparar el campamento. Recogí mucha leña pero es mejor hacerlo así, ya que no se sabe lo que puede suceder durante la noche. Cuando terminé, me recosté al sol y dejé que sus rayos entibiaran el frío interno que sentía a pesar de la larga travesía. Balsámico arrullo. Justo lo que necesitaba. Las montañas de la sierra fueron cambiando de tonalidad a medida que el sol se encaminaba rumbo al ocaso. Cayó la oscuridad. Iluminada con las llamas del abuelo fuego, fui dejando atrás el mundanal ruido. Esa noche, los coyotes no se acercaron demasiado. Ni los roedores se dejaron ver lo cual fue un gran alivio, en vista del asco que me provocan esos animales. No tuve que lidiar más que con mis propios demonios. Y vaya que fue duro. En el cielo nocturno resplandecían las enigmáticas estrellas de un universo muy personal. El frío atería mis huesos cada vez más profundamente y un tenue resplandor verde se entreveía en aquella penumbra primordial de todos los tiempos. Busqué un nuevo comienzo, en las nubes rosadas del alba. El frío arreciaba pero no había temor ni sombras. Recogí el campamento y deposité la fruta intacta en unas piedras, como ofrenda a los animales del desierto. La leña sobrante permaneció allí, quién sabe si en algún momento podrá ayudar a alguna alma perdida como yo. Con la mochila más ligera emprendí el regreso. Ya sudaba pero el hielo apenas lograba alejarse a tientas bajo los rayos solares. Entonces llegué a dónde estaba una gasolinera nueva. Allí pregunté la hora para conectarme de nuevo a lo que conocemos como mundo real. El jeep de Márgaro ya se había ido. Me dirigí a la plaza y se me acercó un señor a ofreciendo un viaje mágico y garantizado al maravilloso mundo del desierto peyotero. -Gracias, le contesté, tal vez en otra ocasión-. En eso se detuvo un autobús que iba para Matehuala. Era uno de esos vehículos en vías de extinción en este país. Tenía una televisión enorme justo atrás del chofer y durante todo el camino fuimos viendo un concierto de Paquita la del Barrio. La palanca de velocidades de plástico transparente dejaba ver un alacrán enorme en medio de estrellas multicolores. Un letrero de prohibido fumar, un cubre asientos de bolitas de madera, una estampita de san Judas Tadeo, un vidrio lateral de color lila y otro verde, un ventilador y una radio. El conductor iba vestido con una gorra de béisbol y una gruesa chamarra. Lucía un bigote espectacular. La carretera se extendía vasta, hacia el horizonte cada vez más allá. Y mientras el motor seguía rugiendo, Paquita cantaba Rata de dos patas. Ese fuego en el desierto quedó encendido, cobijado por la montaña sagrada, y llevo en lo profundo los rescoldos bien envueltos, para que no pierdan su terpor.
Salí un poco tarde esa mañana. La mochila lista con las provisiones necesarias para una estadía en el desierto. Sólo me faltaba llenar las botellas de agua. Terminé con los detalles mundanos y me dirigí a la calle de la iglesia. Allí, estaba estacionado el jeep de Márgaro. El frío era intenso por lo que me puse la chamarra de pluma y los guantes y me subí al techo. Cuando estuvo llena de gente, partimos hacia abajo. El abismo lucía inhóspito por causa del hielo que quemó las plantas. Pasamos junto al socavón donde hace pocas semanas perdió la vida un conocido. Murió una noche al caer de su burro. Y con tan mala suerte que estando borracho, se desplomó de cabeza en un charco y se ahogó. Los Catorce siempre ha sido un vergel en medio de tanta sequía. Las