martes, 30 de diciembre de 2008

El jardín mágico

Por Mercedes Aquino
Amanecí sentada en el jardín mágico de la creación. Por todos lados temblaba la vida alrededor. Los olores de ese hechizante despertar inundaban mi olfato sensibilizado por el deleite del momento. El sabor del jugo y los hielos tintineando en el vaso con el líquido ambarino invitaban al goce más puro. Los tonos anaranjados del amanecer llenaban mis ojos azorados, dorados. Y la risa, qué poderosa fuerza de transformación. Una suave melodía me transportaba al infinito, mientras volátil jugaba con los sonidos y los colores que iban formando las notas. Me imaginé flor y fruto, nadando en el mundo de la música. Viajando con los acordes y silencios de la vibración cósmica de la creación, de lo que estamos hechos.
Así amanecí, traspasando una de las puertas secretas de la percepción, me adentré en un mundo nuevo y a la vez ancestral, olvidado en la cotidianeidad. Que dulce despertar, que dulce imaginar sus brazos apretándome fuerte y su calor masculino envolviéndome con amor y sosiego. Porque en ese momento estaba completamente sola, pero él estaba conmigo. Parte del todo. No tenía apremio de su presencia, bastaba sólo imaginarme apoyada en su pecho, respirando su olor a canela y sábanas secadas al sol de mediodía. Me tomaba por la cintura y aproximaba su lengua al cuello, pero antes de hacer contacto con la piel, se detenía y dejaba que mi olor penetrara hasta lo más recóndito de su fibra emotiva. Se acercaba despacio y como si fuera un instrumento del cual puede extraerse una hermosa melodía, con sus delicados dedos iba encendiendo los acordes de una música en mi cuerpo que no dejaba de vibrar. Así, mientras alrededor explotaba la vida, con los ojos cerrados y los párpados acurrucados por el placer de la evocación, temblaba recordando la música que producimos juntos. Irradiaba calor y al vaivén de su respiro, imaginaba como lentamente sus manos recorrían mi espalda, mientras como un eco, resonaba la delicada conmoción que se genera cuando se une piel con piel, las manos de un músico tocando su instrumento, amando la infinita armonía de mi epidermis incitada con su delicado toque, recorriendo como si fuera una mariposa cada centímetro del espacio-universo-mujer. Despertando en cada roce la vibración de una cuerda exquisita y sensible, que produce un sonido maravilloso, ese que viene de las entrañas y a la vez del más sublime espacio intangible, dentro del cual se pierden y reencuentran las notas producidas por el sortilegio del amor.
Hay días así, en que todo está acomodado en su lugar, las cosas donde debieran estar. Los sentidos despiertos, la emoción a flor de piel. Lo cotidiano se vuelve mágico si enfoco la visión desde otra perspectiva y logro bajarme del tren del hastío, que a veces insiste en quererme llevar. El equilibrio, la armonía y la música de este maravilloso jardín, junto con todas las esferas luminosas que chisporrotean ante mis ojos y que son células, me susurran: vida, vida….

viernes, 5 de diciembre de 2008

Matrix

Por Mercedes Aquino
Llegamos a la gran ciudad por el lado norte. Un olor a orina rancia inundaba los pasillos del autobús. Jet Li seguía peleándose con Jackie Chan en la tele, era la tercera película del viaje. Algunas personas hablaban por teléfono, vamos en el cruce de tal y tal, llegaremos en unos minutos. Sí mamá, no te preocupes. Tráeme la chamarra verde que hace frio, etc. Recogí la mochila que estaba en el piso y me acerqué al chofer. Aquí se puede bajar, me dijo. Tome un taxi de sitio, no vaya a ser la de malas. Se abrió la puerta y el olor de la ciudad sustituyó al de los orines. Una cantidad enorme de microbuses desfilaba a gran velocidad, los puestos de periódico estaban cerrando. En todos se veía la noticia del día. ¡No tienen madre! Frase de Nelson Vargas, luego de un año del secuestro de su hija y los nulos resultados de la investigación. Había varios puestos de fritangas y tacos en fila junto a la carretera, cuyos propietarios gritaban a voz de cuello: Aquí tenemos los mejores tacos, pásele. Encontré un taxi que me llevó al metro. Era la llamada hora pico, cuando todos salen del trabajo. Estaba a reventar. Ya perdí la costumbre de ver a tanta gente, creo que por eso trato de encogerme, de hacerme chiquita. Nadie me torteó, debe ser porque pasé mis años mozos, o tal vez por la expresión de mi cara: atrévete y verás. La mochila aferrada al pecho y las puertas se cerraron. Creí que me asfixiaba, se me hizo eterno el viaje. La expresión lata de sardinas se queda chica para definirlo. Strujan, empujan, bajan. Por fin, llegué al zócalo. Estaban instalando la pista de patinaje sobre hielo. Había una manifestación de microbuseros y el palacio nacional estaba iluminado. Me sorprendió ver el salón fumadores en que se han convertido las calles de la ciudad, con esto de la nueva ley. Campos de colillas adornan las losetas y jardineras. Me senté un momento, como que me estaba dando taquicardia. Junto a mí, un señor se cortaba las uñas con su alicate. Del otro lado, unos policías esperaban el cambio de turno, mientras miraban aburridos los traseros de las transeúntes. Llegué al hotel y me encerré un rato. Luego, ya más calmada, subí a la terraza y desde allí me dediqué a observar el movimiento de la ciudad, de este corazón que late a gran velocidad. Los seres diurnos se fueron alejando para dar paso a esa otra parte que late bajo la superficie. La noche cayó y con ella los olores fueron cambiando, los sonidos se transformaron al compás de las vidas que salen cuando el sol se va. Música lejana, la alarma de un coche. Una mujer gritando en el éxtasis del amor, o al menos complaciendo a algún cliente. Las cortinas metálicas de los negocios al cerrarse. Yo en la cama, sintiendo aún el vaivén de la carretera. Y en el fondo, como en sordina, el rumor que hace la gran urbe, la vibración de los millones de seres que viven, aman, mueren, sufren y ríen en este lugar. Al día siguiente salí tempranito a recorrer las calles. Una vitrina de dentaduras postizas se me apareció de repente. Dirigí mis pasos a la catedral metropolitana. Quise ver una vez más su maravilloso órgano (llámese instrumento musical). Luego, poco a poco la ciudad fue despertando y ya para las once el fragor era cacofónico y el olor, bueno característico digamos. Pasé frente al edificio de Betlemitas que tuve ocasión de recorrer alguna vez cuando lo estaban restaurando, bajo la guía apasionada de mi hermana la arqueoloca. Luego me encontré la torre latino, la librería, el palacio de Bellas Artes y tantos lugares contrastantes que tiene el centro histórico. Fui a tomar el consabido cafecito a un lugar donde los viejitos leen el periódico y mojan su pan dulce en humeantes tazas, al tiempo que comentan los avatares de este lugar increíble. Luego encaré con singular valentía el encargo de la maestra de ballet de Real: mallas y zapatillas para todos sus alumnos. No hay pierde, me dijo, vas a la calle de Corregidora y allí está el negocio. Al llegar, me encontré con tres cuadras de fila llenas de tiendas del tema. Inhala paciencia, exhala frustración. Inhala, exhala, inhala, exhala. Luego de unos minutos me sentí mejor, sobre todo porque al final uno termina acostumbrándose y amando este barullo, este hervidero de humanidad. Seres anónimos, cada quien con su vida y una historia que contar, pero que cuando los ves en la calle, atravesando en montón el eje, dan la impresión de que somos todos una gigantesca unidad que se tomó sin querer la píldora azul de Morfeo. Incluso algunos tienen cara de agentes, entonces el juego se vuelve divertido. Ya con los pies hinchados y la mochila cargada, incluyendo un kilo de delicioso café de altura molido express, corrí literalmente a la central camionera. Me dieron mi lunch de pan blanco aplastado con jamón y chile en bolsita de la compañía, mi lata de refresco y unos cacahuates de pilón. Me relajé en el asiento, se encendieron las teles del autobús y empezó la primera película del viaje. Me dije: seguro va a ser Matrix. Pero no, el destino quiso que fuera El Santo contra las momias de Guanajuato, versión remasterizada. Al lado, un señor enorme que ocupaba los dos asientos, roncó durante todo el camino.
www.vistasaereas de mexico.com