huertas y las ruinas de ese lugar evocan recuerdos de muchas aventuras pasadas. Al llegar a Carretas descendí del vehículo y me interné en el desierto, costeando la sierra. Los colores de esa tarde eran vívidos a pesar del cielo nublado. Horas caminando, sudando con la carga. Lo que cada uno decide portar a cuestas en la vida. El agua, necesaria para la sobrevivencia, la navaja, la comida y el abrigo. Pisaba con cuidado entre las gobernadoras, recordando la primera vez que me interné en ese lugar. Tenía tanto miedo entonces, una chica de ciudad afrontando el rigor de la naturaleza desconocida. En esta ocasión también experimenté un poco de temor. Por primera vez sola, a dormir junto al fuego. Llegué abajo del mezquite que buscaba y comencé a preparar el campamento. Recogí mucha leña pero es mejor hacerlo así, ya que no se sabe lo que puede suceder durante la noche. Cuando terminé, me recosté al sol y dejé que sus rayos entibiaran el frío interno que sentía a pesar de la larga travesía. Balsámico arrullo. Justo lo que necesitaba. Las montañas de la sierra fueron cambiando de tonalidad a medida que el sol se encaminaba rumbo al ocaso. Cayó la oscuridad. Iluminada con las llamas del abuelo fuego, fui dejando atrás el mundanal ruido. Esa noche, los coyotes no se acercaron demasiado. Ni los roedores se dejaron ver lo cual fue un gran alivio, en vista del asco que me provocan esos animales. No tuve que lidiar más que con mis propios demonios. Y vaya que fue duro. En el cielo nocturno resplandecían las enigmáticas estrellas de un universo muy personal. El frío atería mis huesos cada vez más profundamente y un tenue resplandor verde se entreveía en aquella penumbra primordial de todos los tiempos. Busqué un nuevo comienzo, en las nubes rosadas del alba. El frío arreciaba pero no había temor ni sombras. Recogí el campamento y deposité la fruta intacta en unas piedras, como ofrenda a los animales del desierto. La leña sobrante permaneció allí, quién sabe si en algún momento podrá ayudar a alguna alma perdida como yo. Con la mochila más ligera emprendí el regreso. Ya sudaba pero el hielo apenas lograba alejarse a tientas bajo los rayos solares. Entonces llegué a dónde estaba una gasolinera nueva. Allí pregunté la hora para conectarme de nuevo a lo que conocemos como mundo real. El jeep de Márgaro ya se había ido. Me dirigí a la plaza y se me acercó un señor a ofreciendo un viaje mágico y garantizado al maravilloso mundo del desierto peyotero. -Gracias, le contesté, tal vez en otra ocasión-. En eso se detuvo un autobús que iba para Matehuala. Era uno de esos vehículos en vías de extinción en este país. Tenía una televisión enorme justo atrás del chofer y durante todo el camino fuimos viendo un concierto de Paquita la del Barrio. La palanca de velocidades de plástico transparente dejaba ver un alacrán enorme en medio de estrellas multicolores. Un letrero de prohibido fumar, un cubre asientos de bolitas de madera, una estampita de san Judas Tadeo, un vidrio lateral de color lila y otro verde, un ventilador y una radio. El conductor iba vestido con una gorra de béisbol y una gruesa chamarra. Lucía un bigote espectacular. La carretera se extendía vasta, hacia el horizonte cada vez más allá. Y mientras el motor seguía rugiendo, Paquita cantaba Rata de dos patas. Ese fuego en el desierto quedó encendido, cobijado por la montaña sagrada, y llevo en lo profundo los rescoldos bien envueltos, para que no pierdan su terpor.