lunes, 17 de noviembre de 2008

El fuego

Por Mercedes Aquino
Salí un poco tarde esa mañana. La mochila lista con las provisiones necesarias para una estadía en el desierto. Sólo me faltaba llenar las botellas de agua. Terminé con los detalles mundanos y me dirigí a la calle de la iglesia. Allí, estaba estacionado el jeep de Márgaro. El frío era intenso por lo que me puse la chamarra de pluma y los guantes y me subí al techo. Cuando estuvo llena de gente, partimos hacia abajo. El abismo lucía inhóspito por causa del hielo que quemó las plantas. Pasamos junto al socavón donde hace pocas semanas perdió la vida un conocido. Murió una noche al caer de su burro. Y con tan mala suerte que estando borracho, se desplomó de cabeza en un charco y se ahogó. Los Catorce siempre ha sido un vergel en medio de tanta sequía. Las huertas y las ruinas de ese lugar evocan recuerdos de muchas aventuras pasadas. Al llegar a Carretas descendí del vehículo y me interné en el desierto, costeando la sierra. Los colores de esa tarde eran vívidos a pesar del cielo nublado. Horas caminando, sudando con la carga. Lo que cada uno decide portar a cuestas en la vida. El agua, necesaria para la sobrevivencia, la navaja, la comida y el abrigo. Pisaba con cuidado entre las gobernadoras, recordando la primera vez que me interné en ese lugar. Tenía tanto miedo entonces, una chica de ciudad afrontando el rigor de la naturaleza desconocida. En esta ocasión también experimenté un poco de temor. Por primera vez sola, a dormir junto al fuego. Llegué abajo del mezquite que buscaba y comencé a preparar el campamento. Recogí mucha leña pero es mejor hacerlo así, ya que no se sabe lo que puede suceder durante la noche. Cuando terminé, me recosté al sol y dejé que sus rayos entibiaran el frío interno que sentía a pesar de la larga travesía. Balsámico arrullo. Justo lo que necesitaba. Las montañas de la sierra fueron cambiando de tonalidad a medida que el sol se encaminaba rumbo al ocaso. Cayó la oscuridad. Iluminada con las llamas del abuelo fuego, fui dejando atrás el mundanal ruido. Esa noche, los coyotes no se acercaron demasiado. Ni los roedores se dejaron ver lo cual fue un gran alivio, en vista del asco que me provocan esos animales. No tuve que lidiar más que con mis propios demonios. Y vaya que fue duro. En el cielo nocturno resplandecían las enigmáticas estrellas de un universo muy personal. El frío atería mis huesos cada vez más profundamente y un tenue resplandor verde se entreveía en aquella penumbra primordial de todos los tiempos. Busqué un nuevo comienzo, en las nubes rosadas del alba. El frío arreciaba pero no había temor ni sombras. Recogí el campamento y deposité la fruta intacta en unas piedras, como ofrenda a los animales del desierto. La leña sobrante permaneció allí, quién sabe si en algún momento podrá ayudar a alguna alma perdida como yo. Con la mochila más ligera emprendí el regreso. Ya sudaba pero el hielo apenas lograba alejarse a tientas bajo los rayos solares. Entonces llegué a dónde estaba una gasolinera nueva. Allí pregunté la hora para conectarme de nuevo a lo que conocemos como mundo real. El jeep de Márgaro ya se había ido. Me dirigí a la plaza y se me acercó un señor a ofreciendo un viaje mágico y garantizado al maravilloso mundo del desierto peyotero. -Gracias, le contesté, tal vez en otra ocasión-. En eso se detuvo un autobús que iba para Matehuala. Era uno de esos vehículos en vías de extinción en este país. Tenía una televisión enorme justo atrás del chofer y durante todo el camino fuimos viendo un concierto de Paquita la del Barrio. La palanca de velocidades de plástico transparente dejaba ver un alacrán enorme en medio de estrellas multicolores. Un letrero de prohibido fumar, un cubre asientos de bolitas de madera, una estampita de san Judas Tadeo, un vidrio lateral de color lila y otro verde, un ventilador y una radio. El conductor iba vestido con una gorra de béisbol y una gruesa chamarra. Lucía un bigote espectacular. La carretera se extendía vasta, hacia el horizonte cada vez más allá. Y mientras el motor seguía rugiendo, Paquita cantaba Rata de dos patas. Ese fuego en el desierto quedó encendido, cobijado por la montaña sagrada, y llevo en lo profundo los rescoldos bien envueltos, para que no pierdan su terpor.

sábado, 8 de noviembre de 2008

La bisabuela

Por Mercedes Aquino
Fuimos a Cedral a comprar las flores, las calaveras de azúcar, las veladoras, las galletas, la fruta, la canela y el piloncillo para el ponche. Cuando llegamos a casa, sacamos el baúl de los recuerdos y comenzamos a buscar las fotos de nuestros muertos. No aparecía ninguna de la bisabuela. Hasta que por fin recordé una caja de fotografías en blanco y negro guardada entre los libros, y allí apareció una imagen de ella, con su sombrero de campesina y el azadón en mano, junto a la playera puesta a secar del Che Guevara. Así era la nonna Ines. Una guerrera hasta sus noventa y tres años, momento en que decidió que ella no iba a mudarse a una casa más pequeña y se fue a para no volver, por lo menos no en esta vida. Nunca dejó de trabajar la tierra, tenía una pequeña hortaliza donde crecían unas maravillosas berenjenas, unas lechugas espectaculares y unos jitomates jugosos con los que preparaba las conservas. Cocinaba bien, su especialidad era el conejo con vino blanco y hierbas aromáticas. Aunque el platillo preferido de todos eran los cappelleti flotando en un delicioso y humeante caldo de gallina con unas gotas de vino rojo. Amaba las visitas y siempre tenía en su congelador helados de chocolate. Fue la menor de trece hermanos. Sepultó a dos hijas y una nuera. Encontró el cadáver de una de sus hermanas que se había suicidado por amor. Vivió en matrimonio durante sesenta y más años con Giulio, antes de que una enfermedad se lo llevara y la dejara sola en aquella enorme mansión. Ya no podía cargar bebés, pero era buena cuidando a su biznieto, las sonrisas sin dientes de ambos parecían cautivarse durante horas. Ella, que padeció hambre, que vivió las dos guerras mundiales, que en sus últimos meses nos pidió que no fuéramos a Alemania en ese viaje, que allá la gente es mala, mala de verdad, conservaba en su álbum de recuerdos un retrato de su niña muerta y bien maquillada, que logró encargar al fotógrafo del pueblo con sus últimos ahorros antes del entierro. En el viejo continente, todo es luto y tristeza el día de muertos. Los cementerios se llenan de gente luciendo sus últimos abrigos de la temporada otoño invierno y los más grandes arreglos de flores exóticas. Luego se sientan frente a las urnas a llorar. A casi nadie le ponen tumba, sólo ese cuadro de mármol con florero y veladora electrónica integrados donde tal vez estén los restos de varios miembros de la familia. A pesar de que han transcurrido varias décadas desde que terminó la guerra, la generación de Ines nunca se creyó aquello del bienestar y los lujos. Se burlaba porque teníamos todo y no sabíamos apreciarlo, cuando en sus tiempos, un pedazo de salchicha en la polenta se comía una vez al año, con suerte. También criticaba a las mujeres que ya no sabían cocinar como antes. A los hombres no los criticaba, porque los hombres son niños, decía. Murieron tantas personas en la guerra y quedaron marcados con una tristeza indeleble. Aquí también tenemos nuestro pasado sangriento, incontables batallas donde perdió la existencia mucha gente. Sin embargo, tal vez acostumbrados a las guerras floridas y a los sacrificios a antiguos dioses, se concibe a la muerte de manera muy distinta. Era un honor ofrecer la vida para contentar a los creadores. En México, la muerte es amiga, comadre y compañera de borracheras. Por eso trato de mantener esa tradición en casa. Colocamos el altar en la mesa pequeña bajo la ventana que tiene la mejor vista al pueblo, el camino de flores de cempasúchil, los platos con la comida favorita de los muertos, el vino, las salchichas que le encantaban a la bisabuela, el cigarrito para el tío Luciano, las cañas y mandarinas y las veladoras en todos lados. Los niños realmente se inspiraron, acomodando todo a su gusto. Quedó tan bonito. Cada uno de nuestros muertos allí presente, con las cosas que apreciaban en vida. Y nos fuimos a dormir. Esa noche se armó un fandango en la sala. Una pachanga descomunal. Nosotros estábamos dormidos, pero sin duda que también participamos en la fiesta. La algarabía se prolongó hasta el amanecer. La nonna Ines se levantó la falda arriba de los tobillos (estoy segura) y se quitó los zapatos para bailar con los demás.