sábado, 8 de noviembre de 2008
La bisabuela
Por Mercedes Aquino
Fuimos a Cedral a comprar las flores, las calaveras de azúcar, las veladoras, las galletas, la fruta, la canela y el piloncillo para el ponche. Cuando llegamos a casa, sacamos el baúl de los recuerdos y comenzamos a buscar las fotos de nuestros muertos. No aparecía ninguna de la bisabuela. Hasta que por fin recordé una caja de fotografías en blanco y negro guardada entre los libros, y allí apareció una imagen de ella, con su sombrero de campesina y el azadón en mano, junto a la playera puesta a secar del Che Guevara. Así era la nonna Ines. Una guerrera hasta sus noventa y tres años, momento en que decidió que ella no iba a mudarse a una casa más pequeña y se fue a para no volver, por lo menos no en esta vida. Nunca dejó de trabajar la tierra, tenía una pequeña hortaliza donde crecían unas maravillosas berenjenas, unas lechugas espectaculares y unos jitomates jugosos con los que preparaba las conservas. Cocinaba bien, su especialidad era el conejo con vino blanco y hierbas aromáticas. Aunque el platillo preferido de todos eran los cappelleti flotando en un delicioso y humeante caldo de gallina con unas gotas de vino rojo. Amaba las visitas y siempre tenía en su congelador helados de chocolate. Fue la menor de trece hermanos. Sepultó a dos hijas y una nuera. Encontró el cadáver de una de sus hermanas que se había suicidado por amor. Vivió en matrimonio durante sesenta y más años con Giulio, antes de que una enfermedad se lo llevara y la dejara sola en aquella enorme mansión. Ya no podía cargar bebés, pero era buena cuidando a su biznieto, las sonrisas sin dientes de ambos parecían cautivarse durante horas. Ella, que padeció hambre, que vivió las dos guerras mundiales, que en sus últimos meses nos pidió que no fuéramos a Alemania en ese viaje, que allá la gente es mala, mala de verdad, conservaba en su álbum de recuerdos un retrato de su niña muerta y bien maquillada, que logró encargar al fotógrafo del pueblo con sus últimos ahorros antes del entierro. En el viejo continente, todo es luto y tristeza el día de muertos. Los cementerios se llenan de gente luciendo sus últimos abrigos de la temporada otoño invierno y los más grandes arreglos de flores exóticas. Luego se sientan frente a las urnas a llorar. A casi nadie le ponen tumba, sólo ese cuadro de mármol con florero y veladora electrónica integrados donde tal vez estén los restos de varios miembros de la familia. A pesar de que han transcurrido varias décadas desde que terminó la guerra, la generación de Ines nunca se creyó aquello del bienestar y los lujos. Se burlaba porque teníamos todo y no sabíamos apreciarlo, cuando en sus tiempos, un pedazo de salchicha en la polenta se comía una vez al año, con suerte. También criticaba a las mujeres que ya no sabían cocinar como antes. A los hombres no los criticaba, porque los hombres son niños, decía. Murieron tantas personas en la guerra y quedaron marcados con una tristeza indeleble. Aquí también tenemos nuestro pasado sangriento, incontables batallas donde perdió la existencia mucha gente. Sin embargo, tal vez acostumbrados a las guerras floridas y a los sacrificios a antiguos dioses, se concibe a la muerte de manera muy distinta. Era un honor ofrecer la vida para contentar a los creadores. En México, la muerte es amiga, comadre y compañera de borracheras. Por eso trato de mantener esa tradición en casa. Colocamos el altar en la mesa pequeña bajo la ventana que tiene la mejor vista al pueblo, el camino de flores de cempasúchil, los platos con la comida favorita de los muertos, el vino, las salchichas que le encantaban a la bisabuela, el cigarrito para el tío Luciano, las cañas y mandarinas y las veladoras en todos lados. Los niños realmente se inspiraron, acomodando todo a su gusto. Quedó tan bonito. Cada uno de nuestros muertos allí presente, con las cosas que apreciaban en vida. Y nos fuimos a dormir. Esa noche se armó un fandango en la sala. Una pachanga descomunal. Nosotros estábamos dormidos, pero sin duda que también participamos en la fiesta. La algarabía se prolongó hasta el amanecer. La nonna Ines se levantó la falda arriba de los tobillos (estoy segura) y se quitó los zapatos para bailar con los demás.
Fuimos a Cedral a comprar las flores, las calaveras de azúcar, las veladoras, las galletas, la fruta, la canela y el piloncillo para el ponche. Cuando llegamos a casa, sacamos el baúl de los recuerdos y comenzamos a buscar las fotos de nuestros muertos. No aparecía ninguna de la bisabuela. Hasta que por fin recordé una caja de fotografías en blanco y negro guardada entre los libros, y allí apareció una imagen de ella, con su sombrero de campesina y el azadón en mano, junto a la playera puesta a secar del Che Guevara. Así era la nonna Ines. Una guerrera hasta sus noventa y tres años, momento en que decidió que ella no iba a mudarse a una casa más pequeña y se fue a para no volver, por lo menos no en esta vida. Nunca dejó de trabajar la tierra, tenía una pequeña hortaliza donde crecían unas maravillosas berenjenas, unas lechugas espectaculares y unos jitomates jugosos con los que preparaba las conservas. Cocinaba bien, su especialidad era el conejo con vino blanco y hierbas aromáticas. Aunque el platillo preferido de todos eran los cappelleti flotando en un delicioso y humeante caldo de gallina con unas gotas de vino rojo. Amaba las visitas y siempre tenía en su congelador helados de chocolate. Fue la menor de trece hermanos. Sepultó a dos hijas y una nuera. Encontró el cadáver de una de sus hermanas que se había suicidado por amor. Vivió en matrimonio durante sesenta y más años con Giulio, antes de que una enfermedad se lo llevara y la dejara sola en aquella enorme mansión. Ya no podía cargar bebés, pero era buena cuidando a su biznieto, las sonrisas sin dientes de ambos parecían cautivarse durante horas. Ella, que padeció hambre, que vivió las dos guerras mundiales, que en sus últimos meses nos pidió que no fuéramos a Alemania en ese viaje, que allá la gente es mala, mala de verdad, conservaba en su álbum de recuerdos un retrato de su niña muerta y bien maquillada, que logró encargar al fotógrafo del pueblo con sus últimos ahorros antes del entierro. En el viejo continente, todo es luto y tristeza el día de muertos. Los cementerios se llenan de gente luciendo sus últimos abrigos de la temporada otoño invierno y los más grandes arreglos de flores exóticas. Luego se sientan frente a las urnas a llorar. A casi nadie le ponen tumba, sólo ese cuadro de mármol con florero y veladora electrónica integrados donde tal vez estén los restos de varios miembros de la familia. A pesar de que han transcurrido varias décadas desde que terminó la guerra, la generación de Ines nunca se creyó aquello del bienestar y los lujos. Se burlaba porque teníamos todo y no sabíamos apreciarlo, cuando en sus tiempos, un pedazo de salchicha en la polenta se comía una vez al año, con suerte. También criticaba a las mujeres que ya no sabían cocinar como antes. A los hombres no los criticaba, porque los hombres son niños, decía. Murieron tantas personas en la guerra y quedaron marcados con una tristeza indeleble. Aquí también tenemos nuestro pasado sangriento, incontables batallas donde perdió la existencia mucha gente. Sin embargo, tal vez acostumbrados a las guerras floridas y a los sacrificios a antiguos dioses, se concibe a la muerte de manera muy distinta. Era un honor ofrecer la vida para contentar a los creadores. En México, la muerte es amiga, comadre y compañera de borracheras. Por eso trato de mantener esa tradición en casa. Colocamos el altar en la mesa pequeña bajo la ventana que tiene la mejor vista al pueblo, el camino de flores de cempasúchil, los platos con la comida favorita de los muertos, el vino, las salchichas que le encantaban a la bisabuela, el cigarrito para el tío Luciano, las cañas y mandarinas y las veladoras en todos lados. Los niños realmente se inspiraron, acomodando todo a su gusto. Quedó tan bonito. Cada uno de nuestros muertos allí presente, con las cosas que apreciaban en vida. Y nos fuimos a dormir. Esa noche se armó un fandango en la sala. Una pachanga descomunal. Nosotros estábamos dormidos, pero sin duda que también participamos en la fiesta. La algarabía se prolongó hasta el amanecer. La nonna Ines se levantó la falda arriba de los tobillos (estoy segura) y se quitó los zapatos para bailar con los demás.