domingo, 2 de noviembre de 2008

El calentamiento global

Por Mercedes Aquino
Llegó de noche, en un taxi procedente de Matehuala. Mi amigo el del dálmata, dos años sin vernos. Bajó del vehículo con su mochila y nos dimos un fuerte abrazo, de esos que se dan cuando los años de conocerse han logrado surcar un océano de incertezas y hacer que los navíos toquen puerto, estás en familia. La primera noche la pasamos hablando. De su enorme equipaje sacó unas películas. An inconvenient truth, de Al Gore, Endgame de Alex Jones y otras sobre el 911 y el terrorismo. Ya meses atrás, un ángel enviado del cielo parisino me había traído información muy interesante sobre el mundo alternativo a la Matrix que existe allá afuera. En el rancho, a veces llegan ciertos seres enviados especialmente, digo yo, para no dejar de aprender. Me fueron recomendados varios sitios, me hablaron de lo que pretenden hacer al privatizar internet. Y de tantas cosas que me dejaron azorada, como que existen sitios donde puedes escoger un ser virtual y vivir una vida virtual, comprar propiedades, hacer el amor, consumir drogas, comprar ropa de diseñador, hacer un deporte extremo, incluso matar gente si ese es tu gusto. Y todo por una módica suma. También supe de un hombre que tiene más de 300 websites, todos de él. Y cosas por el estilo. Me di una encerrona para ver las películas de mi amigo. Luego, decidí salir. Eran las seis de la mañana y viajaba con mi vehículo a gran velocidad cuando vi una estrella fugaz. La sentí toda para mí solita y le pedí un hermoso deseo que espero se cumpla algún día, muy pronto. Mientras el alba se anunciaba a través de unas nubes rosadas, fui reflexionando acerca del calentamiento global. La película de Gore me pareció muy ilustrativa, digamos que lleva las cifras científicas a un nivel entendible. Claro, me sorprende que el hombre siempre se vea sentado en un carro o en un avión, que son de las fuentes más contaminantes como él mismo lo dice y claro, al final esa visión americanista de Nosotros sí podemos, tenemos el poder. Dice Gore, a manera de conclusión: Hemos sido capaces de acabar con la esclavitud en nuestro país (que estaba dividido porque unos no querían), de ganar guerras (sólo se le olvida mencionar a los millones de personas que han muerto a causa de ellas), de vencer al comunismo, de acabar con enfermedades que eran consideradas incurables. A pesar de ese infaltable discurso pro supremacía capitalista, el hombre nobel de consolación tiene razón. Alex Jones nos da otra visión, acerca de un pequeño grupo cuyo maquiavélico plan es esclavizar a la población mundial y critica esta premisa, diciendo que el realidad el impuesto que pretenden cobrar sobre las emisiones de carbono es para enriquecer las arcas del grupo Bildenberg. ¿Qué estamos haciendo en este momento contra el calentamiento global? Me llegó esa duda luego de lo del basurero. Estoy completamente de acuerdo en que todos podemos inventar algo, cada uno de nosotros tiene el deber de actuar, aunque sea en algo tan sencillo como bañarse con agua tibia, usar envases de vidrio, o acostumbrarse a la bicicleta. O dar la vuelta al mundo sin utilizar combustibles fósiles como Tim Harvey (vancouvertovancouver.com) Pero si el sistema no cambia en la base ¿cómo podremos hacerlo? Tuve una seria conversación con mis hijos. Pensé en llevarle la película de la verdad inconveniente a la maestra de ciencias de la secundaria, lástima que no se puede copiar. Otra incongruencia. ¿No debería llegar a la mayor cantidad de gente, incluso a quienes no pueden pagar 300 pesos por ella? Un día salimos con Carmelo el burro, que por cierto ya no es obeso y se ha vuelto muy veloz. Fuimos a recoger basura en la hondonada y llenamos cuatro costales en un ratito. Y eso que es un pueblo de mil quinientos habitantes. Otro amigo, que vive en el Nido del Tecolote y es anfitrión de un portal galáctico me recomendó un video muy bueno que se llama Story of Stuff. Allí también nos hablan de lo equivocado que es el sistema en el que vivimos y pretendemos evolucionar. Todas esas noticias llegan del mundo exterior mientras el pueblo se ve rodeado de la basura que queda luego de las fiestas de Panchito, y una nata color café domina el horizonte, producto de la contaminación de alguna de las grandes ciudades. En tanto el frio da las primeras señales de que ahí viene el invierno, mientras las hojas de los nogales ya comienzan a desprenderse y el cerro del Lucero se cubre de nubes bajas. Sí, así es el mundo que nos tocó vivir y cuando regreso de la ciudad siempre agradezco ser tan privilegiada. Al mismo tiempo, sé que hay muchas personas como mi amigo que habitan allí y son eyocan ( los eyocan eran quienes dentro de las sociedades tribales hacían las cosas al revés, se iban por otro camino, renegaban de algún modo contra las leyes sociales establecidas). El planeta no va a esperar a que nos pongamos de acuerdo. Tampoco creo que vayan a llegar los de la nave de la otra noche a proponer alguna milagrosa solución. Aunque me encantaría que me llevaran a dar un paseíto. Le platiqué a otro amigo acerca de estas películas. Su repuesta fue muy ilustrativa: No, mejor no las veo, de eso no me quiero enterar.

jueves, 16 de octubre de 2008

Las travesuras de Panchito

Por: Mercedes Aquino

Ya llegó octubre y con él la feria del pueblo. Caminaba con mi perro Humo, una noche particularmente concurrida. Dábamos una vuelta observando curiosos la rebanada de humanidad que nos visita durante la celebración. Este es el verdadero México, pensé. Esta es la auténtica gente mexicana, raza a la que pertenezco por méritos desde hace un mes, luego de treinta años de trámites ¡Ajua! Como cada festejo de Panchito, las travesuras no se hicieron esperar. La noche del día tres estaba el pueblo atiborrado, el túnel cerrado a los vehículos y la madrugada fría obligando a la gente a cubrirse con chamarras, gorros y cobijas. La iglesia, queriendo lucir sus mejores galas, encendió la nueva iluminación y a los cinco minutos APAGÓN. Se fue la luz. Y duró toda la noche esta cerrada oscuridad. Entonces las calles volvieron a ser las de antaño, los salones y patios iluminados con el resplandor de las velas y cirios, la gente andando con pequeñas lámparas. La señora que tuvo la ocurrencia de traer esos encendedores chinos con luz acabó en poco tiempo de vender toda su mercancía. Y sólo pequeños puntos iluminaban la noche ¿Pueden ustedes imaginar un espectáculo más bello? En un mundo en el que allá afuera las bolsas de valores de todos lados se desploman, las crisis hacen temblar a algunos y enriquecerse aún más a otros (los especuladores, claro) y el neoliberalismo se desliza en el inicio del fin. En un universo donde las leyes de la Mátrix predominan por sobre todas las cosas, Real de Catorce se reveló, se reveló al comercio de china, a los puestos de discos con música idiotizante, a la estridencia, a la señal de celular y al fastuoso oropel de la iglesia, para hacernos ver que el mundo puede existir de otra manera. Los murmullos en la oscuridad, las fogatas encendidas en algunos rincones, los apretones y jaleos de la multitud, los olores de toda la humanidad reunida en esa noche fría y especial, transportaban al Real de antes, cuando las calles eran pasajes donde aullaba el viento en la oscuridad más cerrada. La imaginación se dispersaba, se disparaba. Así que no me sorprendí cuando en el cielo apareció una esfera luminosa, fosforescente, irreal, adornada con luces de colores, flotando justo encima de las casas. Y pensé: Ahora sí, ya llegaron. Y me puse a hacerles señas. Los extraterrestres se adelantaron, supuestamente los esperaban para mediados de octubre en algún lugar al sur del planeta. Qué privilegio ser de los primeros contactados, a los brasileños va a darles un patatús. Se los juro que no había bebido, aunque en ese momento fui a la única a quedar paralizada en mi lugar viendo el sobrecogedor espectáculo en el cielo. Comencé a hacer aspavientos con los brazos, a gritar: Bienvenidos, aquí la raza humana los saluda. La esfera comenzó a girar y poco a poco fue apareciendo un cartel, unas letras, más luces. Ay, que fiasco nos llevamos mi perro Humo y yo. El estaba mordisqueando los huesos del carnicero, es decir, los huesos que le dio el carnicero, cuando el cartel fue claramente visible. Enjoy life, toma (no lo escribo, nomás de puro coraje) Hijos de su mercantilísima madre, entonces sí, fui junto al teporochito que orinaba en la esquina y le quité su anforita de licor para echarme un trago. La esfera explotó en una enorme espiral de fuego y se evaporó. Bajé la vista, noté que nadie se había dado cuenta. Fue una alucinación y tampoco, se los juro, había fumado nada. Pues caray, con las travesuras que le gusta hacer a Panchito, nunca me hubiera imaginado esta. Humo comenzó una batalla con Akira, el perro más grande y por consiguiente el más gandalla del pueblo, por los huesos del carnicero. Al final, mientras peleaban, pasó corriendo El Abuelo, un mini pequinés y se escabulló con su tesoro entre las piernas de los peregrinos. Ni modo, seguimos nuestro recorrido. Humo resignado. Yo, todavía viendo lucecitas de colores.

viernes, 26 de septiembre de 2008

El Basurero

Por Mercedes Aquino
Avanzando por la extensa cuenca del valle donde se asienta el poblado de Cedral, bajo el cerro del Fraile, iba pensando que ante el espectáculo del verdor dejado por las intensas lluvias, el aire cristalino y las dramáticas nubes que anuncian tormenta no es difícil imaginar el momento, hace millones de años, en que enormes mamuts y dinosaurios llegaban a beber a este lugar. Cerrando los ojos, casi podía sentir su presencia. De repente, junto al camino vi unas enormes aves de rapiña. Me detuve y mientras del cielo comenzaban a caer unas sutiles gotas de agua, comprobé que unos quince carroñeros estaban en torno a algo enorme. Pero no era un cadáver, era algo de color blanco. Me acerqué y las aves se alejaron, no muy contentas imagino. Se trataba de un montón de desperdicios. Un olor nauseabundo inundaba el ambiente, subí un pequeño promontorio y ante mí se extendió un paisaje desolador. El basurero municipal. Di la vuelta y me acerqué por la entrada principal. Encontré a unas personas en aquél océano de inmundicia. Había dos niños y unos ocho adultos aproximadamente. En otra parte se veía una pequeña y destartalada camioneta amarilla que penosamente arrastraba un remolque lleno de botellas de plástico. Me acerqué al grupo. Pregunté por el encargado que resultó llamarse Cecilio, don Cecilio. Los demás eran casi todos sus familiares, incluidos los niños, sus nietos. Estaban con las piernas introducidas hasta la rodilla dentro a la basura, separando, aventado hacia un lado las botellas de plástico, las latas. El hedor era insoportable y nubes de moscas se levantaban a nuestro alrededor con cada paso. Un perro negro con manchas blancas hurgaba junto con ellos. Los señores detuvieron un momento su trabajo, se prendieron un cigarrito (casi todos fuman) y entre bromas aceptaron retratarse. Los niños, Alejandro y Brandon fueron un poco más reservados, sobre todo el pequeñito, no le gustó mucho la cámara. En un momento encontró un camión de plástico roto. Se puso a jugar en aquel paisaje. ¿Puede haber una imagen más patética y desgarradora de la era moderna? me pregunté. La mamá de los niños Aureliana, me contó que es madre soltera de seis chiquillos, Alejandro tiene diez años y no va a la escuela porque le ayuda a ella juntando basura para mantenerse. Seguí el recorrido. En medio de la enorme cantidad de desperdicios estaba una retroexcavadora completamente oxidada y junto a ella crecían unas esplendorosas flores violetas. En un promontorio encontré una pistola de plástico, cuyo color azul resaltaba en medio del sol que por momentos dejaban asomar los nubarrones que ya iban acercando la tormenta desde el este. Mis zapatos estaban llenos de una sustancia pegajosa cuando me acerqué a la camioneta amarilla. Allí me encontré a Miguel, quien recoge plástico, vidrio y aluminio para llevarlo a Matehuala, donde tiene una pequeña empresa que se dedica a la reciclar. Me sorprendió mucho hallar a un ecologista, pero ¿qué mejor lugar que el basurero? Me contó que en una ocasión intentó dar pláticas en una secundaria acerca del manejo de residuos, pero al ver la escasa participación de los alumnos, una maestra le dijo que mejor ya no siguiera perdiendo su tiempo. El remolque de la camioneta estaba lleno de costales gigantescos donde Miguel se lleva las botellas. Si este basurero te sorprende, me dijo, deberías ir al de Matehuala. Allí presencias escenas desgarradoras, como que un perro coma de un recipiente y después lo recolectores lo usen para su comida.
Volviendo hacia el grupo de Cecilio, recordé que esa misma mañana salí de la casa con una bolsa de basura que fui a depositar al contenedor. Y al ver a estas personas sumidas en los desperdicios, entre los cuales seguramente estaban los míos, decidí ser todavía más cuidadosa a la hora de reciclar. Brandon seguía jugando con el camioncito roto. El perrito encontró una botella de plástico y se puso a morderla. El niño sonreía tranquilo en el medio de aquel mar de desechos, perdido en un mundo de fantasía, mientras las moscas se posaban en su pelo. Sobre el camión, puso algo verde, me acerqué para ver de qué se trataba. Era la cabeza de un muñeco, un dinosaurio.