domingo, 2 de noviembre de 2008
El calentamiento global
Por Mercedes Aquino
Llegó de noche, en un taxi procedente de Matehuala. Mi amigo el del dálmata, dos años sin vernos. Bajó del vehículo con su mochila y nos dimos un fuerte abrazo, de esos que se dan cuando los años de conocerse han logrado surcar un océano de incertezas y hacer que los navíos toquen puerto, estás en familia. La primera noche la pasamos hablando. De su enorme equipaje sacó unas películas. An inconvenient truth, de Al Gore, Endgame de Alex Jones y otras sobre el 911 y el terrorismo. Ya meses atrás, un ángel enviado del cielo parisino me había traído información muy interesante sobre el mundo alternativo a la Matrix que existe allá afuera. En el rancho, a veces llegan ciertos seres enviados especialmente, digo yo, para no dejar de aprender. Me fueron recomendados varios sitios, me hablaron de lo que pretenden hacer al privatizar internet. Y de tantas cosas que me dejaron azorada, como que existen sitios donde puedes escoger un ser virtual y vivir una vida virtual, comprar propiedades, hacer el amor, consumir drogas, comprar ropa de diseñador, hacer un deporte extremo, incluso matar gente si ese es tu gusto. Y todo por una módica suma. También supe de un hombre que tiene más de 300 websites, todos de él. Y cosas por el estilo. Me di una encerrona para ver las películas de mi amigo. Luego, decidí salir. Eran las seis de la mañana y viajaba con mi vehículo a gran velocidad cuando vi una estrella fugaz. La sentí toda para mí solita y le pedí un hermoso deseo que espero se cumpla algún día, muy pronto. Mientras el alba se anunciaba a través de unas nubes rosadas, fui reflexionando acerca del calentamiento global. La película de Gore me pareció muy ilustrativa, digamos que lleva las cifras científicas a un nivel entendible. Claro, me sorprende que el hombre siempre se vea sentado en un carro o en un avión, que son de las fuentes más contaminantes como él mismo lo dice y claro, al final esa visión americanista de Nosotros sí podemos, tenemos el poder. Dice Gore, a manera de conclusión: Hemos sido capaces de acabar con la esclavitud en nuestro país (que estaba dividido porque unos no querían), de ganar guerras (sólo se le olvida mencionar a los millones de personas que han muerto a causa de ellas), de vencer al comunismo, de acabar con enfermedades que eran consideradas incurables. A pesar de ese infaltable discurso pro supremacía capitalista, el hombre nobel de consolación tiene razón. Alex Jones nos da otra visión, acerca de un pequeño grupo cuyo maquiavélico plan es esclavizar a la población mundial y critica esta premisa, diciendo que el realidad el impuesto que pretenden cobrar sobre las emisiones de carbono es para enriquecer las arcas del grupo Bildenberg. ¿Qué estamos haciendo en este momento contra el calentamiento global? Me llegó esa duda luego de lo del basurero. Estoy completamente de acuerdo en que todos podemos inventar algo, cada uno de nosotros tiene el deber de actuar, aunque sea en algo tan sencillo como bañarse con agua tibia, usar envases de vidrio, o acostumbrarse a la bicicleta. O dar la vuelta al mundo sin utilizar combustibles fósiles como Tim Harvey (vancouvertovancouver.com) Pero si el sistema no cambia en la base ¿cómo podremos hacerlo? Tuve una seria conversación con mis hijos. Pensé en llevarle la película de la verdad inconveniente a la maestra de ciencias de la secundaria, lástima que no se puede copiar. Otra incongruencia. ¿No debería llegar a la mayor cantidad de gente, incluso a quienes no pueden pagar 300 pesos por ella? Un día salimos con Carmelo el burro, que por cierto ya no es obeso y se ha vuelto muy veloz. Fuimos a recoger basura en la hondonada y llenamos cuatro costales en un ratito. Y eso que es un pueblo de mil quinientos habitantes. Otro amigo, que vive en el Nido del Tecolote y es anfitrión de un portal galáctico me recomendó un video muy bueno que se llama Story of Stuff. Allí también nos hablan de lo equivocado que es el sistema en el que vivimos y pretendemos evolucionar. Todas esas noticias llegan del mundo exterior mientras el pueblo se ve rodeado de la basura que queda luego de las fiestas de Panchito, y una nata color café domina el horizonte, producto de la contaminación de alguna de las grandes ciudades. En tanto el frio da las primeras señales de que ahí viene el invierno, mientras las hojas de los nogales ya comienzan a desprenderse y el cerro del Lucero se cubre de nubes bajas. Sí, así es el mundo que nos tocó vivir y cuando regreso de la ciudad siempre agradezco ser tan privilegiada. Al mismo tiempo, sé que hay muchas personas como mi amigo que habitan allí y son eyocan ( los eyocan eran quienes dentro de las sociedades tribales hacían las cosas al revés, se iban por otro camino, renegaban de algún modo contra las leyes sociales establecidas). El planeta no va a esperar a que nos pongamos de acuerdo. Tampoco creo que vayan a llegar los de la nave de la otra noche a proponer alguna milagrosa solución. Aunque me encantaría que me llevaran a dar un paseíto. Le platiqué a otro amigo acerca de estas películas. Su repuesta fue muy ilustrativa: No, mejor no las veo, de eso no me quiero enterar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)