domingo, 7 de septiembre de 2008

La rodilla y la tele

Por Mercedes Aquino
Pasé varias jornadas sin poder apoyar la pierna. El médico dijo, por tres días, sólo caminarás de la cama al baño, así que me fui con mi querida hermanita, quien me atendió y cuidó hasta que disminuyó la hinchazón y el dolor. El doctor me recetó unas pastillas muy intensas. Yo las llamo las píldoras azules, como en Matrix, cuando Morfeus le dice a Neo ¿Cuál prefieres, la roja que te hará ver la realidad o la azul te hará volver a lo que piensas es la realidad? Bueno, en esos días me tocó la azul. Así que con la mente embotada, acostada en el diván mullido de la sala fraternal, frente a un enorme televisor de pantalla última tecnología, yo, que prácticamente casi nunca veo la tele, me pasé tres días inmersa en TODOS los programas que me permitía la velocidad del control. Lo único bueno que vi fue un video de Radiohead en el cual aparece la pantalla dividida en dos. En una parte hay un niño rubio despertando en una linda recámara, bajando a desayunar a una luminosa cocina, con la mesa llena de comida y su mamá sonriente sirviéndole de comer. En el otro lado se ve un niño chino que se despierta después de haber dormido en el piso. Está vestido de gris, desayuna una especie de masa líquida en una escudilla y sale a un enorme taller, donde lo ponen a trabajar, a hacer zapatos. Mientras tanto, el otro va a la escuela, toma clases de música, hace lindos dibujos. Se ve la vida de ellos dos durante el día. Al caer la noche, el rubio vuelve a su confortable habitación y se quita los zapatos. Los deja caer al piso. En ese mismo momento, el chino termina de hacer unos zapatos exactamente iguales a los que el otro aventó al suelo. IMPACTANTE!!!
Me sorprendió encontrar un canal en donde ves cómo hacen operaciones de cirugía estética a las personas, como ponen chichis más grandes, chichis más pequeñas, mentones nuevos, dientes más delgados, piernas más largas. Muestran el antes y el después. Yo no veía los defectos que ellos aseguraban tener. ¿Es posible que la envoltura atraiga más felicidad? Otro programa donde ponen a la gente en una vitrina y luego la hacen lucir diez años más joven. Me costó creer eso. Aunque claro, ¿a quién no va a gustarle salir sin ningún esfuerzo de la sala operatoria (nada de deporte, dieta balanceada, aguantarse los vicios, etc.) con una cinturita y la cara lisita como nalga de bebé? ¿Y que decir de los programas de ENTRETENIMIENTO con el tema olimpiadas? No se quienes son los guionistas pero deben ser personas muy estudiadas en el arte de idiotizar a la gente. ¿Películas? Si las quieres gratis puedes ver policíacas de los ochentas en varios canales. O melodramas en los cuales la protagonista aparece con el pelo chino, fleco, pómulos y ojos maquilladísimos, vestida con una falda recta, cinturón ancho y blusa con holanes y hombreras abombadas y un auto convertible rojo. ¿Repeticiones? Series de criminología en las cuales ves como un pedacito de carne de debajo de la uña del pie izquierdo de la víctima ferozmente asesinada conduce a las huellas del malvado (a) que pensó en cada detalle para que no se descubriera su culpa y se olvidó sólo la ruedita pequeña del engranaje más complicado. Estas versiones masticadas llegan a ser muy entretenidas. Te quedas hipnotizada esperando a saber si la atractiva y sexy oficial descubrirá al asesino, o lo atrapará en una espectacular corretiza donde el público no podrá despegar ni un momento su mirada del agradable espectáculo de curvas y protuberancias moviéndose a un ritmo especialmente estudiado para que la masa anatómica resalte. Mientras el musculoso y recio analista de laboratorio (un bombón multirracial) trabajará horas extras hasta descubrir que las gotas de semen encontradas en el pabellón auricular de la víctima (claro, en todas hay detalles escabrosos) en realidad corresponden al ADN del comisionado de policía de la ciudad!!!
Esa programación no es para todos. Sólo algunos tienen acceso a la señal satelital. En el desierto hay ranchos que no cuentan con energía eléctrica pero se procuran una batería de carro y una tele pequeña en blanco y negro para sintonizar los únicos dos canales que se ven en todo el país. El famoso duopolio televisivo mexicano. Donde te dicen que el mundo es maravilloso y donde la gente llora con la protagonista de la telenovela de moda y los noticieros nacionales te mantienen BIEN INFORMADO.
Crecí leyendo novelas de Edgar Allan Poe, temblando de miedo ante El Péndulo. Horacio Quiroga y su Marabunta. Ojeando bajo las sábanas las aventuras del inspector Poirot, Sherlock y Watson. Esas historias que te acompañaban en una tarde de lluvia o en una noche insomne. No pude tomar ningún libro durante la convalecencia. Me mantuve prácticamente encadenada a la caja de entretenimiento. Nos vamos acercando al momento en que Montag comenzará a preguntarse acerca de su trabajo como bombero en Fahrenheit 451. Sólo que ya no será necesario quemar los libros. Con estas versiones procesadas, ya para qué. Hasta en la escuela a los niños les piden la tarea por internet. El dependiente del ciber café imprime las copias para todos y llegan al día siguiente con sus flamantes trabajos, de los que no han leído ni dos renglones.
Cuando finalmente pude levantarme salí a caminar. Llevaba en mi equipo de sonido a Joe Cocker con Hymn 4 my soul. El efecto de la pastilla azul había desaparecido pero de todos modos me sentí como en una película, andando por la plaza moviendo mis protuberancias, esas sí bastante normalitas, con un estilo un poco chueco por lo de la rodilla resentida aún, sintiendo en la nariz el insustituible aroma de agua después de la lluvia. Por el momento, de tele tuve bastante.

lunes, 11 de agosto de 2008

El niño y el caballo

Por Mercedes Aquino
Hace varios años ya, cuando recién acababa de llegar al pueblo, recorría fascinada las calles con la cámara al hombro. Todo era motivo de alegría. Ante mis ojos se desplegaban visiones mágicas, pedacitos de realidad. Un día escuché un chillido, pensé que se trataba de un animal, tal vez un cerdito o un cachorro enganchado en algún lado. Siguiendo el sonido bajé por la calle que lleva al puente de La purísima y allí descubrí a un niño, no tendría más de seis años, estaba sucio y en su rostro se advertían las huellas del llanto derramado. Estaba agachado al lado de un palo. Una de sus manos estaba amarrada a éste con un mecate. Así, como un animalito encontré a esta criatura. Una furia intensa me recorrió y comencé a gritar. De una de las puertas de enfrente asomó una niña, más pequeña y con una carita idéntica a la de él, se trataba sin duda de su hermana, así que le pregunté donde esta tú madre y ella se escondió en la casa. Tuve la duda que asalta a los fotógrafos en varios y determinantes momentos de sus vidas. ¿La tomo o lo desato? Sin perder tiempo accioné el obturador. A los pocos minutos apareció la madre, una mujer pequeña, demacrada. Uno podría pensar que tendría en su rostro la oscuridad reflejada, la maldad. No estaba preparada para encontrarme con Paula, una señora que evidentemente, lo supe después, tenía problemas mentales. Le pedí que desamarrara al niño, le dije que estaba atentando contra sus derechos, que debía liberarlo inmediatamente de lo contrario llamaría a la policía. Ella sólo me contestó, con una sonrisa simple en su cara: Es que se porta mal, le pega a su hermana. Y fue a liberar a su hijo. Traté de explicarle que eso no estaba correcto, que existen otras maneras de educar. Hablamos largo rato, aunque no supe si en verdad sirvió de algo. Me miraba con cara de no comprender exactamente por qué daba tanta importancia a un asunto que para ella parecía normal. Quién sabe que cosas habrá vivido en su infancia.
Luego continué mi recorrido pero la luz del sol parecía haber perdido toda su fuerza y unas nubes de gris melancolía me hicieron regresar a casa. Revelé la foto en el laboratorio, todavía con una sensación de angustia en el pecho. Unas amigas que tenían contacto con Derechos Humanos del estado, me la pidieron para llevarla a la capital. Sólo sé que en la reunión los burócratas miraron horrorizados la imagen. La foto quedó guardada, pero nunca he olvidado la mirada de ese niño. De vez en cuando lo encuentro en el pueblo. Sé que no pudo terminar la primaria, repitió varias veces al cuarto grado hasta que su agresividad y atraso hizo imposible que pudiera continuar en la escuela. Era un chiquillo aislado, los demás lo rechazaban, no tenía amigos. El tiempo pasó, ahora ya es un muchacho. Cuida mucho su arreglo personal, le encantan las hebillas grandes y los sombreros rancheros. Bebe cerveza y va siempre a caballo, tiene un animal mediano, pinto al que se ve que adora. Pienso, cuando lo veo montando, que esa es su más grande alegría en la vida. Y una pequeña centella le brilla en los ojos, cuando se encamina a la montaña, y su espíritu libre, vuela al compás de su corcel.

lunes, 4 de agosto de 2008

Ogarrio a pie

Por Mercedes Aquino

Mis manos están como paralizadas. Ya no puedo seguir con el taller. Tomo la maleta con la cámara fotográfica grande, los lentes y también la digital. Me coloco un sombrero, manga larga, paliacate al cuello y zapatos cómodos para una larga caminata. Salgo de casa y voy atravesando el pueblo. Me acerco al Ogarrio y paso por dónde están construyendo lo que será el nuevo mercado. Debe haber por lo menos unos cuarenta trabajadores. Veo a Urs con su gorra dando instrucciones a los albañiles, un enorme pozo se distingue en medio a los materiales de construcción. Sigo y me introduzco al túnel. Es la segunda vez en muchos años que decido atravesarlo a pie. De hecho la primera fue cuando llegué a Real. Me sorprende advertir cómo ya se me hizo tan natural cruzarlo en automóvil y conforme me adentro en las profundidades de la montaña, voy reflexionando acerca del hecho de que a veces a es tan necesario cambiar el ritmo de la vida, o por lo menos alterarlo. Es decir, salir de lo cotidiano, del hábito y hacer cosas que tal vez nunca haríamos de otra manera. Lo mismo pero en otra dimensión. Y así es esta tarde maravillosa porque todo lo que me sucede es fruto de una realidad paralela. Sigo avanzando mientras de vez en cuando saco mi cámara y hago experimentos con las luces. En un momento siento una presencia, como un soplo de brisa helada. Cuando casi estoy por llegar del otro lado, me detengo unos momentos en la capilla, unas veladoras apagadas y llenas de polvo se encuentran junto a la puerta. Un olor a humedad cavernosa sale desde adentro. En eso, el resplandor de la entrada se ve interrumpido por siluetas y escucho ruido. Dos motociclistas pasan frente a mí. Salgo del otro lado del túnel donde el sol brilla aún con toda intensidad y donde el calor reverbera en la superficie del empedrado. El cielo es inmensamente azul. Me acerco a una pequeñísima capilla u oratorio de piedra que está en el mirador y allí, descansando, encuentro a Juana Muñiz. Es una mujer de ojos brillantes, con sesenta y seis años bien llevados. Está sentada sobre unos cartones. Tiene en las manos un libro de oraciones y sobre su cabeza cuelgan bolsas de fritos, palomitas y cueros. Al fondo, enmarcada en flores hechas con papel brillante hay una virgen. La señora me invita a la sombra junto a ella y nos ponemos a charlar. De la vida, del amor, de los hijos, del monte y sus maravillas. Ella nota que la mirada se me distrae hacia un lado de la capilla y me pregunta qué es lo que veo. Es un pajarito con cresta que curioso nos observa a prudente distancia. Juana me habla de una foto que conserva de cuando tenía treinta años y era toda una belleza. Me invita a su casa para poder verla y retratarla. Le ayudo con sus bolsas y uno de esos aros con un mantel a medio bordar. Ella se lleva los cueros. En eso se ve una silueta venir por el camino. Ese es mi ahijado de bautizo, dice. Se llama Celso pero todos en el pueblo lo conocemos por Barri, de barrigón. Comenzamos a caminar y pasa una camioneta con tres muchachas, se ven cansadas, vienen de trabajar en el Real y van hacia Potrero. La camioneta tiene los vidrios polarizados y en el de atrás dice Saldaña con letras góticas. Hay una caja de leña. Dos de las muchachas van sentadas allí. Al llegar a una curva, antes de La Luz, nos bajamos la doñita y yo, y siguiendo unas escaleras llegamos a su casa. La vista es fantástica, se admira la capilla de Santa Ana y la de santa Anita, allá arriba en la montaña. La casa es completamente blanca, de ese blanco que solo la cal y el entorno del desierto pueden dar. Aquí me parece de estar en el patio de alguna casa en Santorini. De una de las puertas se asoma una mujer. Es muy parecida a Juana, pero en versión ochenta y seis. Su mamá, bastante viejita, me niega el permiso de fotografiarla. Yo ya pa qué, estoy muy arrugada, dice estirando el mandil lleno de manchas de grasa marrón. Juana me invita a entrar en su habitación. Qué maravilla. En ella hay dos camas, una de ellas cubierta con una colcha rojo bermellón y con un osito de peluche entre las almohadas. La otra tiene una colcha blanca y en la pared del fondo, hay muchas fotografías enmarcadas. Al costado se encuentra un armario lleno de espejos, una polvorienta televisión en blanco y negro y cuelgan del techo moños brillantes con estrellas plateadas, de esos adornos que ponemos en navidad. A Juana le gustan los santos, los hay por toda la casa. Me invita a conocer otra habitación, es la de los huéspedes, dice. Allí, al fondo hay una puerta que conduce a una cueva. En la cueva hay una cama y unas canastas colgadas del techo, es donde pongo las tortillas, indica. Y en cada rincón de la cueva hay un santo. Debo continuar mi camino, quedo con Juana de pasar otro día, a traerle las fotos y a ver si me cuenta su vida de principio a fin. Me despido y bajo los escalones. Descubro a dos muchachos espiándonos. Seguramente la curiosidad es más fuerte que la timidez. Me dirijo hacia la iglesia y en el camino me encuentro amarrado un caballo junto a un letrero que dice, Bienvenidos a La Luz, Real de Catorce. El calor es abrasador. La penumbra de la iglesia es refrescante. Dentro se encuentra rezando una señora. La Iglesia se me hace demasiado simple, moderna. En la puerta de ingreso, se proyecta mi sombra de espaldas al sol. La cámara sigue. Sigo hacia el Socavón del Refugio. Han puesto una reja y ya no se puede pasar. De camino veo a un conocido, al que le apodan El Matón, quien tiene una cicatriz en la mejilla. Está descargando arena de una camioneta. Nos saludamos. Continúo y encuentro un cerdo en la calle, junto a una ruina de esas estupendas casas que hay en la Luz. Me acerco a fotografiarlo pero no parece gustarle mucho mi presencia. Mejor me alejo, no me vaya a pasar como a aquel descendiente de un conde que quedó horrorizado al venir a Real y ser correteado por un enorme marrano.
La entrada a la mina está cerrada. De todos modos doy la vuelta por la ruina de al lado y logro introducirme a un patio muy bonito, lleno de arcos en dos niveles y con un enorme fresno en el centro. En las paredes se ven aún vestigios de la pintura original de las cenefas, azul cobalto. Al salir de allí, encuentro bajo un árbol a un burro de color claro, con los ojos llenos de moscas, amarrado junto a un refrigerador de refresco ¿adivinan cuál?. Regreso a las callejas y me encamino a la carretera. A decir verdad, me invitaron a una fiesta en Potrero pero creo que ya se me hizo un poco tarde. Platico con Víctor, un señor que tiene un estanquillo justo en la curva. No pasa nadie. Cuando estoy por seguir a pie, se escucha un fuerte rumor. Se trata de los dos motociclistas que había encontrado en el túnel anteriormente. Les pido un aventón. Uno de ellos, el moreno, me dice súbete, nada más agárrate bien y yo, oh pobre de mi, he tenido que hacerle caso y apretar los fuertes músculos que se adivinan debajo de su entallada playera negra. El sudor me escurre por la espalda. Vamos bajando despacio y platicando. Se llama Alejandro y me cuenta que llevan varios días viajando, recorriendo el país en sus motocicletas. Viene de Saltillo, la carretera es su filosofía desde hace cuatro meses, cuando decidieron dejarlo todo para subirse a la moto y andar, nada más. Llegando a la clínica de Potrero nos detenemos un momento, quieren tomarse fotografías junto a una escultura hecha de piezas de metal, tornillos, rótulas y cadenas, que tiene puesto un casco de minero. Seguimos y de nuevo tengo que agarrarme fuerte. Llegando al otro lado del pueblo les aviso que ese es mi destino. Intercambiamos datos. Qué aparición. El sol ya se oculta atrás de las montañas y sigo mi camino. Encuentro en medio de una milpa un coyonoixtle con un plástico enredado alrededor. Imagino que es la acción del viento a ponerlo así. A menos que un artista plástico lo haya hecho con una finalidad. Me detengo al ver la camioneta azul de Vicente para preguntarle dónde es la casa de Agni, ya que en realidad es la primera vez que vengo de visita. Al llegar, entrego a mi amiguito el del cumpleaños un cristal de cuarzo dentro de una cajita decorada con muchos colores. Le digo que ese cristal es mágico, que si lo pone junto a su cama, va a tener unos sueños fabulosos. El me mira con sus enormes ojos, entonces se me acerca al oído y me pregunta ¿Y ya no voy a tener pesadillas? Le contesto, claro que no, y si las tienes, va a ayudarte a alejar las cosas malas, va a defenderte como un guerrero. Entonces el niño toma la cajita con ambas manos, casi religiosamente y la lleva dentro de la casa. Me acerco a los demás invitados, quienes e encuentran merendando pizzas recién hechas en horno de leña y ensalada. Hay mucha comida y todos se ven bastante satisfechos. En ese momento sólo deseo calmar la sed, ya que han sido varias horas bajo el ardiente sol. El agua refresca mi garganta y una vez saciada, me vuelco encima de la cabeza otro vaso. La casa de mis amigos está a medio construir, me resulta de lo más bonita, sobre todo la cocina. Tenían que ser italianos, carecen de baño y van al monte a hacer sus necesidades pero la cocina está maravillosamente equipada, tiene un refrigerador y una estufa enormes. Llega la hora de cortar el pastel que ha preparado Fran, todo hojaldre, crema pastelera, fresas y chocolate, un delicioso atentado calórico. El niño está impaciente por apagar la vela que está en el centro del pastel, un enorme número seis. Toman fotografías, cantamos las mañanitas, el sigue cada vez más inquieto. ¿Ya la apago, ya la apago? Pregunta. Si hazlo. Y así, inesperadamente se avienta en medio del pastel y con la frente apaga la vela, de un modo tan rápido que nadie puede intervenir, nos agarra por sorpresa. Le queda la cara completamente llena de crema, hasta los ojos. Y una sonrisa de oreja a oreja. Los adultos, azorados. Los niños gritan. Muchas risas. Para entonces la oscuridad nos rodea. Prendemos una fogata, la conversación fluye apacible y los astros despuntan en esta noche sin luna. Ahí está la estrella polar, dice Enrico, y ¿dónde están las pléyades? pregunta alguien. Nos perdemos en la contemplación de la bóveda celeste. Mi cuerpo se encuentra completamente relajado cuando deciden partir los de la camioneta, o sea el pasaje de regreso. Al levantarme, los huesos y músculos de mis piernas protestan a causa del exceso en la caminata. Subimos al vehículo y ya los niños duermen. Vamos avanzando de vuelta a Real, mientras un blues nos acompaña. Pasamos el túnel, esta vez a toda velocidad.